LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Gregorich. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luis Gregorich. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de febrero de 2013

EL BRADENISMO SIGUE GANANDO ADEPTOS


Leemos acá al Julio Jorge Nelson de la república perdida alfonsinista; Luis Gregorich, transitando un tópico socorrido de los últimos tiempos: la necesidad de una (inviable) alianza de toda la oposición contra el kirchnerismo, con la patriótica finalidad de erradicar del país a la bestia populista.

Tan socorrido que hace poco menos de un mes lo transitaba acá el inefable Rogelio, apelando a que las fuerzas morales de la república dejaran de lado nimiedades tales como ponerse se acuerdo en un programa concreto de gobierno, que se pueda llevar a la práctica si ganaran las elecciones; con tal de responder al llamado de la historia.

Dice Gregorich (como si hubiera leído a Alaniz): "Cuando falta el carisma, no hay modo de fabricarlo, aunque una sustantiva exposición mediática modera las carencias. Y si la cultura de las individualidades no aporta, hay que darle lugar a la cultura de la coalición. En este contexto, frente a una poderosa y desprejuiciada coalición oficialista, lo más desafortunado resultan frases del tipo de "Mi límite es Macri?". Ningún dirigente opositor democrático, y menos el que aporta tropa propia, puede ser considerado un límite."

Es decir, reneguemos del carisma como medio de vinculación política no tanto porque sea malo o irracional, sino porque no tenemos ningún candidato medianamente carismático para ganar una elección usando recurso; y dado que los populistas se amontonan por conveniencia, hagamos nosotros lo mismo, con tal de ganarles, que es lo único que importa.

Y si para eso tenemos que subir al tren a impresentables (como Macri), pero que suman votos, hagámoslo: todo un manifiesto de realismo político, disfrazado de seudo academicismo. 

Cualquier puntero tradicional de la política opera con la misma lógica, sin tantas pretensiones intelectuales.

Sigue Gregorich: "El populismo latinoamericano tiene las mismas fronteras ideológicas que su detestada socialdemocracia (mejor distribución de la riqueza, aunque sin cambios estructurales en la sociedad). Es más gritón y prefiere las movilizaciones al consenso, y se somete religiosamente a líderes carismáticos, con lo cual reincide en la tradición del caudillismo continental.

Mientras la socialdemocracia tradicional suele estar conducida por profesionales de clase media, los caudillos populistas pueden provenir de cualquier estrato social. Lo demuestra el entramado reciente de jefaturas populistas latinoamericanas, en las que no han faltado ni millonarios rentísticos ni militares de carrera ni sindicalistas ni ex guerrilleros francamente aburguesados."

Es decir entonces que una categoría políticamente central y recurrente en los análisis de ésta gente (que a partir de ella poco menos que explica toda la realidad) como el famoso populismo, queda reducida a una simple cuestión de buenos modales;o al origen social de los dirigentes.

Punto en el cual pertenecer a la clase media purifica al parecer; en una vuelta de tuerca de aquélla creencia que deposita en la clase media la suma de las virtudes: la laboriosidad, el progreso como exclusivo resultado del esfuerzo individual, la familia "normalmente constituida" e incluso (en algunos sectores más sensibilizados políticamente), cierto rescate de bienes públicos proveídos por el Estado, como la educación o la salud.

Algo que ya era viejo en 1945 (porque no alcanzaba a explicar el país real), y quedó definitivamente atrás a partir de las profundas fracturas sociales que vivió la Argentina desde el 76' para acá; de resultas de las cuales la clase media ensanchó o encogió su volumen al vaivén de los cambios económicos y sociales, mientras entraban en crisis muchos de sus valores, y lo que había sido en muchos de sus integrantes una identidad definida (el anti peronismo) viró lisa y llanamente al autoritarismo pre político.

Con la paradoja de que, dentro de esa misma clase media, en aquéllos sectores que vieron con simpatía la experiencia alfonsinista -de la que Gregorich fue parte como funcionario- porque rescataba además ciertos valores (como la defensa de los derechos humanos), no son pocos los que adhirieron al kirchnerismo; mientras él propone ensanchar los límites de una eventual Unión Democrática modelo 2013-2015 para incluir a Macri; que expresa los nuevos valores dominantes en vastos sectores de la clase media: la exclusión, el desprecio por lo público, la escuela privada o la prepaga como salvataje individual de la crisis del Estado de bienestar, instrumentada por las políticas de la dictadura y el menemismo.      

Constata Gregorich: "A pesar de la mala gestión económica del Gobierno, con dilapidación de recursos, cepo cambiario, falta de inversión, pereza en proyectos de infraestructura (largo plazo en general), y graves errores en transportes y energía, la oposición no supo transmitir un contramensaje a la población. Binner quedó golpeado por la crisis narcopolicial de Rosario; Macri gastó mucho tiempo en (no) viajar en subte, y los radicales, ya se sabe, son buena gente, pero tienen sus límites. Ni Barletta, ni Cobos, ni Sanz, ni Ricardo Alfonsín han ido ganando el consenso que necesitan. Lilita Carrió, de gran temple ético, despreció por completo las estrategias políticas. Y eso se paga.".

Es decir los radicales son "buena gente" (¿incluso Barletta, Aguad, De La Rúa o Mathov?) pero inútiles, algo que implícitamente también serían Macri (incapaz de gestionar el subte) o Binner (responsable de la crisis narcopolicial de Rosario); y Carrió tiene un problema: es demasiado buena para estar en política, que es justo lo que ella misma cree, para seguir intentándolo pese al desprecio ciudadano expresado electoralmente; al que por supuesto, ni siquiera toma en cuenta.

¿Desde dónde entonces y con quiénes nos propone este nuevo cultor del bradenismo una nueva Unión Democrática como el presunto remedio a los males del país?

Despojado de empaques culturosos, queda claro que sólo desde el más rancio y tradicional anti-peronismo; que se obstina tanto en permanecer entre nosotros, como el peronismo; con sus complejidades, sus contradicciones y sus incoherencias. 

martes, 5 de abril de 2011

LA INTELECTUALIDAD POLÍTICAMENTE CORRECTA


Por Raúl Degrossi

Leemos en La Nación de hoy este artículo de Luis Gregorich reflotando un lugar común clásico de la intelectualidad de derecha, cuyos orígenes se remontan al primer peronismo: cuando la política se mete en la casa, divide a las familias.

Las anécdotas (reales o imaginarias) del autor son cercanas a muchas que todos hemos presenciado o protagonizado, con una frecuencia cada vez mayor desde el 2003. Todos tenemos seguramente un conocido o pariente que vivió aquéllos años de la Argentina peronista de 1946 en adelante, y recuerda que por entonces pasaban cosas similares.

¿Cuál es entonces el hilo conductor de ese comportamiento, que desvela a Gregorich sin que acierte a comprender por qué se produce?

Que la política entra en los hogares porque volvió a ocupar un lugar importante en la sociedad, y esa importancia desborda a todos los ámbitos sociales, aun al propio ámbito familiar.

Y lo hace porque volvió no desde cualquier lugar (en definitiva, en la implosión del 2001 tuvo centralidad en la vida de los argentinos, por las malas), sino desde el cuestionamiento de los poderes reales, desde el hacerse cargo de los problemas, impulsando transformaciones concretas que impactan en la vida cotidiana; demostrando que tiene esa inmensa potencialidad. Ese será, en un balance de perspectiva histórica, el mayor aporte de Néstor Kirchner en su paso por la historia argentina;  trascendiendo quizás a los logros concretos (no pocos) de su presidencia.

Pero Kirchner lo hizo además develando el revés de la tramoya, los titiriteros ocultos tras bambalinas que son los que, en definitiva, decidían el rumbo del país. Desde el ya famoso "¿qué te pasa Clarín?" para acá, nadie podrá llamarse a engaño acerca de cuáles son las fuerzas que interactúan con el sistema político, e inciden en sus decisiones, sin someterse jamás al escrutinio de la voluntad popular.

Y es allí donde el análisis de Gregorich revela toda su pobreza conceptual: en esa óptica, el conflicto es disfuncional a la política, y ésta se reduce al juego de las fuerzas o estructuras políticas formales que compiten por ese poder formal expresado en las instituciones. Su referencia a la situación española lo desnuda: ¿por qué no habrían de ser capaces de acordar Zapatero y Rajoy, si el primero ejecuta desde el gobierno  las mismas políticas salvajemente neoliberales y de ajuste que el segundo sugiere desde la oposición?. 

El fracaso de los gobiernos europeos de la denominada "Tercera Vía" -con Tony Blair a la cabeza- para escapar al catecismo neoliberal del FMI y la banca internacional (del cual aquí vivimos una versión módica en el gobierno de la Alianza), no sería objetable para Gregorich porque fueron capaces de "dialogar", es decir aceptar el sentido común hegemónico de los poderes reales, que le imponen a la política un severo corralito: hay cosas de las que no se puede hablar, hay límites que no se pueden transgredir, hay rumbos que no se pueden abandonar. 

En los tiempos del alfonsinismo y la vuelta a la  democracia, esta endeble perspectiva intelectual del proceso político (que en otros casos como el de Marcos Aguinis alcanza un vuelo poco mayor que el de una conversación de peluquería) construyó el discurso oficial y desatinos históricos, como la teoría de los dos demonios (que el articulista repite en la nota con el ejemplo de las bombas guerrilleras y los desaparecidos); pero cuando la realidad se complejiza se revelan menos eficaces para interpretarla. 

Ni siquiera refutaremos aquí los lugares comunes del más rancio anti-peronismo en que incurre Gregorich en la nota, como parangonar la muerte del médico Ingalinella en Rosario (al fina y al cabo, el único crimen poilítico que pudieron enrostrarle al primer peronismo) a manos de una policía brava, con el bombardeo de una ciudad con el propósito de matar a un presidente constitucional y tomar el poder por asalto. 

Con las diferencias de escala y de perspectiva histórica de ambos procesos, a esa versión de la política como una amable reunión de señoras a la hora del té, la hicieron saltar por los aires Perón en 1945, y Kirchner a partir del 2003. También la Unión Democrática prohijada por Braden fue un intento de superar "la división de los argentinos", o "unirse en defensa de la democracia", como postula el documento opositor firmado días atrás.

En ambos casos el país real, el de la gente de a pie, pasaba por otros lados (afortunadamente); y estos intelectuales "políticamente correctos" nunca lo comprenderán, seguirán añorando "repúblicas perdidas" sin preguntarse por qué se perdieron, o peor aun: sin entenderlo. Intelectuales políticamente correctos que escriben en los diarios de la oligarquía argentina (aunque les moleste que se les recuerde esa circunstancia, como le pasa a Gregorich) precisamente porque sus plumas son funcionales a sus intereses.

Los argentinos estaremos unidos cuando todos tengamos garantizado un piso minimo común de derechos, y resueltos los problemas centrales de la subsistencia; cuando a nadie le falte trabajo, vivienda, salud, educación, cuando se distribuya más equitativamente la riqueza.

Y aun entonces, seguramente se sentirán fuera de la "unidad nacional" quienes tuvieron que ceder privilegios y resignar posiciones de poder, para que esos derechos sean realidad. Y tratarán por todos los medios de reconquistarlos.