LA FRASE

"LE DIJIMOS AL GOBIERNO QUE NO CONTARAN CON NUESTRO VOTO PARA VENDER TIERRAS A EXTRANJEROS O QUEMAR BOSQUES, NOSOTROS ESTAMOS PARA DESALOJAR INQUILINOS O IMPEDIR QUE SE EXPROPIEN EMPRESAS PRIVATIZADAS." (FLAVIA ROYÓN)
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lunes, 3 de octubre de 2022

PRIMER PASO

Con los resultados de ayer, Lula y el PT quedaron a un paso de volver a ser gobierno en Brasil: Bolsonaro debería conseguir en solo un mes el milagro de captar más del 80 % de los votos que no fueron a ninguna de las dos fórmulas principales, para revertir la elección. Lula quedó a poco más de un punto de las cifras necesarias para ganar en primer vuelta -algo que no aparecía como seguro en los sondeos previos-, pero Bolsonaro realizó una elección muy por encima de lo que esos mismos sondeos auguraban: si hubo ayer "voto vergonzante" que se esconde de los encuestadores, fue al candidato de la derecha.

Eso, o las encuestadoras operaron en el sentido de crear sentido para instalar la idea de un triunfo de Lula más amplio de lo que finalmente fue, en el contexto de un operativo despegue de un candidato que, siendo oficialista, amenazaba con desconocer los resultados de la elección si juzgaba que eran fraudulentos, agitando incluso el fantasma de la intervención militar en su favor.

En ese mismo contexto y en el tramo final de la campaña, hasta los grandes medios y el propio gobierno de los EEUU "jugaron" para Lula aislando a Bolsonaro que, en la medida que se radicalizaba, se volvió prescindible. En el caso yanqui, las advertencias al actual presidente para que aceptara los resultados deben leerse más como un favor no pedido para Lula, que tratarán de cobrarle si llega al gobierno: el reemplazo del garrote por la seducción, con un país que integra los BRIC'S y tiene sólidos vínculos con Rusia y China. 

El triunfo de ayer es, ante todo, una conquista personal de Lula, un verdadero animal político capaz de reinventarse a sí mismo, cuyos quilates de liderazgo están incluso bastante por encima del PT como organización política, y la política de alianzas que construyó para esta elección, incluyendo la nominación de un candidato a vice de centro derecha; solución que conlleva el riesgo de repetir -llegado el caso de ser gobierno- el proceso vivido en el último mandato de Dilma Rousseff.  

En un contexto regional y mundial complejo, con una situación política volcánica en su propio país y con una derecha consolidada socialmente y en condiciones de subalternizar sus circunstanciales encarnaciones electorales, Lula afronta el tramo final de la campaña con grandes chances de volver al poder; lo cual despierta otros interrogantes: que Lula y que PT vuelven, en qué Brasil.

Vista desde acá (que es el modo en el que la tenemos que ver nosotros) la elección brasileña deja varias enseñanzas. En primer lugar, la consolidación de la "grieta" social, que se expresa en la polarización política entre las derechas continentales, y las fuerzas populares. Como que la segunda responde y expresa a la primera de la que es consecuencia, la polarización llegó para quedarse, en tanto subsista la grieta social en la distribución del ingreso y el acceso a bienes esenciales, en el continente más desigual del mundo.

Todas las teorizaciones sobre "terceras vías" y las consecuentes búsquedas de construir políticamente las "anchas avenidas del medio" deberán dejarse (acá y allá) para mejor oportunidad, o dejar de disfrazarse de equidistantes, para asumir que son estrategias distractivas y divisorias del voto posible de las fuerzas populares, en exclusivo beneficio de una derecha que ha demostrado (antes con Macri y su 40 % en nuestras presidenciales del 2019, ahora con Bolsonaro que contrarió a las encuestas con su perfomance) consolidarse como alternativa electoral competitiva, en condiciones de ganar en elecciones abiertas.      

Esa consolidación obedece a una razón muy sencilla, y deja una lección que deberíamos aprender nosotros: su fidelidad con los intereses de los sectores a los que representa, y su capacidad de captar a los desencantados de la "frustración democrática" de la que hablaba Cristina. En éste sentido, el comportamiento electoral de San Pablo (el corazón industrial de Brasil) debería marcar una alerta, porque se inscribe en una tendencia regional: a procesos de reprimarización de la economía con deterioro de los indicadores del empleo y el salario propios de las sociedades industrializadas, le sigue el ascenso y consolidación de las derechas, frente a las dudas y concesiones de las fuerzas populares. 

Otra lección que deja la elección de Brasil -en todo caso, todo el proceso político que condujo hasta ella- son los límites de las políticas de alianzas (más las sociales que las políticas), y de contemporizaciones con las distintas fracciones del capital, ensayadas por fuerzas populares que deberían velar por otros intereses, los de las grandes mayorías postergadas. El PT padeció en carne propia las consecuencias de una gestión (la de Dilma Rousseff) concebida bajo esas premisas, tal como nosotros penamos con la de Alberto, por las mismas razones.

Y la última enseñanza: decíamos más arriba que el triunfo de ayer era más una conquista personal de Lula y consecuencia de sus condiciones de liderazgo, que de la construcción política y la arquitectura electoral que sustentó su candidatura. Pues bien, se trata ésta (la de los liderazgos carismáticos) de una de las características más arraigadas de los procesos políticos latinoamericanos, si no la más persistente.

Tanto que no se la puede ignorar -pensando ya la elección en clave argentina- con candidaturas vicarias, o experimentos de transfusión de votos: con una derecha con la potencia electoral que ha revelado en muchos países del continente (entre ellos Brasil y Argentina) solo los liderazgos populares que surgen de la base social (porque la expresan y representan) pueden dar la pelea electoral en condiciones competitivas, claro que sin garantía de victoria, que nunca las hay en política. Pero si Bolsonaro siendo lo que es y como es superó el 43 % de los votos, si ayer no se enfrentaba con Lula y el candidato del PT hubiese sido cualquier otro, todo indicaba que se quedaba con la victoria.  

martes, 9 de marzo de 2021

"EL LAWFARE NO EXISTE"

 


Siempre se supo que Lula era inocente de todos los cargos de que lo acusaban, como siempre se supo que todas las causas en su contra fueron armadas con el propósito político de sacarlo de la cancha para que no compitiera en las elecciones, restándole de ese modo posibilidades al PT, y facilitando un triunfo de la derecha en Brasil.

Lo sabía incluso hasta el propio juez Moro, cuando dijo que no tenía pruebas de su culpabilidad, sino "íntimas convicciones". 

Siempre se supo que el jueza Moro era un simple alfil de fuerzas mucho más poderosas que él, aunque eligieran presentárnoslo como un cruzado contra la corrupción, y algunos -como los medios hegemónicos brasileños y nuestros, y hasta Lorenzetti- compraron el buzón, por conveniencia propia.

Siempre se supo que todo era una payasada insostenible, y sin embargo allí están las opiniones de todos los que mostraban el "Lava Jato" como el ejemplo del modo en el que debía combatirse la corrupción, a punto tal que pedían replicar acá algunas de las barbaridades en que derivó allá, como la "ley de ficha limpia". Todavía están los proyectos en el Congreso propiciando semejante disparate.

Ahora el daño ya está hecho: Lula no fue candidato, del vacío creado luego de su proscripción emergió Bolsonaro, y lo demás es historia conocida: un experimento político fallido, que a Brasil le costó recesión y crisis económica, un manejo espantoso de la pandemia y miles de muertes evitables; si no hubieran puesto a un mandril infradotado a conducir el país más grande de América Latina.

Consecuencias que, por supuesto, nadie cargará en la cuenta del "lawfare" porque, simplemente y contra toda evidencia, siguen negando que exista.

A propósito: no saben lo hermosamente pelotudos que se ven desde acá los que sostenían eso contra viento y marea luego del alegato de Cristina en Casación por la causa del dólar futuro, hasta el instante previo en el que se supo la anulación de las condenas contra Lula.

Tuits relacionados:   

domingo, 10 de noviembre de 2019

GENTE QUE NO APRENDE


Sale Chile, entra Brasil, y listo.

Lo que no cambia son los salames que ponen como ejemplo países que después se van a la mierda, justamente por aplicar las políticas que ellos recomiendan.

Y que tampoco se enteraron que acá Macri acaba de perder las elecciones por intentar aplicar las mismas reformas que Bolsonaro en Brasil 

sábado, 9 de noviembre de 2019

AMÉRICA LATINA: EPPUOR SI MUOVE


Con razón América Latina, la región más desigual del planeta, llama tanto la atención de los politólogos más allá de sus límites: es el lugar donde siempre pasa algo, o donde siempre puede pasar. Acaso sea así justamente porque es tan desigual: si el neoliberalismo insiste en sembrar desigualdad y exclusión, seguirá cosechando convulsiones políticas y sociales.

La posible liberación de Lula de su bochornosa prisión es un hecho resonante más, de los tantos que hubo en los últimos tiempos. Un hecho que pone en crisis las prácticas de "lawfare" que se han extendido por todo el continente para perseguir a adversarios políticos, con el "know how" provisto por los Estados Unidos, para servir a sus intereses estratégicos. Las mismas prácticas que acá se están cayendo a pedazos, después del resultado electoral del 27 de octubre.

Y este es el primer dato relevante que arroja el cuadro de situación: Donald Trump marcha rumbo a culminar su mandato (aun cuando consiguiera la reelección) fracasando en toda la línea en el intento de su administración y el de los sectores que representan el poder permanente del país del norte, una vez que recuperaron el interés en su patio trasero, de poner de su parte lo que fuera necesario para posibilitar un largo período de gobiernos de derecha en la región; que clausuraran el ciclo de experiencias populistas de la primera década del siglo.

El caso más emblemático al respecto es el de Venezuela, donde Maduro se sostiene en el poder contra todo, y el fantasmal gobierno de Guaidó parece ir desvaneciéndose como alternativa, al mismo tiempo que pierde impulso la alternativa de la intervención militar; en tanto el "Grupo Puebla" parece crecer con la casi segura incorporación de la Argentina de Alberto Fernández, en desmedro del "Grupo Lima", el canal que empleaban los EEUU para vehiculizar la opción intervencionista, y el desconocimiento liso y llano del gobierno bolivariano.

Es tan cierto que, aunque salga libre, a Lula le queda por delante un camino largo y farragoso para estarlo por completo y de modo definitivo, como que su reaparición en la escena pública sin restricciones cambia de modo decisivo el panorama político en Brasil, y por el peso específico del país, en toda la región. Bolsonaro ha logrado avanzar en algunas de sus reformas más agresivas por su ausencia y el desmembramiento de la oposición que provocó la ausencia de Lula, y eso lo tentó a proyectar un liderazgo más allá de las fronteras de su país, bajo la sombra del águila yanqui: con Lula libre y la posibilidad cierta de volver al poder, esa aventura entra en entredicho; no sin antes decir que otros proyectos "refundacionales" como el acuerdo de libre comercio Unión Europea-Mercosur han pasado a mejor vida.

Al mismo tiempo Ecuador y en mayor medida Chile siguen sacudidos  por protestas sociales contra las políticas neoliberales y sus efectos; y mientras en el primer caso el gobierno de Lenin Moreno sigue a pie juntillas el manual del "lawfare" (están un paso atrás de Brasil: la Corte Suprema ecuatoriana acaba de ratificar la prisión preventiva de Rafael Correa), en el segundo no se vislumbra aun una salida política, y el gobierno de Piñera interpreta esa ausencia como una luz verde para volver a avanzar -de a poco- en responder a la protesta con represión.

En Uruguay el Frente Amplio está como estábamos nosotros en el 2015: con una victoria muy apretada en primera vuelta, y enfrentando un balotaje con la chance cierta de que las fuerzas de derecha unan votos y lo desplacen del poder. Pero por contraste en Argentina las fuerzas populares, nacionales y democráticas le propinaron una dura derrota desde el llano (factor que la agiganta) no solo a la encarnación electoral del neoliberalismo y la derecha política, sino al inmenso bloque de poder local y continental nucleado detrás de ella, que le dio su apoyo decisivo pero infructuoso para evitar la derrota.

Y en Bolivia Evo enfrenta una intentona golpista al estilo de las que viene soportando Maduro en Venezuela hace años, pero a diferencia de éste, plantado sobre más de una década de estabilidad, crecimiento económico e inclusión social; lo cual reduce el plafond social para los golpistas, cosa que hasta los impresentables de la OEA han comenzado a advertir.

Viniendo a nuestro país, este panorama puede abrir una ventana de oportunidad para que el gobierno de Alberto Fernández no solo pueda convertirse en pieza central del proceso de recomposición de un bloque político regional de sentido popular y democrático (ese fue uno de los objetivos de su viaje al México de López Obrador), sino para encarar una difícil renegociación por la deuda externa (el principal condicionante estructural que le deja Macri como herencia) , en condiciones más favorables.

De hecho y si tuviéramos que apostar, algo (o mucho) de todo eso hay en el sutil cambio de discurso de la administración Trump y del staff del FMI, en sus declaraciones públicas sobre el caso de Argentina y su deuda: acaso estén evaluando que no les conviene tensar demasiado la soga con exigencias, luego del estrepitoso fracaso de su estrategia política de apostar un costosísimo pleno a la reelección de Macri; al riesgo de que se profundice una "alternativa populista" de dinámica imprevisible. 

No se trata de lo que efectivamente pueda pasar -por ejemplo acá con el gobierno de AF-, sino de lo que ellos creen que puede pasar, y lo que piensen hacer para evitarlo: facilitar una renegociación de la deuda argentina sería, en ese caso, el "Plan B" para lidiar con los populismos regionales, tras el fracaso del experimento de la "hegemonía macrista", con financiación made in USA.

En fin, como decíamos al principio, frente al sueño del pensamiento único neoliberal (soporte iodeológico actual de la política imperialista de Estados Unidos) de reinar sobre la paz política y social de los cementerios, América Latina, el continente de lo imprevisto y lo impensado, como diría Galileo, "y sin embargo se mueve".

martes, 22 de octubre de 2019

LAS VENAS ABIERTAS


Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la revuelta popular en Ecuador que obligó a Lenin Moreno a retroceder en el “paquetazo” de ajuste comprometido con el FMI, estalló Chile, con el disparador del aumento de las tarifas del metro (subte) de Santiago; y el gobierno de Sebastián Piñera se vio obligado a decretar el estado de excepción constitucional, y poner a las fuerzas armadas a cargo del control operacional de la represión a la protesta social, que amaga extenderse.

Chile era hasta ahora el ejemplo que los fuerzas de derecha de todo el continente ponían como el modelo a seguir: crecimiento sostenido, baja inflación, buena perfomance exportadora. Claro que en realidad lo ponían como ejemplo por la otra cara del modelo implantado por Pinochet y continuado por todos los gobiernos democráticos que lo sucedieron: Chile es el país más desigual de América Latina, y por allí hay que buscar el origen de las protestas, más que en el aumento del boleto de subte.

Cuando estalló la rebelión chilena (protagonizada en sus inicios por los estudiantes, entre los sectores más dinámicos de aquella sociedad), muchos de este lado de la cordillera se entusiasmaron y lanzaron comparaciones apresuradas, en detrimento de la (presunta) escasa combatividad del pueblo argentino y de sus organizaciones políticas y sociales, que toleraron con mansedumbre los cuatro años de depredación macrista. Lo mismo había pasado con las revueltas en Ecuador, el país que no pudo sacarse nunca de encima el corset de hierro de la dolarización, ni siquiera en el gobierno de Rafael Correa.

Sin embargo, como todo cuando se analizan procesos políticos y sociales, el entusiasmo debe matizarse: baste decir que los chilenos están hoy bajo el control operacional de las fuerzas armadas en una democracia tutelada, porque así lo establece en casos de emergencia la Constitución sancionada por Pinochet en 1980, en un apartado que las fuerzas democráticas que se alternaron en el poder desde el final del régimen dictatorial no se atrevieron a modificar; así como tampoco se atrevieron a avanzar en el juzgamiento de las gravísimas violaciones a los derecvhos humanos perpetradas por la dictadura.

O que los chilenos ponen entre los primeros lugares en su lista de quejas el régimen de las AFJP, que nosotros copiamos de ellos durante el menemismo, y que allá sobrevive aun pese al tardío, tibio y fracasado intento de reforma promovido por Michel Bachelet durante su segundo mandato; mientras acá dejó de existir por una ley sancionada en el 2008 durante el primer mandato de Cristina, conjugada con una ampliación de la cobertura previsional bajo un sistema público de reparto por las políticas inclusivas, que hoy llega al 97 % y es la más alta de América Latina.

Si bien no puede sostenerse una “comunicabilidad” de las experiencias políticas entre los distintos países del subcontinente (cada uno con sus particularidades políticas, sociales, culturales e históricas), lo cierto es que en la sociedad de masas y de la comunicación global, los procesos se retroalimentan entre sí: mientras acá algunos ponían por ejemplo la resistencia de los chilenos al modelo neoliberal que encarna Piñera (así Chile pasó de ser el ejemplo de la derecha, al sueño de la izquierda argentina), allí los que protestan les señalan a los dirigentes opositores que en Argentina votamos para que vuelva Cristina; subrayando así el vacío de representación, que está en la base de las protestas tanto como el rechazo al modelo neoliberal y sus “reformas estructurales”.

No somos ni mejores ni peores, sino simplemente distintos; y como tales, fuimos capaces de construir una alternativa política para derrotar al neoliberalismo, pero en política nada es definitivo: veamos si no lo que pasa en Bolivia, donde el modelo a nuestro juicio más serio y avanzado (respecto a la situación preexistente) de los “populismos” latinoamericanos, el del MAS de Evo Morales y Alvaro García Linera, enfrenta la perspectiva de un triunfo discutido en primera vuelta (con una oposición decidida a deslegitimarlo, a la venezolana), o un balotaje de resultado incierto, que podría desalojarlo del poder tras 14 años de permanencia. Es decir, exactamente lo que sucedió en la Argentina en el 2015, y que el domingo que viene vamos a revertir.   

A este contexto hay que sumarle la crisis institucional en Perú, donde el consenso político en sostener el neoliberalismo se conjuga con ensayos de implantar instituciones parlamentarias en un régimen presidencialista, y el debate político ha quedado reducido a la discusión sobre la corrupción; o lo que está sucediendo en Brasil, donde el impulso inicial del fascista Bolsonaro llegó hasta la imposición de la reforma laboral, pero la recesión económica ha derrumbado su popularidad, y puesto en entredicho su programa de privatizaciones y la reforma previsional “a la chilena”; generando un “empate catastrófico” porque la oposición encarnada en el PT no puede capitalizar plenamente la crisis por la prisión de Lula, pero a su vez está entrando en crisis el “Lavajato”, conforme las políticas neoliberales horadan el consenso social que se había construido en torno a la “lucha contra la corrupción”.

Un contexto en el que los instrumentos de coordinación política construidos durante la dećada de gobiernos afines de sesgo “populista” como la UNASUR o la CELAC fueron prolijamente desmantelados, para dar paso a foros que replican las directivas de política exterior de los Estados Unidos para su patio trasero, al cual han vuelto a prestar (para desgracia nuestra) preferente atención a raíz de la crisis en Venezuela. Así surgieron el Grupo de Lima y la reactivación del TIAR, llegándose incluso a considerar la opción de la intervención militar que hoy pierde terreno, al mismo tiempo que se derrite el fantasmal gobierno títere de Guaidó.  

Todo lo descripto denota una característica común: los obcecados intentos de Estados Unidos, el FMI y las élites locales de imponer el catecismo neoliberal terminan, invariablemente, en crisis económicas e inestabilidad política, y en un grave retroceso institucional y de las libertades democráticas, a menos que el propio sistema político genere sus anticuerpos en forma de alternativas electoralmente competitivas. Los efectos devastasdores del neoliberalismo (que por el contexto económico mundial tienden a profundizarse cada vez más, en menos tiempo) explican mejor que nada por que razón lo que algunos soñaron como una nueva hegemonía de derecha perdurable hoy está en crisis, aun allí donde parecía inconmovible.

Pero esas alternativas políticas a las derechas continentales tampoco están exentas del riesgo del travestismo (como pasó en Ecuador como Lenin Moreno), del intento de “entrismo” de los poderes dominantes, como va a suceder en la Argentina con el casi seguro gobierno del “Frente de Todos”, o de la tibieza paralizante a la hora de avanzar en los procesos de reforma, que puede derivar en que se ponga en riesgo su propia subsistencia en el poder frente al avance de las derechas; como podría ser el caso (ojalá que no) del Frente Amplio en el Uruguay. Lecciones todas a tener en cuenta. Tuits relacionados: 

viernes, 13 de septiembre de 2019

LA VUELTA AL MUNDO


Una de las banderas fundamentales de la campaña de "Cambiemos" en 2015 fue la necesidad de que la Argentina "volviera al mundo", y rompiera el aislamiento al que supuestamente la había condenado el kirchnerismo, "que solo mantiene relaciones fluidas con Irán y Venezuela".

"Volver al mundo" (sospechábamos por entonces, y pudimos confirmar en el gobierno de Macri) era reconectar al país con los mercados financieros internacionales por el canal de la deuda, para financiar un modelo de valorización financiera y fuga de capitales. "Mundo" eran "los mercados", y "los mercados" son Europa, Estados Unidos, Japón, y no mucho más.

La gestión de la política exterior estaría guiada -nos prometieron- por el más estricto profesionalismo, despojado de cualquier anteojera ideológica, poniendo como meta convertir al país "en el supermercado del mundo", y logrando que llegara al país "la lluvia de inversiones" atraída por la confianza que generaba el nuevo gobierno, por su sola asunción.

El fracaso en este renglón fue estrepitoso como, en general, en todos los rubros de la administración Macri que no estén directamente vinculados a la valorización financiera para la fuga, la destrucción del salario real y la precarización de la fuerza de trabajo, o la rapiña de los negocios de la runfla gobernante.

De modo que, como en todos los demás aspectos de su gobierno, en materia de política exterior y relaciones del país con el resto del mundo, Macri le dejará a su sucesor una pesada herencia, compleja para revertir. Y ahora que ya está de salida, es bueno puntualizar algunas de las aristas más controversiales de esa herencia, porque -entendemos- se proyectan con fuerza gravitante sobre el rumbo de la futura administración del país.

Para comenzar y al principio mismo de su gobierno, Macri rifó el amplísimo apoyo internacional cosechado por Cristina y Héctor Timmerman en la ONU en la pelea contra los fondos buitres, defendiendo el derecho de los Estados soberanos de reestructurar su deuda pública en condiciones compatibles con el crecimiento y la inclusión social.

Capitulando en toda la línea con Paul Singer y otros buitres similares (cuyo nómina total aun desconocemos) Macri no solo reintrodujo al país en un ciclo pernicioso de endeudamiento que condiciona seriamente su futuro, sino que sentó un pésimo precedente que dificultará gravemente en el futuro todo nuevo intento de reestructurar la gravosa deuda que deja como legado.

También nos introdujo de lleno en la lógica de las "relaciones carnales" con Estados Unidos (dando una vuelta de campana sobre su apoyo explícito a Hillary Clinton en la elección que ganó Trump), sin obtener a cambio siquiera contraprestaciones comerciales significativas: ahí están todavía el biodiésel, las exportaciones de carne, los famosos limones o los tubos de acero sin costura como los ejemplos más conocidos, pero no los únicos.

Y el alineamiento incondicional con los EEUU y sus objetivos de política exterior tuvo otras consecuencias: la lamentable posición asumida por el gobierno argentino en relación a Venezuela (convertida burdamente en tópico obsesivo de la discusión política interna) y el gobierno títere de Guaidó, y la reformulación de la doctrina de defensa nacional y el rol de las Fuerzas Armadas, para adaptarlas a la doctrina de las "nuevas amenazas" diseñada por el Comando Sur del ejército norteamericano.

A lo expuesto podríamos agregar el involucramiento en el conflicto del Oriente Medio secundando las posturas de Estados Unidos a Israel, con la absurda decisión de incluir como organización terrorista a Hezbollah, a la que ni siquiera la ONU considera así; y es una fracción política que integra el gobierno del Líbano, país con el que mantenemos relaciones diplomáticas y comerciales.

El caso Venezuela fue, a su vez, una etapa más de un proceso sostenido de destrucción de las instituciones de la integración regional como el Mercosur o la Unasur; que culminó con la firma del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea en condiciones gravosas para el país y la región, y con la descarada intromisión abierta del fascista Bolsonaro en la política interna de la Argentina, a favor de la reelección de Macri: una devolución de favores por el rápido reconocimiento del gobierno argentino al golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, y su silencio estruendoso ante la prisión de Lula, silencio que se reitera ahora, en la agresión contra Bachelet reivindicando a la dictadura de Pinochet.

El gobierno de Macri también cargará con el dudoso honor de ser el que (contrariando el mandato constitucional) abandonó la causa Malvinas y el reclamo de soberanía, para entablar también "relaciones carnales" a cambio de nada con el Reino Unido, al que incluso llegó a darle injerencia en los procesos de reequipamiento de nuestras Fuerzas Armadas, en otra bochornosa claudicación de soberanía; completada más tarde con adjudicaciones de áreas petroleras a compañías británicas, en el Mar Argentino.

Lejos de la sobriedad y el profesionalismo prometidos en campaña, y por el contrario, alineados bajo los más estrictos parámetros ideológicos de alineamiento con las directrices de política exterior de los Estados Unidos, el gobierno de Macri no dejó chapucería internacional por hacer, incluyendo roces con China y Rusia, cuyas inversiones e intereses en el país cuestionó por el solo hecho de haberse gestado durante el kirchnerismo; para acto seguido salir a mendigarles apoyo financiero, cuando fracasaron todas su otras alternativas.

Y para concluir, pero no menos importante: Macri también será recordado como el presidente que trajo de nuevo al FMI al país, embarcándonos en el préstamo más grande de nuestra historia y de la de ellos, estructurado como un gigantesco y desembozado aporte de campaña a su reelección, objetivo en el que también ha fracasado; legando para el futuro no solo la deuda de 57.000 millones de dólares que deberá afrontar el próximo gobierno, sino su reinstalada capacidad de injerencia en el diseño de nuestra política económica, con todo lo que eso significa.

Encima coronó el fracaso con un default en ciernes que convierte a su gobierno (y al país con él) en un paria a los ojos de aquellos a los que dirigió todos sus esfuerzos de seducción: en meses después de que las calificadores de riesgo le dieran la distinción de considerar a la Argentina como "mercado emergente", el mismo sistema de "validación de calidad" calificó a la deuda argentina en "default selectivo" primero, para quitarle la condición de "emergente" después. Mejor imagen gráfica de su rotundo fracaso, medido en sus propios términos de éxito, imposible de conseguir.

lunes, 29 de octubre de 2018

CORTITAS SOBRE BRASIL


Más sobre el tema, dicho en la primera vuelta, acá.  

miércoles, 10 de octubre de 2018

LA VÍSCERA MÁS SENSIBLE


Abundan por estos días los análisis sobre el triunfo de Bolsonaro en Brasil, y los hay para todos los gustos: desde los más lúcidos hasta loas más inverosímiles, que lo único que hacen es validar posiciones previas, llevando agua para su propio molino. Abundan también los intentos por traspolar la elección brasileña a la que vamos a tener los argentinos el año que viene, y a una renovada euforia/esperanza de los oficialistas, se le sobreimprime como espejo cierto desánimo o desaliento de no pocos opositores.

Lo que no abunda tanto, en cambio, son las lecturas en las que se ponga el foco -al evaluar las posibles causas del amplio triunfo en las urnas de la ultraderecha brasileña- en la economía y sus efectos en el nivel de vida de los votantes, o en su insatisfacción canalizada a través del voto de un candidato “impresentable” en términos de corrección política.

En un país sacudido por las denuncias de corrupción que salpicaron al conjunto de los partidos políticos tradicionales, Bolsonaro pudo presentarse sin mucho esfuerzo como el candidato “anti sistema” que encabezaría una especie de regeneración moral con mano dura, pero ese simple discurso (común a la extrema derecha en todos los tiempos y todos los lugares) no podría haber encarnado en amplias fracciones del electorado al punto de convertirlo en el candidato más votado, sin el crítico contexto económico que vive Brasil.

Como consecuencia de la aplicación de las mismas políticas neoliberales que se aplican acá, el país está en recesión casi ininterrumpidamente desde el 2013, durante el mandato de Dilma Rousseff; cuando el PT (que no se había caracterizado precisamente por una ruptura profunda con el modelo productivo preexistente a su llegada al poder) claudicó del compromiso electoral con el que derrotó a Aecio Neves, y aplicó el mismo programa que éste hubiera ejecutado de llegar al gobierno: suba de las tasas de interés, ajuste fiscal con reducción del gasto público, apertura a las privatizaciones.

Luego del golpe parlamentario que destituyó a Dilma, Temer profundizó ese rumbo al punto de consagrar el ajuste fiscal por 20 años en la Constitución, y lograr la aprobación legislativa de una reforma laboral regresiva, de tinte esclavista, contra la cual -dicho sea de paso- el discurso del PT en campaña fue bastante tibio. Los resultados son los conocidos, allá, acá y en todos lados, cuando se aplicaron esas políticas: aumento del desempleo, baja de los salarios reales, precarización laboral, recesión e incluso retroceso en las mejoras de los indicadores sociales que la propia fuerza de Lula

Sobre esa realidad concreta, sobre la insatisfacción social que esas políticas generaron, cabalgó el discurso de Bolsonaro, que incluso arrancó la campaña criticando esas políticas neoliberales, para ir de a poco bajando el tono a las críticas. Pero si hay algo que queda claro -como dijo alguien que cumplió años esta semana- es que la víscera más sensible del hombre, sigue siendo el bolsillo: si Brasil hubiera estado creciendo, y su economía generara más empleos y pagara mejores salarios, es casi seguro que el candidato “anti sistema” hubiera tenido menos cabida.

Veamos si no otro ejemplo, el caso Trump, que es parecido y diferente a la vez; más lejano en tiempo y espacio, pero que ayuda a comprender lo que decimos: el hoy presidente de estados Unidos también fue un candidato “anti sistema”, primero en la interna del Partido Republicano, y después en las elecciones generales; y expresa en líneas generales la misma visión cultural y social que Bolsonaro, tanto que los blancos de sus ataques fueron más o menos los mismos. Pero ganó porque su discurso económico (enfatizamos: su discurso, lo que hizo en el gobierno admite matices) fue cuestionador del orden neoliberal imperante, del que los demócratas fueron garantes, tras el estallido de la crisis de las sub prime en el 2008. 

Sin desconocer en ambos casos que hay tendencias autoritarias, racistas y discriminadoras muy fuertes en la sociedad (en todas las sociedades), el caldo de cultivo es siempre la insatisfacción por las condiciones objetivas y materiales de existencia; aunque las propuesta presuntamente "antisistema" por ultraderecha obtengan apoyos en los sectores de mayor poder económico: el fenómeno a analizar es porque también lo logran entre los sectores populares, y eso es siempre indisociable del deterioro de la situación económica. 

En Brasil recesión, ajuste, pobreza y corrupción iban de la misma mano: el PT que gobernaba (al menos así lo vieron muchos brasileños), sus aliados y sus posibles reemplazantes dentro del sistema, y sobre esa base trabajó Bolsonaro. En Argentina, el discurso de atribuirle los efectos de la crisis económica generada por las políticas macristas a la corrupción del gobierno anterior solo convence (según marcan las encuestas) a una parte de los votos de Cambiemos en 2015, el núcleo duro de los mismos, y en descenso conforme la crisis se profundiza.

Y hablando de crisis, todo indica que llegó para quedarse, y no porque se trate de una nueva “campaña del miedo” (cuyas advertencias se quedaron cortas), ni porque lo digan los economistas heterodoxos (cuyos señalamientos se fueron cumpliendo con inexorable fatalidad): ya es el propio FMI el que está advirtiendo que la recesión será más profunda, la inflación y el desempleo más altos de lo estimado, como consecuencia de la aplicación de las políticas que ellos mismos acordaron con el gobierno argentino, que comparte su misma visión de la economía y por eso no resistió los “consejos”.

Demás está decir que si las expectativas y pronósticos del Fondo parecen pesimistas, todo indica que en realidad pecan de optimistas, y el panorama será mucho peor aun, y la extensión y profundidad de la crisis no es un dato menor, porque determinan el clima y el contexto económico bajo el cual los argentinos votaremos el año que viene: si la economía sigue cayendo sin freno, y con ella los salarios, el empleo, el consumo y las expectativas, habrá que ver como se las apaña la derecha vernácula en el gobierno, para replicar acá el “Bolsonarazo”.

domingo, 7 de octubre de 2018

BRASIL Y NOSOTROS


La elección de Brasil de hoy puede ser enfocada desde distintos ángulos: el específicamente vinculado a su situación interna, las obvias proyecciones regionales del resultado (que parece difícil de revertir en el balotaje) y las tendencias o fenómenos políticos que evidencia, en la medida que reflejen leyes más o menos generales que se puedan replicar acá.

Sobre lo primero, sería muy presuntuoso de nuestra parte pretender opinar al respecto y a la distancia, sin más conocimiento del que se tiene a través de los medios, aunque la presencia de "observadores en el terreno" no sea siempre garantía de acertar en la lectura: sin ir más lejos, Bruno Bimbi, el corresponsal de TN allá, decía hasta no hace mucho tiempo que Jair Bolsonaro carecía por completo de chances de llegar a la presidencia.

Las consecuencias regionales del proceso electoral brasileño son obvias: si el país más grande del continente consagra como presidente a un candidato abiertamente fascista las posibilidades de un cambio de ciclo político en la región sufrirán un duro golpe, y el grave retroceso de los últimos años en el proceso de integración regional continuará. Lo que no supone necesariamente un "efecto contagio" que determine los resultados electorales en los demás países de la región, pero sí tomar nota de la previsible "ausencia" de un jugador de peso gravitante, que empuje en otra dirección a la que hoy llevan las cosas.  

Quedan entonces las cuestiones que, vistas desde acá, arrojan elementos de interés para el análisis comparativo, siempre haciendo la salvedad de que las traslaciones no son exactas ni automáticas; comenzando por las condiciones en las que se desarrolló la campaña electoral y las elecciones en sí mismas: con la proscripción de Lula que venía punteando cómodo en las encuestas y hasta un intento de último momento de sacar de la cancha al propio Haddad, con la eliminación de millones de electores proclives a votar al PT de los registros electorales, en un clima de violencia verbal y explícita y con el atentado "sospechoso" contra Bolsonaro.

Desde las prácticas de "law fare" en su mayor grado de brutalidad explícita, hasta la "campaña sucia" en niveles inimaginables, no le faltó nada al proceso electoral brasileño para herir su legitimidad, y condicionar a futuro la estabilidad del proceso político en el país. Hasta hubo amenazas explícitas de golpe militar su Lula era liberado para poder ser candidato, o en caso de un triunfo del PT, que el propio Bolsonaro advirtió que desconocería.  

La conclusión desde acá y con enseñanza para nosotros es muy clara: cuando la derecha cree amenazados sus intereses (y a veces ni siquiera eso, como ocurrió en Brasil, donde el PT no discutió el modelo de acumulación sino simplemente la distribución social de los excedentes que genera), deja de lado toda ficción de adhesión a los valores democráticos, y es capaz de saltarse encima incluso de los frágiles consensos de las democracias latinoamericanas emergidas en los 80', post dictaduras militares.

Incluso aunque eso la lleve a terminar abrazando como candidato a un presunto "outsider" como Bolsonaro, porque sus propios candidatos (en Brasil, los gestores del golpe parlamentario contra Dilma) no mueven el amperímetro: se trata de apoyar, con una practicidad de la que suelen carecer las izquierdas, al que se ofrezca a garantizar sus intereses esenciales, cualquiera haya sido su trayectoria previa. Como el rol que podrían cumplir acá Sergio Massa o algún candidato del "peronismo perdonable" ante el declive de Macri, pongámosle.

El "Lava Jato" y el presunto proceso de depuración judicial de la corrupción política terminó llevándose puesto a todo el sistema político tradicional brasileño, y encarcelando al candidato más popular del país para impedirle ser candidato, para que de las cenizas surgiera como alternativa un Hitler de bolsillo, que en otros contextos y bajo otras circunstancias, hubiera tenido una representación electoral marginal; como la que tiene acá Biondini.

Una vez más entonces el "honestismo" y las cruzadas moralizadoras son capitalizadas políticamente por las derechas, que justamente por eso son siempre las más interesadas en correr el eje de la disputa política de las cuestiones ideológicos y los modelos o proyectos políticos en disputa, y sus consecuencias en términos de ganadores y perdedores.

Acá en Argentina el "honestismo" explica en parte el voto a Cambiemos, aunque sea en clave farsesca, como justificación "socialmente aceptable" de definiciones electorales por derecha, para ungir presidente a un esplendente representante de la patria contratista, enriquecida a partir de negocios non sanctos con el Estado. Lo farsesco adquiere por estas horas una nueva dimensión, cuando parte de su propio electorado/acolitado le reclama a Carrió que no rompa la alianza gobernante y acepte resignar su cruzada moralizadora, para no facilitar un retorno del peronismo al poder: aunque sean corruptos, son nuestros corruptos, parece ser el nuevo lema.

La perfomance electoral Haddad, el candidato del PT, pone una vez más sobre el tapete el problema de las dificultades para transferir votos de los liderazgos carismáticos, dicho esto pensando en los que blanden la teoría del "techo bajo" de Cristina, y la necesidad de que se corra a un costado y posibilite otras candidaturas, o hasta las bendiga. El fenómeno no debería sorprender, como que es una nota característica de la conformación política y cultural de las democracias de América Latina, pero bueno, hay quienes insisten en ignorarlo, o bajarle el precio.

Otra enseñanza que deja Brasil es que las estrategias contemporizadoras con el poder real, traducidas en buscar candidatos "moderados" (como se ensayó acá en el 2015, sin ir más lejos), o buscando explotar "la ancha avenida del medio", no garantizan el éxito; menos cuando la dinámica del propio proceso político es de creciente polarización, como consecuencia de los intereses reales que están en juego, y su mayor o menor tutela según sea el resultado electoral. Que es lo que va a pasar acá el año que viene en las presidenciales.

Si las fuerzas populares no asumen esta problemática y se hacen cargo de darle cauce con sus candidaturas y programas, es inevitable en cierto punto que parte de sus votos potenciales (en especial en los sectores populares) los termine capitalizando alguna forma de fascismo más o menos explícito, que propone soluciones mágicas, como la "pobreza cero", o "mantener lo bueno y mejorar lo malo"; como pasó acá en el balotaje del 2015.

Se dirá que Macri no es Bolsonaro, y no es cuestión de discutirlo acá y ahora, sino de señalar que lo que en el 2015 se vendía como un prospecto de "nueva derecha moderna y democrática", tras tres años de gobierno concreto, puro y duro de la misma y vieja derecha de siempre, se ha ido "bolsonarizando" en lenguajes, prácticas políticas y -sobre todo- políticas públicas concretas, con beneficiarios y perjudicados muy nítidamente identificables.

Sobre Brasil se ha dicho que el movimiento de las mujeres bajo la consigna "Ele nao" contra Bolsonaro terminó levantando la intención de voto del candidato de ultra derecha, habrá que ver cuanto hay de cierto. Al mismo tiempo Brasil, que tiene "resuelto" el problema de la separación de la iglesia y el Estado (que acá se derivó de la discusión del aborto, como cuestión de atención prioritaria) porque no sostiene el culto católico con recursos, y donde los sectores más progresistas del catolicismo integran las comunidades de base que apoyan mayoritariamente al PT, vio como los sectores de la derecha evangélica (que acá mostraron hace poco su capacidad de ganar las calles en contra del aborto legal) jugaron abiertamente su influencia entre los sectores populares del país y su peso en los medios de comunicación, a favor de Bolsonaro.

Ambos hechos ponen el dedo en una llaga que duele para los sectores progresistas: la necesidad de encontrar el modo de articular sus demandas legítimas con las problemáticas y angustias más generales de la sociedad, en especial los sectores populares pauperizados, y con sus propias perspectivas culturales; generando una sinergia social y política donde todas esas demandas encuentren un cauce institucional para concretarse.

domingo, 8 de julio de 2018

QUIERO MI LULA LIBRE



Tres meses atrás cuando detuvieron a Lula, decíamos acá: "Aplicando aquello que decía Marechal que de los laberintos se sale por arriba, Lula dejó al régimen golpista de Témer y los que verdaderamente mandan hoy en Brasil (los grandes medios, los grandes grupos económicos y la justicia a su servicio) en una encerrona: convirtió el pedido de detención del juez Moro en su contra, en un arma política formidable en contra del sistema corrupto que gobierna el país, y que quiere proscribirlo para que no gane las elecciones. Lula preso gana, y libre también.

Si Lula no puede ser candidato y el gobierno o la derecha brasileña ganan la elección, no habrá triunfo más ilegítimo. Si no obstante encarcelarlo pierden, no habrá derrota más estruendosa. Y si es candidato y gana, no habrá victoria más rotunda: la única forma digna que les queda para vencerlo es hacerlo en elecciones limpias, con él como candidato."

Claro que no faltan agentes cada vez menos solapados del imperialismo como el juez Moro, que intentarán por todos los medios mantener preso a Lula, y marginado de la competencia electoral, a como de lugar:
Por estas horas y al momento de subir el post, se vive en Brasil una situación política e institucional bizarra: Moro desde Portugal (está de licencia por feria judicial) desconoce la orden de liberar a Lula, el juez que la emitió la ratifica y ordena a la Policía Federal que la cumpla, otro juez del mismo tribunal federal (de feria también) la desconoce, y un alto jefe militar llama públicamente a apretar al juez que ordenó la libertad.  

En ese contexto, es difícil saber que pasará (todo indica que una parte del Poder Judicial está apuntando al golpe de Estado), pero si Lula finalmente queda libre, comenzará la batalla por oficializar su candidatura presidencial, que seguramente la derecha brasileña tratará de impedir porque sabe que, con el clima de hoy, gana incluso en primera vuelta.

La perspectiva concreta de un triunfo del PT en Brasil (y no con cualquier candidato, sino con Lula) se suma así a las expectativas (recalcamos: expectativas) que despierta el contundente triunfo de López Obrador en México, a la destemplada e inverosímil solicitud de prisión para Rafael Correa en Ecuador (una clara muestra de impotencia política del gobierno de Moreno), a la buena perfomance electoral de Petro en Colombia; y a la acelerada descomposición del régimen macrista en nuestro país.

No se trata de que forzosamente el continente vuelva a girar políticamente, pero si de datos que confirmar que una cosa es segura: los pronósticos sobre una larga y extendida hegemonía de los proyectos de derecha neoliberal en América Latina deben -por lo menos- ponerse entre paréntesis.

Se vienen tiempos interesantes y esperanzadores para la reconstrucción política de las fuerzas populares, y del mismo proceso de integración regional y continental, tiempos que hasta no hace mucho se creían improbables, si no imposibles. Y de paso, hablando de jueces que interfieren en los procesos políticos, un necesario recordatorio:


martes, 1 de mayo de 2018

PARA VOLVER AL MUNDO, NOS FUIMOS DE CASA


Como suele pasar en los últimos tiempos en el país con todo lo que tiene que ver con la política internacional, la abrupta salida de la UNASUR de la Argentina y otros países (entre ellos Brasil) no tuvo la repercusión en nuestro sistema político que la gravedad del hecho merece: solo un comunicado del bloque de diputados nacionales del FPV expresando su preocupación, y casi nada más.

La Argentina gobernada por Macri dejó la presidencia pro témpore del organismo en manos de Bolivia sin rendir cuentas de su gestión, omisión más notoria aun porque acto seguido lo abandonó señalando -junto con los demás que se fueron- su parálisis; en gran medida provocada ex profeso por los gobiernos en manos de las derechas del subcontinente, que tributan a otras lógicas de vinculaciones exteriores; vinculadas al neocolonialismo satelital de la potencia hegemónica mundial y regional.

De ese modo, los cultores de las instituciones las destruyen concienzudamente cuando no pueden someterlas o controlarlas (gobiernos de derecha hubo siempre entre los miembros de la UNASUR, pero eran minoría); y los que venían a profesionalizar la diplomacia y la política exterior depurándola de ideologías, la unilateralizan en nombre de su propia ideología.  

El vaciamiento de la UNASUR es consecuencia directa de la bochornosa cumbre de las Américas, donde los países que practican las relaciones carnales con los Estados Unidos suplieron la ausencia de Trump compitiendo entre sí en muestras de genuflexión a éste, mostrándose dispuestos a acompañar medidas más duras contra Venezuela. Macri mismo sobresalió en ese patético rol.

Y es la contracara de la cumbre de Mar del Plata del 2005 que rechazó el ALCA, porque la siguiente movida previsible es insistir en el ingreso a la Alianza del Pacífico hegemonizada por Estados Unidos, de los países que se fueron del UNASUR que no son al presente parte de ella; en un contexto en el que Trump cierra su mercado y por ende no hay beneficios tangibles de moverse en esa dirección.  

La salida de seis países del organismo es tan indisiociable entonces de la política exterior yanqui, como de las propias exigencias de los factores de poder de cada uno de sus países, en su política externa: no olvidemos que fue precedida por la deliberada destrucción del Mercosur que están ejecutando la Argentina de Macri y el Brasil de Témer, con la expulsión de Venezuela, la demora de la admisión de Bolivia y la obsesión por cerrar -a como de lugar- un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea.    

Esa asociación de las políticas internas con las exteriores es muy palpable en el caso argentino, donde un gobierno con tendencia a la sobreactuación diplomática hace cuanto puede por "volver al mundo", una obsesión que tiene cuadrantes geográficos precisos (Europa, Estados Unidos y no mucho más), y objetivos mucho más precisos aun: reconectarse a los canales financieros internacionales volviendo a los mercados de deuda, para financiar el modelo de valorización financiera y fuga de capitales.

Sin ningún interés nacional concreto que justificara la movida de salirse de la UNASUR (antes bien, cualquier análisis objetivo del mismo aconsejaba permanecer), Macri suma otro gesto que -supone- lo ayudará en su esquiva búsqueda de la lluvia de inversiones; en un camino de genuflexiones que hasta acá solo le ha reportado un cargamento de limones tucumanos a Estados Unidos, y no mucho más. O en todo caso sí: miles de millones de nueva deuda, que estaban dispuestos a fluir al país sin necesidad de que este hiciera payasadas con graves consecuencias, como irse de los organismos de integración regional, vaciarlos o destruirlos.

Y quedan finalmente por considerar otros dos aspectos, que nos parecen las consecuencias más graves de la movida: la crisis de la UNASUR arrastrará indefectiblemente al Consejo de Defensa del organismo, potenciando aun más la lógica de estrechar vínculos con los Estados Unidos en el plano militar, con la excusa de las "nuevas amenazas" a la seguridad regional como el  narcotráfico o el terrorismo.

Por otro lado, una UNASUR desmembrada estará incapacitada para actuar (como lo hizo en el pasado reciente, en Bolivia, Ecuador y Venezuela) como un factor estabilizador de las democracia regionales, amenazadas por golpismos de nuevo cuño.

Acaso esta haya sido una consecuencia expresamente deseada por las derechas promotoras del vaciamiento, que vienen flojitas de papeles en ese renglón.

domingo, 8 de abril de 2018

LULA GIGANTE


El discurso de Lula ayer en Sao Bernado Do Campo antes de entregarse para ser detenido fue una verdadera lección de política, con mayúsculas, del principio al fin. Una versión completa en español, acá. Debería usarse en la formación política de los militantes, y de no pocos dirigentes.

Aplicando aquello que decía Marechal que los laberintos se sale por arriba, Lula dejó al régimen golpista de Témer y los que verdaderamente mandan hoy en Brasil (los grandes medios, los grandes grupos económicos y la justicia a su servicio) en una encerrona: convirtió el pedido de detención del juez Moro en su contra, en un arma política formidable en contra del sistema corrupto que gobierna el país, y que quiere proscribirlo para que no gane las elecciones. Lula preso gana, y libre también.

Si Lula no puede ser candidato y el gobierno o la derecha brasileña ganan la elección, no habrá triunfo más ilegítimo. Si no obstante encarcelarlo pierden, no habrá derrota más estruendosa. Y si es candidato y gana, no habrá victoria más rotunda: la única forma digna que les queda para vencerlo es hacerlo en elecciones limpias, con él como candidato.

Haciendo abstracción de su situación personal y cual personaje de Oesterheld, Lula apeló al héroe colectivo: a que aparezcan uno, dos, miles de Lulas que lleven a las grandes mayorías del pueblo brasileño a ganar las elecciones. Un llamado a que la organización política trascienda al líder providencial, un lugar del que Lula se corrió, aunque al hacerlo su figura se agigante cada vez más.

Claro que un Lula no se consigue todos los días, pero hay que aprovechar lo que enseña, también acá: para los que viven pidiendo autocríticas (de los otros) y reconocimiento público de errores, Lula la hizo, pero arremangándose y recorriendo de una punta a otra del país, yendo en busca del Brasil profundo, pobre y marginado al que debió su fuerza electoral, y su vigencia política.

Diciendo sin decir, estaba reparando los errores y los desvíos de los gobiernos del PT, cuando se ponía más el acento en conseguir el "investment grade" o en no malquistarse con los sectores financieros o los grandes medios, o en componendas con la corrupta partidocracia tradicional brasileña; en lugar de respaldarse en el pueblo llano, en las organizaciones de base, en los sindicatos, en definitiva en aquéllos que hicieron de Lula lo que es hoy.

Por eso fue a donde fue, por eso estuvo con quienes estuvo (dialogando incluso con dirigentes de otras fuerzas políticas de izquierda y centroizquierda), por eso eligió esperar la detención en el sindicato que lo vio nacer como dirigente, organización en la que dijo, aprendió todo lo que sabe en el mundo de la política. 

Un volver a nacer desde cero, desde la base, desde las fuentes, pero con la experiencia concreta de más de una década de gobiernos del PT frescas en la memoria de los sectores más postergados de la sociedad brasileña; y la experiencia más cercana -y dolorosa- de lo que vino después: cualquier semejanza con lo que pasó acá con la "campaña del miedo" y la gestión del gobierno de Macri, no es pura casualidad.

Lula enumeró ayer los grandes logros de su gobierno ante una multitud que los conoce y los agradece, y que por eso lo rodeó de afecto; y dice bien: esos logros son los que lo llevarán a la cárcel, como preso político de un sistema corrupto que utiliza al poder judicial como herramienta, y que no tolera ceder el más mínimo privilegio, para que los que nada tienen, logren algo.

Los errores que no mencionó, es muy claro por lo que dice y hace, que los tiene a la vista; esencialmente haber creído que se puede pactar -explícita o implícitamente- con la derecha: por hacer un parangón con la Argentina, Lula y los gobiernos del PT no discutieron no disputaron la renta agropecuaria, ni intentaron romper la concentración mediática, o enfrentarse a los grandes intereses de la banca o las finanzas internacionales.

Pero esa actitud contemporarizadora -por la cual en otros tiempos acá lo ponían como ejemplo y modelo a seguir muchos de los que ahora se alegran por su detención- no le granjeó la simpatía del establishment estando en el poder, ni la clemencia cuando lo dejó; como quedó demostrado. Una lección para que aprenda no solo el PT en Brasil, sino los que acá tratan de articular un "oposición de diseño" como dice Cristina, para que el sistema los tolere como posible recambio del macrismo. 

Por supuesto que por aquello tantas veces dicho del dedo y la luna, no faltan acá quienes rescatan que Lula "respeta las instituciones y por eso se entregó a la justicia", sin reparar en que lo hace dando un profundo mensaje político que pone en su justo lugar a esas instituciones, y a esa justicia: un mascarada vacía de contenido, puesta al servicio de los deseos y los intereses de los más poderosos.

Y tampoco faltaron los revolucionarios de café que se las saben todas, que oscilaron entre el "no hay que defender a Lula porque es corrupto, representa a la derecha y traicionó a los trabajadores", y las críticas al líder del PT por no haber convocado a la resistencia civil o a incendiar todo; olvidando que eso era justamente lo que la derecha brasileña estaba esperando, para poder descargar toda la furia del aparato represivo, en un país virtualmente militarizado y con parte de sus fuerzas armadas amenazando con dar un golpe si Lula no iba preso; y con un pueblo que no se ha caracterizado hasta acá por reaccionar en las calles masivamente contra las políticas regresivas del gobierno de Témer. 

Sirvan también ambos ejemplos, para aprender acá a detectar pelotudos, cuando se los escucha decir lo mismo, en circunstancias parecidas. Claro que también están los que se preguntan por qué Lula va preso, y Cristina no; pero esos no son pelotudos: son hijos de puta, que es distinto.