"A decisão que hoje afirma a incompetência da Justiça Federal de Curitiba é o reconhecimento de que sempre estivemos corretos nessa longa batalha jurídica."
Siempre se supo que Lula era inocente de todos los cargos de que lo acusaban, como siempre se supo que todas las causas en su contra fueron armadas con el propósito político de sacarlo de la cancha para que no compitiera en las elecciones, restándole de ese modo posibilidades al PT, y facilitando un triunfo de la derecha en Brasil.
Lo sabía incluso hasta el propio juez Moro, cuando dijo que no tenía pruebas de su culpabilidad, sino "íntimas convicciones".
Siempre se supo que el jueza Moro era un simple alfil de fuerzas mucho más poderosas que él, aunque eligieran presentárnoslo como un cruzado contra la corrupción, y algunos -como los medios hegemónicos brasileños y nuestros, y hasta Lorenzetti- compraron el buzón, por conveniencia propia.
Siempre se supo que todo era una payasada insostenible, y sin embargo allí están las opiniones de todos los que mostraban el "Lava Jato" como el ejemplo del modo en el que debía combatirse la corrupción, a punto tal que pedían replicar acá algunas de las barbaridades en que derivó allá, como la "ley de ficha limpia". Todavía están los proyectos en el Congreso propiciando semejante disparate.
Ahora el daño ya está hecho: Lula no fue candidato, del vacío creado luego de su proscripción emergió Bolsonaro, y lo demás es historia conocida: un experimento político fallido, que a Brasil le costó recesión y crisis económica, un manejo espantoso de la pandemia y miles de muertes evitables; si no hubieran puesto a un mandril infradotado a conducir el país más grande de América Latina.
Consecuencias que, por supuesto, nadie cargará en la cuenta del "lawfare" porque, simplemente y contra toda evidencia, siguen negando que exista.
A propósito: no saben lo hermosamente pelotudos que se ven desde acá los que sostenían eso contra viento y marea luego del alegato de Cristina en Casación por la causa del dólar futuro, hasta el instante previo en el que se supo la anulación de las condenas contra Lula.
Tuits relacionados:
Raro que nadie diga "El lawfare mata" con los resultados del experimento Bolsonaro a la vista, no?
Pasábamos por acá para decirles que hasta hace 10 minutos acá estaba lleno de genios que querían aplicar acá idioteces como "la ley de ficha limpia" y la "extinción de dominio". Algunos incluso son del FDT. No pidan nombres. Eso, nada más, sigan en lo suyo.
Ven la diferencia entre tener o no una herramienta para lavarse las manos discrecionalmente como el artículo 280? Lección a aprender para no ser tibios cuando hay que ir a fondo.
Lo que no cambia son los salames que ponen como ejemplo países que después se van a la mierda, justamente por aplicar las políticas que ellos recomiendan.
Y que tampoco se enteraron que acá Macri acaba de perder las elecciones por intentar aplicar las mismas reformas que Bolsonaro en Brasil
Cuando todavía no se habían
apagado los ecos de la revuelta popular en Ecuador que obligó a Lenin Moreno a
retroceder en el “paquetazo” de ajuste comprometido con el FMI, estalló Chile,
con el disparador del aumento de las tarifas del metro (subte) de Santiago; y
el gobierno de Sebastián Piñera se vio obligado a decretar el estado de
excepción constitucional, y poner a las fuerzas armadas a cargo del control
operacional de la represión a la protesta social, que amaga extenderse.
Chile era hasta ahora el ejemplo
que los fuerzas de derecha de todo el continente ponían como el modelo a
seguir: crecimiento sostenido, baja inflación, buena perfomance exportadora.
Claro que en realidad lo ponían como ejemplo por la otra cara del modelo
implantado por Pinochet y continuado por todos los gobiernos democráticos que
lo sucedieron: Chile es el país más desigual de América Latina, y por allí hay
que buscar el origen de las protestas, más que en el aumento del boleto de
subte.
Cuando estalló la rebelión
chilena (protagonizada en sus inicios por los estudiantes, entre los sectores
más dinámicos de aquella sociedad), muchos de este lado de la cordillera se
entusiasmaron y lanzaron comparaciones apresuradas, en detrimento de la
(presunta) escasa combatividad del pueblo argentino y de sus organizaciones
políticas y sociales, que toleraron con mansedumbre los cuatro años de
depredación macrista. Lo mismo había pasado con las revueltas en Ecuador, el
país que no pudo sacarse nunca de encima el corset de hierro de la dolarización,
ni siquiera en el gobierno de Rafael Correa.
Sin embargo, como todo cuando se
analizan procesos políticos y sociales, el entusiasmo debe matizarse: baste
decir que los chilenos están hoy bajo el control operacional de las fuerzas
armadas en una democracia tutelada, porque así lo establece en casos de
emergencia la Constitución sancionada por Pinochet en 1980, en un apartado que
las fuerzas democráticas que se alternaron en el poder desde el final del
régimen dictatorial no se atrevieron a modificar; así como tampoco se
atrevieron a avanzar en el juzgamiento de las gravísimas violaciones a los
derecvhos humanos perpetradas por la dictadura.
O que los chilenos ponen entre
los primeros lugares en su lista de quejas el régimen de las AFJP, que nosotros
copiamos de ellos durante el menemismo, y que allá sobrevive aun pese al
tardío, tibio y fracasado intento de reforma promovido por Michel Bachelet
durante su segundo mandato; mientras acá dejó de existir por una ley sancionada
en el 2008 durante el primer mandato de Cristina, conjugada con una ampliación
de la cobertura previsional bajo un sistema público de reparto por las
políticas inclusivas, que hoy llega al 97 % y es la más alta de América Latina.
Si bien no puede sostenerse una
“comunicabilidad” de las experiencias políticas entre los distintos países del
subcontinente (cada uno con sus particularidades políticas, sociales,
culturales e históricas), lo cierto es que en la sociedad de masas y de la
comunicación global, los procesos se retroalimentan entre sí: mientras acá
algunos ponían por ejemplo la resistencia de los chilenos al modelo neoliberal
que encarna Piñera (así Chile pasó de ser el ejemplo de la derecha, al sueño de
la izquierda argentina), allí los que protestan les señalan a los dirigentes opositores
que en Argentina votamos para que vuelva Cristina; subrayando así el vacío de
representación, que está en la base de las protestas tanto como el rechazo al
modelo neoliberal y sus “reformas estructurales”.
No somos ni mejores ni peores,
sino simplemente distintos; y como tales, fuimos capaces de construir una
alternativa política para derrotar al neoliberalismo, pero en política nada es
definitivo: veamos si no lo que pasa en Bolivia, donde el modelo a nuestro
juicio más serio y avanzado (respecto a la situación preexistente) de los
“populismos” latinoamericanos, el del MAS de Evo Morales y Alvaro García
Linera, enfrenta la perspectiva de un triunfo discutido en primera vuelta (con una oposición decidida a deslegitimarlo, a la venezolana), o un balotaje de resultado incierto, que
podría desalojarlo del poder tras 14 años de permanencia. Es decir, exactamente
lo que sucedió en la Argentina en el 2015, y que el domingo que viene vamos a
revertir.
A este contexto hay que sumarle
la crisis institucional en Perú, donde el consenso político en sostener el
neoliberalismo se conjuga con ensayos de implantar instituciones parlamentarias
en un régimen presidencialista, y el debate político ha quedado reducido a la
discusión sobre la corrupción; o lo que está sucediendo en Brasil, donde el
impulso inicial del fascista Bolsonaro llegó hasta la imposición de la reforma
laboral, pero la recesión económica ha derrumbado su popularidad, y puesto en
entredicho su programa de privatizaciones y la reforma previsional “a la
chilena”; generando un “empate catastrófico” porque la oposición encarnada en
el PT no puede capitalizar plenamente la crisis por la prisión de Lula, pero a
su vez está entrando en crisis el “Lavajato”, conforme las políticas
neoliberales horadan el consenso social que se había construido en torno a la
“lucha contra la corrupción”.
Un contexto en el que los
instrumentos de coordinación política construidos durante la dećada de
gobiernos afines de sesgo “populista” como la UNASUR o la CELAC fueron
prolijamente desmantelados, para dar paso a foros que replican las directivas
de política exterior de los Estados Unidos para su patio trasero, al cual han
vuelto a prestar (para desgracia nuestra) preferente atención a raíz de la
crisis en Venezuela. Así surgieron el Grupo de Lima y la reactivación del TIAR,
llegándose incluso a considerar la opción de la intervención militar que hoy
pierde terreno, al mismo tiempo que se derrite el fantasmal gobierno títere de
Guaidó.
Todo lo descripto denota una
característica común: los obcecados intentos de Estados Unidos, el FMI y las
élites locales de imponer el catecismo neoliberal terminan, invariablemente, en
crisis económicas e inestabilidad política, y en un grave retroceso
institucional y de las libertades democráticas, a menos que el propio sistema
político genere sus anticuerpos en forma de alternativas electoralmente
competitivas. Los efectos devastasdores del neoliberalismo (que por el contexto
económico mundial tienden a profundizarse cada vez más, en menos tiempo)
explican mejor que nada por que razón lo que algunos soñaron como una nueva
hegemonía de derecha perdurable hoy está en crisis, aun allí donde parecía
inconmovible.
Pero esas alternativas políticas
a las derechas continentales tampoco están exentas del riesgo del travestismo
(como pasó en Ecuador como Lenin Moreno), del intento de “entrismo” de los
poderes dominantes, como va a suceder en la Argentina con el casi seguro
gobierno del “Frente de Todos”, o de la tibieza paralizante a la hora de
avanzar en los procesos de reforma, que puede derivar en que se ponga en riesgo
su propia subsistencia en el poder frente al avance de las derechas; como
podría ser el caso (ojalá que no) del Frente Amplio en el Uruguay. Lecciones todas a tener en cuenta. Tuits relacionados:
Estamos a una semana de firmar el epitafio del macrismo por abrumadora decisión del pueblo argentino, y acá hay gente que critica la mansedumbre del pueblo argentino, contrastándola con los chilenos. Con los chilenos, o sea, fijáte un poco ahí el argumento.
A lo mejor los que más protestan ahora es porque llevan más años sin tener cosas básicas que nosotros tuvimos, gracias al peronismo: jubilación, leyes laborales, universidad gratuita, salud, educación.
Los chilenos protestan contra las AFJP y no tienen jubilación pública. Acá las eliminamos en el 2008 y el sistema tiene 97% de cobertura. Fin de la polémica.
Una de las banderas fundamentales de la campaña de "Cambiemos" en 2015 fue la necesidad de que la Argentina "volviera al mundo", y rompiera el aislamiento al que supuestamente la había condenado el kirchnerismo, "que solo mantiene relaciones fluidas con Irán y Venezuela".
"Volver al mundo" (sospechábamos por entonces, y pudimos confirmar en el gobierno de Macri) era reconectar al país con los mercados financieros internacionales por el canal de la deuda, para financiar un modelo de valorización financiera y fuga de capitales. "Mundo" eran "los mercados", y "los mercados" son Europa, Estados Unidos, Japón, y no mucho más.
La gestión de la política exterior estaría guiada -nos prometieron- por el más estricto profesionalismo, despojado de cualquier anteojera ideológica, poniendo como meta convertir al país "en el supermercado del mundo", y logrando que llegara al país "la lluvia de inversiones" atraída por la confianza que generaba el nuevo gobierno, por su sola asunción.
El fracaso en este renglón fue estrepitoso como, en general, en todos los rubros de la administración Macri que no estén directamente vinculados a la valorización financiera para la fuga, la destrucción del salario real y la precarización de la fuerza de trabajo, o la rapiña de los negocios de la runfla gobernante.
De modo que, como en todos los demás aspectos de su gobierno, en materia de política exterior y relaciones del país con el resto del mundo, Macri le dejará a su sucesor una pesada herencia, compleja para revertir. Y ahora que ya está de salida, es bueno puntualizar algunas de las aristas más controversiales de esa herencia, porque -entendemos- se proyectan con fuerza gravitante sobre el rumbo de la futura administración del país.
Para comenzar y al principio mismo de su gobierno, Macri rifó el amplísimo apoyo internacional cosechado por Cristina y Héctor Timmerman en la ONU en la pelea contra los fondos buitres, defendiendo el derecho de los Estados soberanos de reestructurar su deuda pública en condiciones compatibles con el crecimiento y la inclusión social.
Capitulando en toda la línea con Paul Singer y otros buitres similares (cuyo nómina total aun desconocemos) Macri no solo reintrodujo al país en un ciclo pernicioso de endeudamiento que condiciona seriamente su futuro, sino que sentó un pésimo precedente que dificultará gravemente en el futuro todo nuevo intento de reestructurar la gravosa deuda que deja como legado.
También nos introdujo de lleno en la lógica de las "relaciones carnales" con Estados Unidos (dando una vuelta de campana sobre su apoyo explícito a Hillary Clinton en la elección que ganó Trump), sin obtener a cambio siquiera contraprestaciones comerciales significativas: ahí están todavía el biodiésel, las exportaciones de carne, los famosos limones o los tubos de acero sin costura como los ejemplos más conocidos, pero no los únicos.
Y el alineamiento incondicional con los EEUU y sus objetivos de política exterior tuvo otras consecuencias: la lamentable posición asumida por el gobierno argentino en relación a Venezuela (convertida burdamente en tópico obsesivo de la discusión política interna) y el gobierno títere de Guaidó, y la reformulación de la doctrina de defensa nacional y el rol de las Fuerzas Armadas, para adaptarlas a la doctrina de las "nuevas amenazas" diseñada por el Comando Sur del ejército norteamericano. A lo expuesto podríamos agregar el involucramiento en el conflicto del Oriente Medio secundando las posturas de Estados Unidos a Israel, con la absurda decisión de incluir como organización terrorista a Hezbollah, a la que ni siquiera la ONU considera así; y es una fracción política que integra el gobierno del Líbano, país con el que mantenemos relaciones diplomáticas y comerciales.
El caso Venezuela fue, a su vez, una etapa más de un proceso sostenido de destrucción de las instituciones de la integración regional como el Mercosur o la Unasur; que culminó con la firma del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea en condiciones gravosas para el país y la región, y con la descarada intromisión abierta del fascista Bolsonaro en la política interna de la Argentina, a favor de la reelección de Macri: una devolución de favores por el rápido reconocimiento del gobierno argentino al golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, y su silencio estruendoso ante la prisión de Lula, silencio que se reitera ahora, en la agresión contra Bachelet reivindicando a la dictadura de Pinochet.
El gobierno de Macri también cargará con el dudoso honor de ser el que (contrariando el mandato constitucional) abandonó la causa Malvinas y el reclamo de soberanía, para entablar también "relaciones carnales" a cambio de nada con el Reino Unido, al que incluso llegó a darle injerencia en los procesos de reequipamiento de nuestras Fuerzas Armadas, en otra bochornosa claudicación de soberanía; completada más tarde con adjudicaciones de áreas petroleras a compañías británicas, en el Mar Argentino.
Lejos de la sobriedad y el profesionalismo prometidos en campaña, y por el contrario, alineados bajo los más estrictos parámetros ideológicos de alineamiento con las directrices de política exterior de los Estados Unidos, el gobierno de Macri no dejó chapucería internacional por hacer, incluyendo roces con China y Rusia, cuyas inversiones e intereses en el país cuestionó por el solo hecho de haberse gestado durante el kirchnerismo; para acto seguido salir a mendigarles apoyo financiero, cuando fracasaron todas su otras alternativas.
Y para concluir, pero no menos importante: Macri también será recordado como el presidente que trajo de nuevo al FMI al país, embarcándonos en el préstamo más grande de nuestra historia y de la de ellos, estructurado como un gigantesco y desembozado aporte de campaña a su reelección, objetivo en el que también ha fracasado; legando para el futuro no solo la deuda de 57.000 millones de dólares que deberá afrontar el próximo gobierno, sino su reinstalada capacidad de injerencia en el diseño de nuestra política económica, con todo lo que eso significa. Encima coronó el fracaso con un default en ciernes que convierte a su gobierno (y al país con él) en un paria a los ojos de aquellos a los que dirigió todos sus esfuerzos de seducción: en meses después de que las calificadores de riesgo le dieran la distinción de considerar a la Argentina como "mercado emergente", el mismo sistema de "validación de calidad" calificó a la deuda argentina en "default selectivo" primero, para quitarle la condición de "emergente" después. Mejor imagen gráfica de su rotundo fracaso, medido en sus propios términos de éxito, imposible de conseguir.
El triunfo de
Bolsonaro en Brasil supuso una interpelación a las fuerzas políticas populares
para interpretar las razones por las cuales millones de personas se inclinan
por una propuesta política de esa naturaleza; incluidos entre ellos los
sectores socialmente más desprotegidos.
Si bien un análisis
más fino de los resultados de la elección brasileña arroja que el voto tuvo un
marcado corte de clase, no se puede desconocer que parte de los sectores
populares acompañaron la propuesta del candidato de la ultra derecha, como ha
sucedido en otras ocasiones.
Negarlo sería de
necios, e impone tener respuesta en términos de discurso y propuesta política
para cuestiones que desde las fuerzas progresistas se suelen esquivar, como la
inseguridad; un drama real para muchos de los sectores más desfavorecidos de la
sociedad y que reclama respuestas concretas ahora, sin apelar al remanido
discurso de que la solución de fondo pasa por la educación y las políticas de
inclusión social, aunque sea cierto.
Por supuesto que una
propuesta de raigambre popular sobre la problemática de la inseguridad requiere
también una definición sobre el rol de las fuerzas de seguridad, que son el
brazo ejecutor del Estado para llevarlas a cabo; y que en un gobierno
democrático deben cumplir su rol sin avasallar los derechos y garantías
constitucionales. Pero es legítimo que los ciudadanos le exijan al Estado que
les garantice su seguridad.
El “bolsonarazo”
supone también un llamado de atención para las fuerzas populares respecto de
cómo se articulan ciertas demandas “de tercera generación” (los derechos de las
minorías sexuales, la legalización del aborto o la separación de la iglesia del
Estado) con el contexto político en el que deben plantearse, en especial cuando
hay demandas más elementales que no están plenamente satisfechas (en algunos
casos por fallas propias, cuando les tocó gobernar), o derechos básicos que
están amenazados por las políticas neoliberales de ajuste.
Pero también el
triunfo de Bolsonaro llevaba implícito el riesgo de que lo intentara
capitalizar el berretismo político local de la manera más ramplona, y no falló:
desde Massa a Olmedo pasando por Pichetto, todos quieren ser el Bolsonaro
criollo, o capitalizar ese voto “facho” (por ponerle una etiqueta que facilite
la comprensión); agitando por ejemplo el fantasma de la xenofobia para
focalizar en los extranjeros la responsabilidad de todas las desgracias
nacionales.
Pero por malo que
parezca eso, no es lo peor que puede pasar al respecto: mucho más grave es que
ese mismo discurso sobre los inmigrantes (sustentado además en datos falsos)
sea usado por Macri, o que Patricia Bullrich diga las barbaridades que dice
sobre la portación de armas por los ciudadanos que se pueden ver en el video de
apertura; porque los dos gobiernan y en consecuencia tienen responsabilidades
institucionales que honrar.
No se nos escapa
que pedirles que las cumplan y se adapten a los cánones mínimos de un Estado
democrático es pedirle peras al olmo, cuando los dos vienen -por ejemplo- de
encomiar públicamente a un policía que ejecutó a alguien por la espalda y en el
piso, cuyo procesamiento acaba de ser confirmado por la Corte Suprema de
Justicia.
Justamente por eso
la responsabilidad política de las fuerzas populares es mayor, y la necesidad
de comprender fenómenos como el de Bolsonaro y articular propuestas políticas
frente a ellos, no las puede llevar al extremo de “comerse al caníbal”, y
parecerse a los monstruos para ganarles captando el voto dispuesto a refrendar
propuestas extremas y antidemocráticas.
El desafío es
mayúsculo, porque al mismo tiempo se requiere mucha inteligencia para, sin
dejar de atender a estas cuestiones, no pisar el palito y prenderse en
discusiones inconducentes, permitiendo así que se corra el eje de la discusión
de las otras cuestiones más acuciantes que preocupan cotidianamente a los
argentinos. Video relacionado para distender un poco: