LA FRASE

"MIS DIFERENCIAS CON EL PRESIDENTE SON PÚBLICAS Y NOTORIAS, PERO QUIERO AGRADECERLE QUE ME HAYA DADO ESTA OPORTUNIDAD DE ORDENAR PERSONALMENTE UNA REPRESIÓN." (VICTORIA VILLARRUEL)
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lunes, 23 de enero de 2023

"VIENEN POR EL AGUA"

 

Días atrás y a propósito del páramo analítico de las ciencias sociales que nos legaran los 90', decíamos en ésta entrada: "En particular en América Latina y tras décadas de golpes de Estado, retornaron las democracias formales pero fuertemente condicionadas en sus posibilidades de despliegue y profundización, precisamente por la incidencia de los mismos poderes que impusieron el Consenso, y comandaron la globalización. Frente a esto, surgieron regímenes democráticos "líquidos", de baja intensidad reducidos en lo sustancial a la periódica liturgia electoral.".

"Y como complemento de esa realidad, la academia (con honrosas excepciones) comenzó a transitar una época de desvaríos donde manejar categorías como "liberación o dependencia", "pueblo", "revolución", "oligarquía", "imperialismo", "colonialismo", "explotación" o el mismo concepto de "clases sociales" era mal visto, no "daba el tomo de época" o remitía a años tumultuosos y -afortunadamente para algunos- superados.".

"La globalización, lejos de resolver las tensiones entre capitalismo y democracia, las agudizó, y las democracias que tenemos o supimos conseguir -en especial en nuestro continente- están asentadas sobre el frágil piso de las desigualdades sociales cada día más acentuadas (América Latina no es el continente más pobre, pero claramente el más desigual), por la obscena concentración de la riqueza en unos pocos, que se sustenta con la pobreza y exclusión de las mayorías.".

Parte ese "lavado" de las ideas conflictivas o problemáticas de nuestra historia política es hacernos creer que, así como ya no existirían los golpes de Estado ni las oligarquías que eran sus promotoras, tampoco existen los imperialismos, que son sus impulsores reales y beneficiarios finales. Pues bien, para disipar esa vana ilusión ahí están las palabras de la generala jefa del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos en el video de apertura.

Mientras nos tienen entretenidos con novelas de dictadores caribeños violadores de los derechos humanos que no deberían ser admitidos en el país, o aun detenidos si pisaran estas tierras, o con bases chinas o rusas desde la que se lanzarían misiles, las amenazas reales contra nuestra soberanía, democracia o instituciones provienen de otro lado. Y si no veamos como los que censuran a Maduro callan frente a lo que está pasando con los derechos humanos en Perú ahora mismo; un país cuya presidenta acaba de pedirle al Congreso autorización para el ingreso de tropas extranjeras: de EEUU.

Los que nos dicen a nosotros que nos quedamos en el 45' o somos setentistas nostálgicos, están atrapados en una continuidad imaginaria de la Guerra Fría a más de 30 años de la caída del muro, y ven comunismo y comunistas por todos lados, en cualquier mínima tentativa de regulación estatal de la economía, o de tibio reformismo social. Y como entonces, se apresura a buchonear a los "peligrosos". 

Y las escenas de bradenismo explícito son cada vez más ostensibles y escandalosas: a las declaraciones de la generala hay que sumarle las presiones de sectores del poder yanqui y las empresas de EEUU radicadas en el país para que no avance el juicio político contra la Corte Suprema, las muestras de cipayismo terminal de gente como Patricia Bullrich que se ofrece a ser agente de la DEA para "capturarlo a Maduro por narcotráfico", o el propio embajador Stanley yendo a visitar el INVAP y el Instituto Balserio, para monitorear "in situ" el plan nuclear o satelital argentino.

La astucia del imperialismo -al igual que dicen de la del diablo- consiste en hacernos creer que ya no existe y es solo un producto de nuestra imaginación, porque estamos en un mundo globalizado "donde todos se relacionan con todos". Un mundo en el cual no se trata de postular aislacionismos, sino de enfrentarlo plantados sobre nuestros propios pies, afirmándonos en lo nuestro y en el control de nuestros recursos y nuestras decisiones.

Ese mismo páramo analítico de la reflexión politológica al que antes hicimos referencia, hace que muchos se cuiden muy bien de relacionar dos cosas que están íntimamente vinculadas entre sí: el renovado ímpetu de los Estados Unidos por reforzar el control de su patio trasero frente a la presencia creciente en la región de otras potencias como Rusia o China, y la constante inestabilidad política e institucional en el continente, de la que no se han escapado ni siquiera países como Brasil: la coexistencia de ambos fenómenos es todo, menos casual.

Sin embargo, lo que ellos hagan o intenten hacer para conseguir sus objetivos, no por silenciado, es menos conocido o perceptible; pero es tema de ellos. El asunto es lo que hagamos nosotros, con los recursos naturales, el desarrollo científico y tecnológico, el control de los resortes claves de la economía, la deuda o la política exterior; porque como decía Jauretche, si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende.       

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miércoles, 11 de enero de 2023

LAS COSAS POR SU NOMBRE

 

Los 90' fueron años de mierda, en muchos sentidos. No solo por la aplicación de las políticas surgidas del Consenso de Washington o el despliegue mundial del capitalismo financiarizado, sino también por los estragos que causaron en otros campos, como las ciencias sociales, entre ellas las ciencias políticas. 

En particular en América Latina y tras décadas de golpes de Estado, retornaron las democracias formales pero fuertemente condicionadas en sus posibilidades de despliegue y profundización, precisamente por la incidencia de los mismos poderes que impusieron el Consenso, y comandaron la globalización. Frente a esto, surgieron regímenes democráticos "líquidos", de baja intensidad reducidos en lo sustancial a la periódica liturgia electoral.

Y como complemento de esarealidad, la academia (con honrosas excepciones) comenzó a transitar una época de desvaríos donde manejar categorías como "liberación o dependencia", "pueblo", "revolución", "oligarquía", "imperialismo", "colonialismo", "explotación" o el mismo concepto de "clases sociales" era mal visto, no "daba el tomo de época" o remitía a años tumultuosos y -afortunadamente para algunos- superados.

En ese mismo caldo creció la idea (muy equivocada, según mostró luego la experiencia) de que el consenso democrático estaba mucho más generalizado y arraigado de lo que generalmente está, y en consecuencia ya no existirían los golpes de Estado, porque todos habían aprendido la lección de las dictaduras, y nadie estaba interesado en promoverlos. Incluso se elogiaba que una "nueva derecha moderna y democrática", que en su hora los promovía y formaba parte de los elencos estables de las dictaduras, ahora se organizaba para participar en la competencia electoral, aceptando sus reglas de juego.

Pues bien, la experiencia cercana en nuestro continente, desde el golpe contra Zelaya en Honduras en 2009 hasta la asonada bolsonarista contra Lula el fin de semanapasado, marca que eso fue un error tan descomunal, como creer en la teoría del derrame económico del neoliberalismo y precisamente por las mismas causas.

La globalización, lejos de resolver las tensiones entre capitalismo y democracia, las agudizó, y las democracias que tenemos o supimos conseguir -en especial en nuestro continente- están asentadas sobre el frágil piso de las desigualdades sociales cada día más acentuadas (América Latina no es el continente más pobre, pero claramente el más desigual), por la obscena concentración de la riqueza en unos pocos, que se sustenta con la pobreza y exclusión de las mayorías.

No solo que hubo, en estos años, golpes de Estado o intentos de perpetrarlos, sino que los seguirá habiendo toda vez que se intente -aunque sea mínimamente, con métodos y ritmos reformistas- modificar ese estado de cosas, para lo cual indefectiblemente deben afectarse los privilegios de los poderosos. Del mismo modo, para estabilizar definitivamente nuestras democracias es preciso profundizarlas, y hacerlas trascender del mero cumplimiento de las rutinas electorales, al reparto más equitativo de la riqueza, los bienes y los derechos.

Desde esa misma academia que atravesó los 90' tratando de sobrevivir adaptándose a los nuevos tiempos (cuando no virando hacia posiciones de intelectualidad orgánica del neoliberalismo, de modo conciente o no), se nos dirá que tal o cual suceso  reciente (como la revuelta agrogarca por las retenciones móviles en el 2008, los sucesos actuales de Perú o el motín bolsonarista en Brasil) no son un golpe de Estado porque "no hay un intento organizado para derrocar a las autoridades electas y reemplazarlas por los sediciosos", o paparruchadas por el estilo. Si hasta le negaron esa condición al desplazamiento del poder de Evo Morales en Bolivia.

Pero esa acotación "de manual" encierra una trampa: democracia no es simplemente elegir los gobernantes por el voto ciudadano, en competencias cuyas reglas todos conocen y aceptan, y con resultados que asignan responsabilidades y todos los participantes respetan.Es también (y sobre todo) que los que han conseguido el favor popular para erigirse en gobierno puedanresponder al mandato que se les ha conferido, desplegando las políticas públicas que el electorado eligió, sin interferencias extrainstitucionales y -por eso- antidemocráticas y golpistas.

Hay y habrá golpes de Estado -o intentos de consumarlos- aun sin tanques en la calle, toda vez que se pretenda instaurar el gobierno de los jueces o el de los medios, o peor aun, el del poder económico al cual todos ellossirven y tributan, más allá de los resultados electorales, o incluso para forzar a los gobiernos a desconocerlos, traicionando sus mandatos. Incluso en estos tiempos -como bien sabemos nosotros- las maniobras golpistas empiezan por empiojar las condiciones de la competencia electoral democrática; eligiendo por nosotros cuáles son los candidatos que podemos elegir, y cuáles no. 

Con o sin terremotos institucionales o desplazamientos de presidentes o gobiernos, hay en América Latina "clima destituyente" (en la feliz expresión acuñada por Carta Abierta a propósito de la revuelta de los agrogarcas argentinos), y lo seguirá habiendo mientras nuestras derechas -que no son ni nuevas, ni mucho menos democráticas) sientan amenazados, de modo real o imaginario, sus privilegios. 

Incluso aunque esos golpes utilicen como carne de cañón a lúmpenes fascistas inoculados de mensajes de odio, que en todo caso no son sino una expresión de lo que Cristina (alaque uno de esos "lúmpenes" trató de asesinar) llamó "insatisfacción democrática". Lúmpenes de los que después -cuando las intentonas golpistas fallan- se desprenderán endilgándoselos al populismo, precisamente porque fallaron. Porque si tuvieran éxito, se apurarían a reconocerlos y brindarles apoyo. Tuits relacionados: 

lunes, 20 de junio de 2022

ALERTA QUE CAMINA

 

Hay razones de sobra para festejar el triunfo de Gustavo Petro en las elecciones colombianas. Comenzando por señalar que la derecha pierde -tras décadas de predominio- el gobierno del portaaviones norteamericano en la región; un país virtualmente intervenido por el Departamento de Estado a través del "Plan Colombia", en el que la potencia hegemónica tiene nada menos que siete bases militares.

Y otro de los países -como en su momento fueron Perú y Chile- que la derecha continental utilizaba como modelo para proponer en sus respectivos países del continente. En espejo, el entusiasmo que despierta el triunfo de Petro en las fuerzas populares de la región aumenta cuando se gasta a cuenta de un triunfo de Lula en Brasil, y se especula con una posible candidatura de Cristina en las elecciones argentinas del año que viene: es inevitable que la alegría por lo de ayer se transforme en esperanza, y se imaginen renovadas alianzas, que sacudan cadenas seculares.

Sin embargo y no por pinchar los globos del festejo (por lo demás, con globos suelen festejar otros), si se repara en el hecho que, desde 2018 para acá, ningún oficialismo sudamericano ganó una elección presidencial para mantenerse en el poder (el de Colombia ni siquiera llegó al balotaje de ayer), se puede concluir que hay "insatisfacción democrática" (en palabras de Cristina), más que un "giro a la izquierda" en los gobiernos de la región.

Y ése es un dato no menor para analizar el futuro, porque por un lado ese estado de insatisfacción -potenciado sin dudas por la pandemia- proveyó la ventana de oportunidad para las seguidilla de victorias electorales de las fuerzas populares, pero al mismo tiempo les crea la obligación de dar respuestas inmediatas a sus razones, bajo el riesgo de padecerlo como hoy lo hacen los gobiernos de derecha. Que es ni más ni menos que lo que pasó en las elecciones del año pasado acá, en nuestro país.

Si es que existe -en términos continentales- un "ellos" y un "nosotros", sin duda "ellos" están más cohesionados, y disponen de instrumentos permanentes, que trascienden los resultados electorales, en los que basan su poder: la propiedad de los medios de producción, el apoyo y los vínculos del mundo de las finanzas globales, el poder judicial conservador y custodio de las inequidades y privilegios, el estado mayor intelectual de construcción de sentido, que son los medios hegemónicos. Acá y en todos lados, eso es más o menos igual.

Por eso no necesitaron -ni necesitarán- estructuras partidarias sólidas o alianzas políticas amplias (aunque puedan construirlas y utilizarlas) para ser incluso competitivos electoralmente, como lo demuestra la elección de Hernández ayer: llegado el caso extremo pueden apelar a candidatos en apariencia "outsiders" de la política, o sin el respaldo de estructuras partidarias consolidadas, pero sí con el de los factores de poder mencionados; a los que hay que sumar el del gobierno de los Estados Unidos y todas sus agencias, cuya política exterior para la región es el bradenismo más brutal y explícito, como lo podemos comprobar acá por estos días, con el episodio del avión de los iraníes.

Para "nosotros", en cambio, las cosas serán siempre más difíciles; comenzando por la necesidad urgente de superar desconfianzas internas que minan la construcción común, en cada país y luego irradiando a la región. Una construcción que tiene tiempos que no se compadecen con las urgencias de las vastas mayorías pauperizadas que demandan respuestas inmediatas en la región no más pobre, pero si más desigual del planeta.

Y una construcción que tiene que darse en las condiciones impuestas por prácticas que enturbian la competencia democrática como el "lawfare" que padecieron Correa, Cristina o Lula, o el golpismo explícito que concluyó con el gobierno de Evo Morales: para nosotros, la democracia es una herramienta imprescindible de construcción política, para ellos simplemente un método de acceso al poder formal cuando no hay otro disponible, en el que en el fondo no creen, y por cuyos resultados no se sienten comprometidos, cuando les son adversos.

En esa tarea de consolidarse para encarar un programa de reparación de las injusticias que son moneda corriente en América Latina, las fuerzas populares deben resistir además la tentación de sumar "bordes blandos" a las coaliciones políticas que gestan, o prodigarse en gestos de seducción al poder real, para estabilizar los procesos y evitar tener que gobernar en medio de mayores turbulencias: como el caso argentino lo comprueba, una conducta tal siempre será interpretada como un gesto de debilidad, y ése poder real obrará en consecuencia. Tuits relacionados: 

lunes, 9 de noviembre de 2020

NI NUEVA, NI MODERNA, NI DEMOCRÁTICA

 

Mucho se ha dicho y escrito sobre el "lawfare", es decir las tácticas de utilizar los aparatos represivos del Estado como la justicia, para distorsionar las condiciones de la competencia democrática y sacar de carrera a opositores molestos y competitivos. Negada por la misma parte de la "academia" que sostiene burradas tales como que habría en América Latina una "nueva derecha moderna y democrática", es una de las herramientas favoritas de las derechas reales, en todo el continente.

Y aunque también se intente desacreditar el hecho sobre la bases de que quienes lo ponen en evidencia son conspiranoicos, es evidente que el "lawfare" ha sido alentado, inspirado y apoyado por las distintas administraciones que pasaron por el gobierno de los Estados Unidos sin distingo de republicanos o demócratas, como un mecanismo más para tutelar sus intereses estratégicos en el patio trasero.

De hecho, el presidente electo Biden fue parte de una administración como la de Barack Obama que llevó la estrategia a nuevos límites, sin que esto implique -ni mucho menos- desconocer otras formas desembozadas de injerencismo yanqui en las contiendas políticas en América Latina, como la ostensible presión de Donald Trump al FMI para que le desembolsara al gobierno de Macri un gigantesco préstamo con el que esperaba financiar su frustrada reelección.      

No es casual que las tensiones políticas con riesgo para la estabilidad de las democracias regionales hayan regresado con toda su fuerza luego de una década larga en la que gobernaron en los principales países de la región fuerzas populares que, con sus matices propios cada una de ellas, se apartaron de la hoja de ruta del Consenso de Washington. El hecho marcó una alerta para la potencia dominante, que piensa sus estrategias a largo plazo y que allá por los 80' debió virar del apoyo más o menos explícito a las dictaduras militares que asolaban la región, a soltarles la mano para consentir aperturas democráticas condicionadas y tuteladas en sus posibilidades reales de expresión. 

En paralelo y como consecuencia de las insatisfacciones sociales y demandas pendientes de los procesos democráticos, fueron creciendo en América Latina fuerzas de derecha competitivas en términos electorales, pero que cabalgan sobre discursos y prácticas antipolíticas y anti-sistema, y que no logran siquiera fingir por demasiado tiempo, que aceptan jugar con las reglas de juego de la democracia.

Desde Bolsonaro a Macri y el PRO, pasando por la derecha boliviana y hasta Trump (sin que esto signifique que los demócratas no sean también la derecha, en más de un sentido) como fenómeno que se impuso a la nomenclatura tradicional de los republicanos, se trata de fenómenos políticos nacidos de la insatisfacción, y que la explotan en términos de utilizar los discursos de odio que crecen a su amparo, sin reparar en las consecuencias de ello.

El problema es que ese marco conceptual puede servirles, en determinadas circunstancias, para ganar elecciones (como de hecho les ha servido), y por un cierto tiempo para disimular las consecuencias de las políticas de exclusión, miseria y concentración de la riqueza propias de las formas más salvajes del capitalismo, cuyos intereses expresan política y electoralmente.

Dicho de otro modo: el "aggiornamiento" político de las derechas incorporando técnicas del márketing y la persuación social para poder volverse competitivas en términos electorales y ganar no estuvo acompañado de una renovación de las premisas de los modelos de desarrollo que sostienen y ejecutan, si llegan al gobierno: no manifiestan la más mínima intención de propiciar formas de desarrollo más integrado y equilibrado, con mayores grados de inclusión social o distribución de la riqueza. Y el núcleo de los intereses reales que expresan y defienden (que exceden con creces los de sus votantes reales o potenciales) es tan duro y consolidado, que no pueden tutelarlos de otro modo.

Lo que lleva a que se encuentren hoy, a cuatro décadas del fin de las últimas dictaduras militares de la región, en el mismo exacto punto en que estaban entonces, y frente al mismo dilema: como legitimarse políticamente a largo plazo sin sentarse en la punta de las bayonetas y bajo condiciones de democracia abierta, gobernando para fracciones muy minoritarias y privilegiadas de la sociedad.

Por eso no sorprende que, cuando ese mismo dilema los pone más tarde o más temprano frente a la derrota electoral y la salida del gobierno, se sientan tentados a tirar del mantel y volver a las viejas mañanas, olvidando todo compromiso con el pacto democrático. Es lo que pasó hace un año en Bolivia, y amenaza volver a pasar ahora, en Santa Cruz de la Sierra y otras regiones; y de ese mismo lado vienen los espasmos golpistas de las marchas "anti todo" del núcleo duro opositor al gobierno nacional en nuestro país.

Son muestras de impotencia política pero no por eso menos peligrosas, sino todo lo contrario: se constituyen en un factor permanente de perturbación social, y desestabilización democrática, porque no aceptan ser "integrados" y procesar sus demandas bajo las reglas de juego que rigen para los demás. Ahí anda Camacho en Bolivia con apenas el 14 % de los votos obtenidos hace semanas, prometiendo reanudar su cruzada golpista contra el nuevo gobierno del MAS.

Y acá andan los antiperonistas furiosos, proclamando que son el 41 % como si, aunque eso fuera cierto, fuera más que el 48 % largo que votamos por el "Frente de Todos". Nos están diciendo que hay votos y votos: unos deben necesariamente ser oídos, y los otros (los mayoritarios) ignorados, como si fueran ciudadanos de segunda. En éste caso, la marcada disminución en el número de asistentes -reveladora de esa impotencia de la que hablamos- no debe confundir: siguen yendo precisamente los más extremos, y los siguen azuzando los medios y dirigentes políticos más flojitos de papeles en materia de credenciales democráticas.  

Hablando de la Unión Industrial Argentina decía Perón que no era ni unión ni industrial, y muchos menos argentina. Lo mismo vale para la "nueva derecha moderna y democrática": no es nueva ni moderna, y mucho menos democrática.

miércoles, 29 de julio de 2020

DESCUBREN QUE EL AGUA MOJA


Leemos en Infobraden declaraciones de Mauricio Claver, que no es un cantante de boleros ni un galán de telenovelas, sino el principal asesor de Trump para América Latina, por las que nos enteramos de una extraordinaria novedad, que ya sabíamos hace dos años: el gobierno de los EEUU incidió decisivamente en el FMI para vencer la resistencia de los países europeos y concederle a Macri (porque ahora confirmamos que el préstamo fue a él, no a la Argentina) un crédito récord por 57.000 millones de dólares; que hubieran trepado a 65.000 si Alberto Fernández no hubiera tomado la sensatísima decisión de no hacer uso de la posibilidad de ampliarlo hasta esa cifra, mediante otro tramo.

Nos cuenta el señor Claver que la administración Trump tomó esa decisión política crucial por motivos estratégicos, porque consideraba a Macri un socio clave en la región para el despliegue de los objetivos de política exterior de los Estados Unidos, como por ejemplo el hostigamiento al gobierno de Maduro en Venezuela, y una barrera de contención contra los "populismos", lo que incluía por supuesto frenar un nuevo retorno del peronismo al poder en la Argentina. De Macri se podrán decir muchas cosas, menos que no fue agradecido: hace pocos días aun abogaba por una intervención militar contra Venezuela, incluso desde dentro del propio país.

También alineó durante su presidencia a las Fuerzas Armadas argentinas con los objetivos, la doctrina y las hipótesis de conflicto de las "nuevas amenazas" promovidas por el Comando Sur del ejército norteamericano, decisión afortunadamente revertida hace poco por el gobierno nacional; retomando la buena senda de la doctrina de la defensa nacional para la cual nuestras FFAA fueron creadas, y rol que les asigna la Constitución.

Pero volviendo a Claver y sus "exclusivas revelaciones", no hay nada demasiado nuevo bajo el sol: se trata de una vuelta de tuerca sobre el viejo bradenismo que, desde 1945 y el "Libro Azul" para acá (es decir, desde que el peronismo apareció en la escena política nacional) se viene practicando, bajo diferentes formatos. En otros tiempos fueron las intervenciones militares interrumpiendo los procesos democráticos, o las "relaciones carnales" en beneficio exclusivo de una sola de las partes de la relación, y adivinen cual.

Los dichos del funcionario yanqui terminan por hacer explícito que el acuerdo de mega-préstamo del gobierno de Macri con el FMI en 2018 nació flojito de papeles: aprobado con fórceps en el buró del Fondo y mediante una fuerte presión de su accionista principal, violando los propios estatutos de Bretton Woods en tanto los recursos prestados se destinaron a financiar la fuga de capitales, sin intervención del Congreso argentino y vulnerando toda la normativa interna del país en cuanto a las intervenciones previas a la firma del acuerdo (como la del Banco Central), constando todo ellos en una causa que se ventila en la justicia federal.

Pero además la confirmación de Claver de que la lectura política que se hizo por entonces cuando se decía que el FMI y el gobierno de EEUU a través del Departamento del Tesoro se habían convertido en los principales aportantes de campaña de Macri (incluso bastante más que Vicentín), era la correcta: así como los recursos del Fondo no alcanzaron para que la maltrecha economía macrista remontara vuelo (tampoco era ése su propósito, sino facilitar una salida ordenada de los capitales golondrinas que vieron derrumbarse el castillo de naipes del modelo de valorización financiera aplicado por el macrismo), todo el peso de tanto apoyo externo para el entonces oficialismo no alcanzó para evitar una derrota cantada, atento a su espantoso gobierno.

Y acá nos queremos detener, para valorar la magnitud histórica y política del triunfo del "Frente de Todos", y de la decisión estratégica de Cristina de correrse al segundo término de la fórmula para terminar de cerrar la unidad opositora: aquella victoria electoral llegó como un bálsamo para las fuerzas populares de la región en un contexto muy difícil, provocado por el golpe parlamentario en Brasil, la prisión de Lula y el triunfo de Bolsonaro, el acoso abierto a Venezuela, y el "law fare" a Correa en Ecuador (hoy proscripción abierta); cuadro agravado severamente luego por el golpe de Estado que terminó con el gobierno de Evo Morales en Bolivia.

En todos esos desgraciados sucesos, hay un factor en común, acorde a las peores tradiciones políticas regionales: la intervención más o menos abierta y desembozada de los Estados Unidos, su gobierno, sus agencias estatales y sus grupos financieros poderosos (como lo acaba de reconocer con descarnado cinismo Ellon Musk) en la desestabilización de todos aquellos procesos populares que perciben o intuyen que pueden conducir las cosas en un sentido distinto al de sus intereses estratégicos. De donde se pueden sacar dos conclusiones, ya conocidas: la intervención de la principal potencia mundial en los asuntos regionales es un factor de discordia e inestabilidad política, que además no reditúa beneficios electorales, como bien sabemos acá, desde 1946.

Contra todo y todos entonces, la Argentina pudo darse una salida política en clave electoral de la debacle macrista, interrumpir los sueños de hegemonía de la derecha en el poder, y conseguir que regresara un gobierno de las fuerzas nacionales y populares. No es poco, no fue poco, pero para poder cosechar los frutos de la victoria se requiere una línea de consistencia política coherente con lo que la gente votó, que -entre otras cosas- fue mantener una relación no subordinada a las directivas estratégicas de los Estados Unidos: el antinorteamericanismo es un sentimiento muy arraigado en vasta franjas de la sociedad argentina, desde hace décadas.

Uno puede comprender ciertas razones de pragmatismo político en el manejo de la política exterior cuando el país enfrenta una compleja renegociación de la deuda con sus acreedores externos; del mismo modo que debe señalar que de nada valdría haber derrotado en las urnas al macrismo y a la apuesta electoral de los EEUU para el país, para luego no extraer de ello las conclusiones correctas. Por ejemplo, a la hora de encarar la renegociación de la deuda con el FMI (el paso siguiente al posible acuerdo con los acreedores privados), teniendo en vista y haciéndoles ver el contexto en el que esa deuda fue contraída, como por ejemplo lo hizo el propio AF cuando era candidato. O tomando en cuenta el hecho, a la hora de definir sobre que sectores debe recaer el peso de poner los recursos para pagar la deuda.

En ese sentido, poco ayudan algunos movimientos como los de Gustavo Béliz, nuestro Malcorra que usa su cargo en el gobierno para un fallido salto al BID (tal como lo señala la nota, el candidato que apoyan los EEUU y lleva todas las de ganar es el propio Claver), o sostiene en público que los Estados Unidos están más comprometidos que nunca con el desarrollo en América Latina a través del programa "América Crece", la nueva versión de la "Alianza para el Progreso" o, más acá en el tiempo, del fallido ALCA: un nuevo intento por crear en el continente un mercado cautivo para  las empresas estadounidenses, y contener de ese modo el crecimiento de la influencia de China y Rusia en la región, a través de financiamiento para inversiones. La disputa por la conducción del BID se inscribe precisamente en ese marco.

Y del mismo modo, es ilusorio suponer por un lado que en su relación con otros países (lo que nos incluye) los Estados Unidos mirarán otro imperativo que su propio interés, o que puede abrirse alguna expectativa de cambio en la relación, si como marcan las encuestas, los demócratas retoman el gobierno con un posible triunfo de Joe Biden sobre Donald Trump: Larry Fink, el CEO de  BlackRock (el principal fondo de inversión que rechaza la propuesta de canje de deuda del gobierno argentino) podría en ese caso llegar a ser Secretario del Tesoro, institucionalizando así la influencia que él y los intereses que representa, tienen en el gobierno de EEUU, y la Reserva Federal.

domingo, 24 de noviembre de 2019

HOY NO SE VOTA


Este domingo los argentinos tendríamos que haber ido de nuevo a las urnas, a definir en el balotaje quien nos gobernará los próximos cuatro años, y sin embargo podemos disfrutar del día para pasear, comer un asado, ir a la cancha o simplemente hacer huevo.

Hoy es, entonces, el día del balotaje que no fue, ese que nos estuvieron diciendo por más de tres años del gobierno de Macri que era inevitable; salvo que pronosticara (como pasó) que no iba a suceder, pero porque era reelegido en primera vuelta, y había que pensar directamente en el 2023, en términos electorales.

No solo nos decían que el balotaje que debió haber sucedido hoy era inevitable, sino que también era inevitable que lo perdiéramos, a menos que Cristina desistiera de ser candidata, porque tenía el techo bajo y ese condicionante era imposible de superar. Para ella, claro, porque para cualquier otro no existía el impedimento, y cualquiera era cualquiera: Massa, Urtubey, Lavagna, el que apareciera esa semana.

Y sin embargo el balotaje no fue, y Macri perdió en primera vuelta, y se va. Por amplkios ocho puntos y más de dos millones de votos de diferencia, que ahora le parecen pocos comparados con los números de las PASO a muchos de los que estuvieron años hablando de techos bajos, balotajes inevitables y hegemonías macristas. Y el balotaje no fue por responsabilidad de la madurez de la dirigencia opositora, y por la movida de Cristina nominando como candidato a Alberto, que nadie vio venir, nosotros incluidos. 

Ese conjunto de factores hizo posible este final de un proceso que había arrancado en diciembre de 2017, en plena hegemonía del macrismo triunfante en las elecciones de medio término, en la resistencia en las calles y en el Congreso a la reforma previsional; que Macri logró imponer al costo de empezar a dinamitar su propio proyecto de reelección. Hoy todo lo que vino después es historia conocida, pero entonces y bastante tiempo después, los tirapostas de siempre seguían con sus monsergas: la larga hegemonía macrista era inevitable, a menos que Cristina desapareciera del mapa.

Que el macrismo haya sido derrotado ampliamente en primera vuelta en lugar de afrontar un azaroso balotaje en tiempos de polarización peronismo-antiperonismo es un logro político inmenso, más si se lo pondera en un contexto regional cada día más crítico: para empezar, la unidad opositora se construyó después de que en Brasil el “lawfare” en forma de “lava jato” se llevara puesta la candidatura de Lula, y el PT no lograra articular una estrategia alternativa eficaz para frenar la salida por ultraderecha de la crisis, con Bolsonaro.

“Law fare” y “lava jato”, dijimos: como habrán cambiado los tiempos y como será de importante el triunfo, que esta misma semana el macrismo en salida fracasó en su intento de imponer en el Congreso la ley de “ficha limpia”, que habilitó en Brasil el puente de plata para la llegada del fascista trogolodita al poder. Ojo: no lo decimos nosotros, lo acaba de decir el propio Papa Francisco. Y fracasó porque no se sumaron al intento muchos que en otros tiempos estaban seducidos por esas ideas pensadas para acorralar a la política y a los políticos y fuerzas populares, y luego comprendieron que estaban en juego otras cosas.

En estos mismos momentos, en los que nosotros tendríamos que estar votando en el balotaje que no fue, Chile está sacudido por las protestas sociales que no terminan de encontrar cauce político, porque las fuerzas democráticas progresistas son también parte del problema, porque el pacto de élites (la “Moncloa” chilena) estalló en mil pedazos, y nadie tiene muy bien en claro que hacer con los pedazos, y con las protestas. Y se acaba de sumar Colombia, exactamente en las mismas condiciones.

Acá, en Argentina, por el contrario, al neoliberalismo se lo detuvo en las urnas, orquestando una alternativa política a su programa, claro que fogoneada por las resistencias sociales que iban generando. Mientras tanto, hoy Uruguay va a las urnas en un balotaje de suerte dudosa (eso que conseguimos evitar acá), con las encuestas coincidiendo en un posible triunfo de la derecha, y la salida del poder del Frente Amplio tras 15 años en el gobierno.

Sin embargo, Ecuador y Bolivia marcan que aun así no desaparecen las amenazas del horizonte: el panquecazo traicionando el mandato electoral en un caso, y el liso y llano golpismo (que algunos cómplices intelectuales persisten en no llamar por su nombre) en el otro, son las formas que los sectores dominantes encontraron para seguir gestionando sus intereses, por fuera de los bordes democráticos bajo los cuales los pueblos defienden los suyos.

De hecho, la trágica experiencia boliviana ya está alentando a muchos sectores a pensar acá en una “oposición a la venezolana” sin medias tintas, ni compromisos democráticos, ni aceptación de la voluntad popular: la amenaza gauchócrata de nuestros Camachos de volver a las rutas para impedir todo posible cambio en el esquema de retenciones es apenas un ejemplo, y no el único.

De modo que festejemos no haber tenido que ir a votar éste domingo, y preparémonos para lo que viene, que no será fácil, en ningún sentido. Lo único fácil (en nuestra opinión) es saber cuales son los caminos que no tenemos que tomar, nunca más: como dijo Cristina al cerrar la campaña: neoliberalismo, nunca más. Porque fuimos capaces de construir la unidad para ganar, pero como decía Néstor: la unidad no es para cualquier cosa, ni para bajar banderas.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

NI A LA ESQUINA


Es posible que la brutalidad explícita de los hechos de Bolivia haya despabilado a más de uno, dando por tierra con la tranquilidad que le daba descansar en la certeza de que existían supuestos consensos básicos sobre las reglas de juego democrático, y hoy se están replanteando si es efectivamente así. Hay otros casos en los que no cabe hablar de sorpresa, ni de intentos de tomar distancia del fenómeno para analizarlo con equidistancia y objetividad: las múltiples piruetas dialécticas que algunos ensayan para justificar el golpe de Estado contra Evo Morales bajo el pretexto de “contextualizarlo” son torpes intentos de justificar a la vez sus posturas previas no solo con la experiencia de los gobiernos del MAS, sino en general de todos los procesos encabezados por fuerzas populares en la primera dećada de este siglo, en América Latina.

Sin que de modo alguno se la pueda comprender dentro de éste último grupo (en el que desfilan personajes como Santiago O’Donnel o Andrés Malamud), preguntarse sobre los reales alcances del compromiso democrático de las élites latinoamericanas como lo hace acá enEl Destape Ana Castellani, es, por ser suaves, bastante pavo.

En principio porque parece partir de omitir o desconocer  las reales condiciones en que se produjo la transición de los gobiernos dictatoriales a las democracias en la mayor parte de América Latina en los años 80’: no fue tanto la resultante del crecimiento de la resistencia social (que la hubo) al interior de cada autocracia, como la consecuencia de que los Estados Unidos tomaron conciencia de la inviabilidad histórica de regímenes de facto originariamente pensados para contener los avances de grupos radicales (reales, imaginarios o magnificados, lo mismo da) al amparo de la doctrina de la seguridad nacional; y al mismo tiempo estabilizar las situaciones políticas y económicas: no es casual que la implosión de las dictaduras latinoamericanas para dar paso a aperturas democráticas haya sido simultánea con la explosión de la crisis de la deuda de la región.

La válvula de escape a las tensiones acumuladas que encontró la potencia hegemónica en la región (que en breve lo sería en el mundo, por la caída de los “socialismos reales”) fue posibilitar el surgimiento de democracias condicionadas, con límites invisibles que no podían ser atravesados. Y a poco de andar, ya en los 90’, esos límites se hicieron explícitos con el set de políticas diseñadas en el Consenso de Washington, que se imponían como el único camino posible para todos los países de la región que debían reestructurar sus deudas.

En tanto esas políticas (las del Consenso de Washington) contaron con el más amplio apoyo de las élites locales en cada país de la región, es imposible no ver allí y ya en los orígenes de la transición democrática, los límites del compromiso de esas élites con la democracia como sistemas: el lema subyacente era “los dejamos votar para cambiar el gobierno, con la condición de que nunca cambien las políticas”. Visto en clave argentina, sin entender eso no se comprenden el final de Alfonsín, el brusco volantazo de Menem del “populismo folklórico” al neoliberalismo brutal, el final de De La Rúa y las concesiones draconianas que los principales grupos del poder económico le arrancaron a Duhalde en su gobierno provisional, como la pesificación de las deudas en dólares.

Lo dicho no supone ignorar que existieron errores (incluso groseros) de cada uno de esos gobiernos que determinaron el contexto en el que se fueron del poder, sino entender que, por encima y por afuera de la democracia formal, operaban entonces y siguen operando hoy, fuerzas para las cuales la democracia en sí como sistema, sustentado en la voluntad popular y en consecuencia y por definición cambiante e imprevisible, nunca fue un dato de la realidad a tener demasiado en cuenta, ni un obstáculo que se interpusiera en la defensa de sus intereses. 

No se pueden asombrar ahora algunos de que nuestras clases dominantes latinoamericanas (disculpen si usamos una terminología no tan boga, pero que entendemos más clara) vienen flojitas de papeles en términos democráticos, cuando acá mismo, en nuestro país, tuvimos ejemplos concretos de eso: el Grupo Clarín que le soltó la mano a Alfonsín (el “ustedes ya son estorbo” de Magnetto) y luego repitió los movimientos con Menem, Duhalde y Néstor Kirchner: mientras había obtenido la anuencia del gobierno de éste último para fusionar los cables y ampliar su dominio en el mercado de la comunicación audiovisual, pretendía condicionar la sucesión presidencial objetando la candidatura de Cristina, y a las pocas semanas de que se inaugurara su gobierno (al que accedió con un triunfo rotundo en primera vuelta), ponía todos sus fierros mediáticos al servicio del levantamiento agrogarca contra las retenciones móviles. Levantamiento que, recordemos, derivó en la implantación de un vicepresidente opositor al interior del Poder Ejecutivo, en el que todos los factores del poder económico veían por entonces el hombre providencial para una salida anticipada del gobierno de CFK; todo eso ante de la disputa por la ley de medios.

Sin que nos conste que este haya sido el caso de Castellani, recordamos sí que entonces muchos (algunos que hoy niegan que en Bolivia haya habido un golpe) ninguneaban a Horacio González y los intelectuales de Carta Abierta por advertir que con el conflicto del campo se instalaba en el país un clima destituyente. Y pasado el conflicto del campo (con el triunfo de las patronales, forzando en el Congreso votos en contra de los mandatos electorales recibidos), sobrevino la pelea por la ley de medios (aprobada por amplia mayoría en el Congreso, convalidada por la Corte Suprema); en la que Clarín apeló en defensa de sus intereses a todas las herramientas disponibles, sin excluir por ejemplo la colusión de intereses con los fondos buitres que demandaban al país en tribunales extranjeros, para bloquear los pagos de la deuda reestructurada.

Hay quienes tienen la tendencia de “escribir en difícil” para hacer pasar por hallazgos reflexivos extraordinarios constataciones de hechos que están a la vista de todo el que los quiera ver, y cierto escozor por llamar a las cosas por su nombre, disfrazado de duda conjetural. Eso sin contar que muchos han descalificado a los procesos populares de América Latina en los últimos años (y en especial al kirchnerismo) como paranoides conspirativos que veían amenazas a la democracia por todas partes, o pendencieros por naturaleza, siempre listos a meterse en conflictos innecesarios. La brutalidad de la derecha (en Bolivia, en Chile, en Ecuador, en Brasil, acá también, con Macri) para imponer o sostener sus privilegios de clase llevándose puestas a la democracia y las libertades si es necesario, debería llamarlos a la reflexión y a un silencio obsequioso, en lugar de seguir fungiendo de tirapostas.

Si no comprendemos claramente que nuestras clases dominantes jamás tuvieron nada parecido a “compromiso democrático”, estaremos naturalizando conductas profundamente antidemocráticas como el pliego de escribano a Kirchner, los sempiternos manifiestos de los coloquios de IDEA exigiendo a todos los gobiernos, en todos los tiempos, las mismas políticas, la apuesta del empresariado por Macri no en el 2015 sino ahora, en la etapa final de su gobierno y con el desastre producido a la vista (armando un grupo de Whatsapp para influir en favor de su reelección, siendo como fue el menos democrático de todos los gobiernos democráticos), o la pretensión (puesta por escrito) de la AEA y el Foro de Convergencia Empresarial de que Alberto Fernández mantenga en  su gobierno en puestos claves a funcionarios del macrismo derrotado en las urnas: para entender que allí no hay nada de compromiso democrático no hacía falta irse a Bolivia, o que muriera gente.

Pero volviendo a Castellani, si su análisis va de lo obvio a lo flojo, termina derrapando en la solución propuesta ante la constatación de que las élites no serían todo lo democráticas que se pensaba: “ampliar las bases de sustentación, no quedando atrapados en la grieta”. Porque ahí uno entra a dudar si realmente capta entre quienes es la grieta real, la que incide en la estabilidad de todos los gobiernos, incluso el que viene y aun no comenzó, pero sobre el cual vienen ejerciéndose presiones desembozadas desde su triunfo en las PASO, hace tres meses.

La grieta es de intereses, y también de convicciones democráticas, entre los que apuestan a defender los suyos con los instrumentos que brinda la democracia (en especial pero no solamente, el voto), y los no vacilaron ni vacilarán nunca en defender los suyos con todas las armas a su alcance, dejando de lado la democracia si molesta. Daría la impresión (podemos equivocarnos) que Castellani supone que la grieta es un fenómeno folklórico de ribetes futbolísticos, propio de las “minorías intensas” (concepto éste con el que desde la “academia” se pretendió descalificar al kirchnerismo), y respecto del cual la mayoría de los ciudadanos son meros espectadores, que no participan.

Ampliar las bases de sustentación de un gobierno (en un sentido más amplio, solidificarlo) requiere por el contrario profundizar la grieta real, afectar intereses, tener la decisión de utilizar los resortes institucionales del Estado para redistribuir riqueza, ampliar o sostener derechos, modificar el modelo productivo, administrar las divisas en función de prioridades o terminar con el desangrado de los recursos públicos a través de la fuga de capitales o la evasión y elusión impositiva; solo posible por el poder de lobbies corporativos que bloquean todo intento de establecer un sistema tributario sobre bases más progresivas.

Cediendo, conciliando, admitiendo poderes de lobby extra-institucionales para torcer el sentido del voto popular en aras a “comprar gobernabilidad”, el final es cantado, y no será otro que el de Dilma Rousseff. Los modos que se empleen para llegar allí (golpe parlamentario, golpe de mercado, golpe tradicional) son secundarios al objetivo, y el credo de las clases dominantes podría expresarse en estos términos: “Creo en la democracia si no tengo más remedio que aceptarla, y en tanto sirve a mis propósitos. La condiciono cuando no hace lo que quiero, la destrozo si avanza sobre mis privilegios.” Hoy y siempre.

Por eso decimos que la pregunta de Castellani (¿hasta donde  llegan las convicciones democráticas de las élites en América Latina?) es bastante boba, y la respuesta es muy sencilla: ni a la esquina. Y entenderlo es un insumo indispensable para hacer política sin morir aplastado en el intento, por la dinámica de funcionamiento de esas mismas élites. Tuit relacionado:

sábado, 9 de noviembre de 2019

AMÉRICA LATINA: EPPUOR SI MUOVE


Con razón América Latina, la región más desigual del planeta, llama tanto la atención de los politólogos más allá de sus límites: es el lugar donde siempre pasa algo, o donde siempre puede pasar. Acaso sea así justamente porque es tan desigual: si el neoliberalismo insiste en sembrar desigualdad y exclusión, seguirá cosechando convulsiones políticas y sociales.

La posible liberación de Lula de su bochornosa prisión es un hecho resonante más, de los tantos que hubo en los últimos tiempos. Un hecho que pone en crisis las prácticas de "lawfare" que se han extendido por todo el continente para perseguir a adversarios políticos, con el "know how" provisto por los Estados Unidos, para servir a sus intereses estratégicos. Las mismas prácticas que acá se están cayendo a pedazos, después del resultado electoral del 27 de octubre.

Y este es el primer dato relevante que arroja el cuadro de situación: Donald Trump marcha rumbo a culminar su mandato (aun cuando consiguiera la reelección) fracasando en toda la línea en el intento de su administración y el de los sectores que representan el poder permanente del país del norte, una vez que recuperaron el interés en su patio trasero, de poner de su parte lo que fuera necesario para posibilitar un largo período de gobiernos de derecha en la región; que clausuraran el ciclo de experiencias populistas de la primera década del siglo.

El caso más emblemático al respecto es el de Venezuela, donde Maduro se sostiene en el poder contra todo, y el fantasmal gobierno de Guaidó parece ir desvaneciéndose como alternativa, al mismo tiempo que pierde impulso la alternativa de la intervención militar; en tanto el "Grupo Puebla" parece crecer con la casi segura incorporación de la Argentina de Alberto Fernández, en desmedro del "Grupo Lima", el canal que empleaban los EEUU para vehiculizar la opción intervencionista, y el desconocimiento liso y llano del gobierno bolivariano.

Es tan cierto que, aunque salga libre, a Lula le queda por delante un camino largo y farragoso para estarlo por completo y de modo definitivo, como que su reaparición en la escena pública sin restricciones cambia de modo decisivo el panorama político en Brasil, y por el peso específico del país, en toda la región. Bolsonaro ha logrado avanzar en algunas de sus reformas más agresivas por su ausencia y el desmembramiento de la oposición que provocó la ausencia de Lula, y eso lo tentó a proyectar un liderazgo más allá de las fronteras de su país, bajo la sombra del águila yanqui: con Lula libre y la posibilidad cierta de volver al poder, esa aventura entra en entredicho; no sin antes decir que otros proyectos "refundacionales" como el acuerdo de libre comercio Unión Europea-Mercosur han pasado a mejor vida.

Al mismo tiempo Ecuador y en mayor medida Chile siguen sacudidos  por protestas sociales contra las políticas neoliberales y sus efectos; y mientras en el primer caso el gobierno de Lenin Moreno sigue a pie juntillas el manual del "lawfare" (están un paso atrás de Brasil: la Corte Suprema ecuatoriana acaba de ratificar la prisión preventiva de Rafael Correa), en el segundo no se vislumbra aun una salida política, y el gobierno de Piñera interpreta esa ausencia como una luz verde para volver a avanzar -de a poco- en responder a la protesta con represión.

En Uruguay el Frente Amplio está como estábamos nosotros en el 2015: con una victoria muy apretada en primera vuelta, y enfrentando un balotaje con la chance cierta de que las fuerzas de derecha unan votos y lo desplacen del poder. Pero por contraste en Argentina las fuerzas populares, nacionales y democráticas le propinaron una dura derrota desde el llano (factor que la agiganta) no solo a la encarnación electoral del neoliberalismo y la derecha política, sino al inmenso bloque de poder local y continental nucleado detrás de ella, que le dio su apoyo decisivo pero infructuoso para evitar la derrota.

Y en Bolivia Evo enfrenta una intentona golpista al estilo de las que viene soportando Maduro en Venezuela hace años, pero a diferencia de éste, plantado sobre más de una década de estabilidad, crecimiento económico e inclusión social; lo cual reduce el plafond social para los golpistas, cosa que hasta los impresentables de la OEA han comenzado a advertir.

Viniendo a nuestro país, este panorama puede abrir una ventana de oportunidad para que el gobierno de Alberto Fernández no solo pueda convertirse en pieza central del proceso de recomposición de un bloque político regional de sentido popular y democrático (ese fue uno de los objetivos de su viaje al México de López Obrador), sino para encarar una difícil renegociación por la deuda externa (el principal condicionante estructural que le deja Macri como herencia) , en condiciones más favorables.

De hecho y si tuviéramos que apostar, algo (o mucho) de todo eso hay en el sutil cambio de discurso de la administración Trump y del staff del FMI, en sus declaraciones públicas sobre el caso de Argentina y su deuda: acaso estén evaluando que no les conviene tensar demasiado la soga con exigencias, luego del estrepitoso fracaso de su estrategia política de apostar un costosísimo pleno a la reelección de Macri; al riesgo de que se profundice una "alternativa populista" de dinámica imprevisible. 

No se trata de lo que efectivamente pueda pasar -por ejemplo acá con el gobierno de AF-, sino de lo que ellos creen que puede pasar, y lo que piensen hacer para evitarlo: facilitar una renegociación de la deuda argentina sería, en ese caso, el "Plan B" para lidiar con los populismos regionales, tras el fracaso del experimento de la "hegemonía macrista", con financiación made in USA.

En fin, como decíamos al principio, frente al sueño del pensamiento único neoliberal (soporte iodeológico actual de la política imperialista de Estados Unidos) de reinar sobre la paz política y social de los cementerios, América Latina, el continente de lo imprevisto y lo impensado, como diría Galileo, "y sin embargo se mueve".

miércoles, 23 de octubre de 2019

UNO, DOS, CIEN VENEZUELAS


Cuenta la tradición que cuando el entonces primer ministro inglés William Pitt supo la aplastante victoria de Napoleón en Austerlitz estaba mirando un mapa de Europa y lo enrolló, diciendo “Durante los próximos diez años, no lo necesitaremos”.

No es posible saber si George Bush (h) hizo algo más o menos parecido cuando, siendo presidente de los Estados Unidos, asistió en vivo en la Cumbre de Mar del Plata del 2005 al naufragio del ALCA, el proyecto con el que intentaba establecer una zona de libre comercio en todo el continente, para facilitar las inversiones yanquis en la región y profundizar aun más el control político del “patio trasero”; pero de hecho funcionó como si lo hubiera hecho: los EEUU concentraron su atención en la guerra global contra el terrorismo que por entonces se desplegaba en los escenarios de Irak y Afganistán, y América Latina quedó muy abajo en la lista de prioridades de su política exterior.

Acaso como reflejo de eso, y por la conjunción de otras circunstancias como el fracaso de las políticas neoliberales y un ciclo alcista de los precios de sus principales materias primas exportables que les otorgó una ventana de oportunidad para crecer e instrumentar políticas redistributivas, se abrió paso en el continente una sucesión de gobiernos populares exitosos en las urnas, que lograron acceder al poder en el marco democrático, e imponer reformas cuya profundidad y persistencia varió en cada país; pero que en conjunto permitieron mejorar los indicadores de desarrollo humano del continente más desigual del planeta.

No es del caso ahondar acá sobre las razones por las que esos proyectos no lograron sostenerse más tiempo en el poder en la mayoría de los casos (con la solitaria excepción de Evo Morales, que lucha por su reelección en Bolivia), pero lo cierto es que la sumatoria de sus propios límites organizativos y conceptuales, más las restricciones propias de los modelos de desarrollo impulsados y la ofensiva constante de las derechas políticas, económicas y sociales del continente los pusieron en jaque, y en no pocos casos lograron reemplazarlos en los gobiernos, incluso por vías democráticas.

El arsenal de herramientas utilizadas para ello son conocidas: el ataque sistemático de los conglomerados de medios hegemónicos, la horadación de la credibilidad social de los gobernantes con acusaciones de corrupción, las estrategias de “law fare” para disciplinar políticamente a las fuerzas populares cuando eran gobierno, e inutilizarlas cuando pasaron a la oposición.

Un combo que resultó letal con la sumatoria del cambio político en EEUU y la llegada de Trump, con un renovado interés estratégico por el continente y el acceso al control de sus recursos naturales; y con la idea central de contener la creciente influencia en el mismo de China y Rusia, en ese orden de importancia.

Desde el epicentro en Venezuela (cuyo petróleo sigue siendo decisivo para la principal potencia mundial, aun cuando se intente decir que no) fue propagando por toda América Latina una mezcla de políticas de penetración financiera, presión política brutal y directa a gran escala para alinear a los gobiernos con las directivas de política exterior norteamericanas, y un intento de encapsular los conflictos sociales y las posibles resistencias políticas bajo un modelo de seguridad continental que, inspirado en la doctrina de las “nuevas amenazas” (actualización de la doctrina de seguridad nacional que inspiró a las dictaduras militares de los 70’), reintrodujera a las fuerzas armadas (adoctrinadas por el Comando Sur del US Army) como actor político en las disputas regionales.  

Sin embargo, en la medida que el programa común a todos los gobiernos de derecha es otro nuevo intento por imponer las políticas neoliberales del Consenso de Washington que predominaron en la región en los años 90’, con sus secuelas y consecuencias por todos conocidas, ni siquiera el inmenso poder económico, político, diplomático y militar de la principal potencia mundial pudo conseguir establecer bajo esos términos una hegemonía perdurable, como ocurriera entonces, y la razón es muy sencilla: si se recreaban las condiciones que hicieron posibles los ascensos de los procesos populistas de la primera década del siglo, era poco sensato esperar que esas mismas fuerzas no volvieran a convertirse en alternativas de salida a las crisis que genera el neoliberalismo, como se puede comprobar muy claramente en el caso argentino.

La persistencia de la derecha, en todas sus versiones, en desconocer estas cuestiones elementales y llevar a fondo su programa, no podía sino aumentar las tensiones en la región, máxime cuando su respuesta natural y espontánea frente a la protesta social es la represión, jugando al límite de las reglas de la democracia, sin mucho apego a respetarlas: Argentina con presos políticos y criminalización de opositores, el “law fare” desplegado a pleno acá, en Brasil y en Ecuador contra Lula y Correa, el desconocimiento del resultado de las elecciones en Venezuela y Bolivia (y la insólita denuncia de “fraude opositor” en Argentina), el aliento indisimulado a la intervención militar como opción disponible en Venezuela invocando el TIAR, la militarización abierta de la represión del conflicto social en Ecuador y Chile, la retórica de la Guerra Fría en boca de los funcionarios para denunciar brumosas formas de terrorismo, o misteriosas conspiraciones internacionales de izquierda para desestabilizar gobiernos. 

Para colmo, la "certificación de calidad" de un proceso democrático o la transparencia de los procesos electorales la administra la OEA, convertida más que nunca en el Ministerio de Colonias del gobierno de los EEUU.  

Por bruto que pueda parecer Trump y por burros que efectivamente sean algunos representantes de la derecha vernácula como Bolsonaro, Macri o Piñera, algo tienen en claro: si la coyuntura marca que han de retroceder e incluso abandonar el poder institucional formal, no se lo harán fácil a los gobiernos populares que puedan reemplazarlos. En ese marco, el fantasma de Venezuela es menos un recurso electoral para captar votos de las clases medias volubles y permeables al aparato ideológico del coloniaje, que una advertencia sobre cuáles serán las condiciones en las que se desarrollará la disputa política de aquí en más.

No nos están advirtiendo que los gobiernos o las fuerzas populares que aspiran a llegar al poder se convertirán en Maduro, sino que ellos se transformarán en Guaidó, o peor aun, Leopoldo López. Opositores virulentos, sin presdisposición a los acuerdos ni a las concesiones, en ofensiva permanente contra gobiernos cuya legitimidad ponen en entredicho, sembrando las sospechas del fraude electoral por doquier. Pasa en Bolivia, y va a pasar en la Argentina, tras las elecciones del domingo.

Ese es el contexto en el cual el “Frente de Todos” va a ganar la elección, el que presidirá la transición hasta la asunción del nuevo gobierno, y el que marcará el tono de la disputa política en el que este deberá desenvolverse, mientras lidia con la (esta sí que) “pesada herencia” económica y social del macrismo; y con las exigencias del poder económico de seguir con la misma hoja de ruta que tutela sus intereses, como si la elección no hubiera sucedido.

La gira de despedida de Macri y el tono de sus discursos no deja lugar a dudas: apunta a consolidarse como el líder del tercio gorila de la sociedad argentina, opositor cerril a un gobierno cuya legitimidad ya está desconociendo de antemano y al que no le reconocen categoría de adversario político (nunca lo hicieron, porque aspiraban a gobernar por mucho tiempo y construir una oposición a su medida); como coartada para ampliar todas las formas de oposición posibles a sus políticas, estén dentro o fuera de las reglas de juego democráticas. Como pasa en Venezuela.   

Es muy posible que al final su tradicional temperamento abúlico lo venza y termine pasando los cuatro años del mandato de Alberto Fernández postrado en una reposera en algúnm paraíso fiscal o en Europa, pero eso no significa que ese tercio social que hoy expresa no busque un liderazgo alternativo, para protagonizar su aventura de resistencia civil frente a dictaduras populistas que los sofocan.      

De allí que si bien el peronismo y sus aliados deban celebrar haber podido encauzar electoralmente el rechazo social a las políticas de Macri para que no termináramos en un estallido social como los de Ecuador y Chile, no pueden subestimar ni ignorar estas cuestiones en nombre de la moderación o las apelaciones a “cerrar la grieta”, porque sería suicida en términos de su propia supervivencia política. Tratamos con gente que como diría Serrat, ha demostrado largamente que está dispuesta a jugar con cosas que no tienen repuesto. Tuits relacionados: 

martes, 22 de octubre de 2019

LAS VENAS ABIERTAS


Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la revuelta popular en Ecuador que obligó a Lenin Moreno a retroceder en el “paquetazo” de ajuste comprometido con el FMI, estalló Chile, con el disparador del aumento de las tarifas del metro (subte) de Santiago; y el gobierno de Sebastián Piñera se vio obligado a decretar el estado de excepción constitucional, y poner a las fuerzas armadas a cargo del control operacional de la represión a la protesta social, que amaga extenderse.

Chile era hasta ahora el ejemplo que los fuerzas de derecha de todo el continente ponían como el modelo a seguir: crecimiento sostenido, baja inflación, buena perfomance exportadora. Claro que en realidad lo ponían como ejemplo por la otra cara del modelo implantado por Pinochet y continuado por todos los gobiernos democráticos que lo sucedieron: Chile es el país más desigual de América Latina, y por allí hay que buscar el origen de las protestas, más que en el aumento del boleto de subte.

Cuando estalló la rebelión chilena (protagonizada en sus inicios por los estudiantes, entre los sectores más dinámicos de aquella sociedad), muchos de este lado de la cordillera se entusiasmaron y lanzaron comparaciones apresuradas, en detrimento de la (presunta) escasa combatividad del pueblo argentino y de sus organizaciones políticas y sociales, que toleraron con mansedumbre los cuatro años de depredación macrista. Lo mismo había pasado con las revueltas en Ecuador, el país que no pudo sacarse nunca de encima el corset de hierro de la dolarización, ni siquiera en el gobierno de Rafael Correa.

Sin embargo, como todo cuando se analizan procesos políticos y sociales, el entusiasmo debe matizarse: baste decir que los chilenos están hoy bajo el control operacional de las fuerzas armadas en una democracia tutelada, porque así lo establece en casos de emergencia la Constitución sancionada por Pinochet en 1980, en un apartado que las fuerzas democráticas que se alternaron en el poder desde el final del régimen dictatorial no se atrevieron a modificar; así como tampoco se atrevieron a avanzar en el juzgamiento de las gravísimas violaciones a los derecvhos humanos perpetradas por la dictadura.

O que los chilenos ponen entre los primeros lugares en su lista de quejas el régimen de las AFJP, que nosotros copiamos de ellos durante el menemismo, y que allá sobrevive aun pese al tardío, tibio y fracasado intento de reforma promovido por Michel Bachelet durante su segundo mandato; mientras acá dejó de existir por una ley sancionada en el 2008 durante el primer mandato de Cristina, conjugada con una ampliación de la cobertura previsional bajo un sistema público de reparto por las políticas inclusivas, que hoy llega al 97 % y es la más alta de América Latina.

Si bien no puede sostenerse una “comunicabilidad” de las experiencias políticas entre los distintos países del subcontinente (cada uno con sus particularidades políticas, sociales, culturales e históricas), lo cierto es que en la sociedad de masas y de la comunicación global, los procesos se retroalimentan entre sí: mientras acá algunos ponían por ejemplo la resistencia de los chilenos al modelo neoliberal que encarna Piñera (así Chile pasó de ser el ejemplo de la derecha, al sueño de la izquierda argentina), allí los que protestan les señalan a los dirigentes opositores que en Argentina votamos para que vuelva Cristina; subrayando así el vacío de representación, que está en la base de las protestas tanto como el rechazo al modelo neoliberal y sus “reformas estructurales”.

No somos ni mejores ni peores, sino simplemente distintos; y como tales, fuimos capaces de construir una alternativa política para derrotar al neoliberalismo, pero en política nada es definitivo: veamos si no lo que pasa en Bolivia, donde el modelo a nuestro juicio más serio y avanzado (respecto a la situación preexistente) de los “populismos” latinoamericanos, el del MAS de Evo Morales y Alvaro García Linera, enfrenta la perspectiva de un triunfo discutido en primera vuelta (con una oposición decidida a deslegitimarlo, a la venezolana), o un balotaje de resultado incierto, que podría desalojarlo del poder tras 14 años de permanencia. Es decir, exactamente lo que sucedió en la Argentina en el 2015, y que el domingo que viene vamos a revertir.   

A este contexto hay que sumarle la crisis institucional en Perú, donde el consenso político en sostener el neoliberalismo se conjuga con ensayos de implantar instituciones parlamentarias en un régimen presidencialista, y el debate político ha quedado reducido a la discusión sobre la corrupción; o lo que está sucediendo en Brasil, donde el impulso inicial del fascista Bolsonaro llegó hasta la imposición de la reforma laboral, pero la recesión económica ha derrumbado su popularidad, y puesto en entredicho su programa de privatizaciones y la reforma previsional “a la chilena”; generando un “empate catastrófico” porque la oposición encarnada en el PT no puede capitalizar plenamente la crisis por la prisión de Lula, pero a su vez está entrando en crisis el “Lavajato”, conforme las políticas neoliberales horadan el consenso social que se había construido en torno a la “lucha contra la corrupción”.

Un contexto en el que los instrumentos de coordinación política construidos durante la dećada de gobiernos afines de sesgo “populista” como la UNASUR o la CELAC fueron prolijamente desmantelados, para dar paso a foros que replican las directivas de política exterior de los Estados Unidos para su patio trasero, al cual han vuelto a prestar (para desgracia nuestra) preferente atención a raíz de la crisis en Venezuela. Así surgieron el Grupo de Lima y la reactivación del TIAR, llegándose incluso a considerar la opción de la intervención militar que hoy pierde terreno, al mismo tiempo que se derrite el fantasmal gobierno títere de Guaidó.  

Todo lo descripto denota una característica común: los obcecados intentos de Estados Unidos, el FMI y las élites locales de imponer el catecismo neoliberal terminan, invariablemente, en crisis económicas e inestabilidad política, y en un grave retroceso institucional y de las libertades democráticas, a menos que el propio sistema político genere sus anticuerpos en forma de alternativas electoralmente competitivas. Los efectos devastasdores del neoliberalismo (que por el contexto económico mundial tienden a profundizarse cada vez más, en menos tiempo) explican mejor que nada por que razón lo que algunos soñaron como una nueva hegemonía de derecha perdurable hoy está en crisis, aun allí donde parecía inconmovible.

Pero esas alternativas políticas a las derechas continentales tampoco están exentas del riesgo del travestismo (como pasó en Ecuador como Lenin Moreno), del intento de “entrismo” de los poderes dominantes, como va a suceder en la Argentina con el casi seguro gobierno del “Frente de Todos”, o de la tibieza paralizante a la hora de avanzar en los procesos de reforma, que puede derivar en que se ponga en riesgo su propia subsistencia en el poder frente al avance de las derechas; como podría ser el caso (ojalá que no) del Frente Amplio en el Uruguay. Lecciones todas a tener en cuenta. Tuits relacionados: