Volviendo a Santa Fe, la reunión del PJ provincial que fue preludio del despacho de la preferencia para tratar la reforma constitucional en la Legislatura, fue motorizada por los senadores encabezados por Traferri que ahora controlan el Consejo Provincial, y que por 12 años rosquearon absolutamente todo con los gobiernos del Frente Progresista, sin consultar a nadie. De hecho, el propio Traferri junto al actual presidente Cornaglia y Gramajo (contabilizado en las reuniones como peronista, pero que forma parte del bloque oficialista en el Senado) terminaron la semana conversando en la Legislatura su eventual apoyo a la reforma, cosa que no sería de extrañar termine concretándose cuando finalmente se vote: si el documento no fue un "Les faltó negociar con nosotros", se le pareció bastante.
Se dice -y en parte es cierto- que en política todos hablan con todos, todo el tiempo; como Lewandosky con Granata, por ejemplo. Menos -al parecer- en el peronismo santafesino, donde ninguno tiene el teléfono del otro como para llamarlo, juntarse y resolver diferencias de una vez por todas, sin sacar los pies del plato o sin que se resuelvan afuera y desde afuera. De allí que el partido nunca termine de funcionar orgánicamente en la provincia, cada uno se corte solo, los pedidos de expulsión de hoy sean los llamados de unidad de mañana, la línea política que se pretende fijar nunca pase de la letra de los documentos y comunicados y el último gobierno del peronismo en la provincia haya visto rechazados en el Senado muchos de sus proyectos, por el propio bloque de senadores del PJ..
El verdadero problema -similar al que señalábamos acá para el orden nacional, y que presidió todo el gobierno de Alberto Fernández- es esa mentalidad de equipo chico sin grandes aspiraciones, que asume que la actual correlación de fuerzas vino para quedarse, no hay nada que se pueda hacer para modificarla sino adaptarse a ella, y tratar de sacarle el mejor provecho posible. Aquí significaría que estamos asistiendo al inicio de una larga era de hegemonía pullarista, frente a la cual sería irracional resistirse; lo cual puede terminar siendo una profecía autocumplida: si nadie se le opone a Pullaro, no hará más que consolidarse.
La crisis del PJ santafesino que en su momento trajo a Reutemann parió un modelo de peronismo provincial, que quedó instalado incluso más allá de su muerte, y del que vienen estas cuestiones; modelo que el kirchnerismo (que nunca pudo hacer pie en Santa Fe salvo cuando Cristina es candidata aunque sin dudas capta a la mayoría de los votantes peronistas: sus 3 candidatos a gobernador sumaron en conjunto el 4 % de los votos en las últimas PASO) tampoco pudo modificar, y del que por el contrario sus franquicias locales participan, o por lo menos no toman distancia de forma contundente; baste recordar el armado de una lista con el respaldo explícito de los senadores traferristas, en las internas del 2021.
Si la insatisfacción democrática y la orfandad de representación cabal de los sectores populares por el peronismo trajeron a Milei, no hay por qué pensar que Santa Fe es ajena al fenómeno. De hecho, fuimos pionero al respecto en tanto estuvimos a puntos de convertir a Del Sel en gobernador, dos veces. Y si desertando de cumplir la función para la que en definitivas nos votaron -ser opositores al gobierno de Pullaro- terminamos contribuyendo de un modo decisivo a traer a Granata u otro ensayo similar, nadie podrá sorprenderse.



