LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
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martes, 16 de junio de 2026

LECTURA RECOMENDADA

 

"El aniversario redondo del último golpe de Estado y sobre todo el inédito escenario actual habilitan a preguntarse si la Argentina transita todavía una etapa de posdictadura, observable en el periódico encuentro con desafíos impensados del ejercicio ininterrumpido de democracia representativa. En diciembre se cumplirán 43 años de su último retorno, longitud temporal que parece tornar desmesurada la hipótesis. Sin embargo, ese tiempo largo sucedió a otro aún más extenso. Durante casi medio siglo, entre 1930 y 1976, sólo un Presidente democrático cumplió su mandato. Fue Juan Domingo Perón, que en 1951 consiguió lo que ya no repetiría. También eludió su derrocamiento Agustín Justo, aunque había sido electo por vía del fraude que la Década Infame consideraba patriótico.".

"Recién en 1989, 77 años después de la Ley Sáenz Peña, un mandatario democrático saliente pasó la banda presidencial a uno entrante de un signo político distinto. La de Raúl Alfonsín y Carlos Menem no fue una transición serena. La mención puede sonar vintage, pero gran parte del andamiaje normativo vigente y no pocos de los actores aún en boga son herencias de aquel momento histórico. La irrupción de Javier Milei marca un nuevo mojón, porque es el primer Presidente por fuera del bipartidismo o el correlativo bifrentismo: a diferencia de Mauricio Macri con el frente Cambiemos en 2015, no llevó dentro estructuras partidarias orgánicas radicales ni peronistas. En ese aspecto, es la primera novedad auténtica desde la aparición de Perón, en 1943. Como el del entonces coronel, el partido de Milei se gestó después de su arribo a los planos presidenciables de la política nacional. Perón, que lleva 52 años muerto, sigue siendo un blanco predilecto de ataque de los tuiteros oficiales.".

"En lo económico se repiten recetas, beneficiarios y perjudicados, poniendo a prueba si ha existido la suficiente acumulación histórica. Si en sus primeros veinte años la democracia se entregó al dilema de socializar el pago del endeudamiento castrense sin piantar demasiados votos, el reendeudamiento propiciado desde 2016 no fue castigado en las urnas. Debajo de la hojarasca de la corrupción minorista y la germinación de pendrives, aparece nuevamente hoy la discusión en torno a quién y cómo pagará una deuda veloz que no se volcó a infraestructura, ni a desarrollar bienes de capital, sino a la fuga al exterior de activos construidos por el trabajo, la naturaleza, la inversión pública y el consumo argentinos. Por el momento, la fórmula de pago no difiere de los anteriores ciclos. Se basa en la licuadora de salarios, el otrora llamado “enfriamiento” de la actividad económica, la retracción de la acción del Estado y el deterioro del ya crujiente federalismo fiscal. Detrás de esas palabras, más directas que el léxico admitido, están la vida y el bienestar de los contribuyentes involuntarios a la colecta. Quienes ejecutan la forma de pago de la deuda son los mismos que la contrajeron.".

"Las novedades de Milei.

Las elecciones de 2023 y de 2025 rompieron con una creencia, acaso hija del primer eslogan alfonsinista: que nunca ganaría elecciones libres un proyecto que anunciase una plataforma electoral explícita de economía regresiva y recorte de derechos. Milei venció sin fraude y no podría imputarse engaño a su campaña electoral. No traicionó su plataforma, excepto en puntos tan inverosímiles como la quema del Banco Central o la dolarización inmediata. En cambio, Alfonsín pagó cara cada concesión, Menem construyó su gobierno desde la abjuración de lo que había dejado escrito en un libro publicado por uno de sus futuros ministros y Macri sacó a pasear la promesa preelectoral de que nadie perdería nada de lo que había conseguido con el kirchnerismo. Las políticas regresivas no habían sido anticipadas en sus campañas."

"La victoria mileísta, prometiendo motosierra para todos, cuestiona de un modo más punzante del que se suele reconocer al núcleo de la esperanza democrática abierta en 1983. Los gobiernos kirchneristas habían contribuido a revitalizarla tras la debacle convertible, pero esta vez no hubo un golpe militar que, al costo de una gran masacre, facilitara lecturas posteriores: esos procesos redistributivos no fueron interrumpidos por las botas, sino que quedaron sometidos a su propio desgaste y a las limitaciones impuestas por un sistema republicano que tiende a preservar el status quo, o a consentir su ruptura si es por derecha. El propio reendeudamiento externo se selló omitiendo pasos requeridos por las leyes, lo que no motivó su nulidad.".

"El desgaste de la democracia no parece ser intrínseco al sistema mismo. Mejor puede buscarse en aquello que restringe el ejercicio pleno de la voluntad popular, limitado por un Poder público vitalicio con una capacidad de veto mayor al presidencial, junto a los viejos y vigentes poderes fácticos. El gobierno de Alberto Fernández se dibujó como arquetipo de aceptación de esas limitaciones, frente a las que no forzó su gen timorato. Fernández desoyó a su compañera de fórmula, que sabía de primera mano que una mayor dosis de osadía podía sortear una crisis y acercar triunfos electorales como el de 2011, después de un bienio de derrotas políticas. El kirchnerismo las enfrentó redoblando apuestas y era ostensible que al gobierno del Frente de Todos no cabía otro camino, porque tras la salida de la pandemia los salarios viajaban a menor velocidad que la recuperación del empleo, lo que no era reconocido como un problema de primer orden. Increíblemente, la voz interna que con mayor fuerza señalaba dificultades y riesgos es la apuntada como madre de la derrota de 2023 ante la novedad de Milei.".

"Épica y época.

"La centralidad que conserva Cristina Fernández la revela como un fenómeno político más cercano al del Perón Campeador que al de los liderazgos justicialistas coyunturales, como Menem o Eduardo Duhalde, porque ninguno retenía caudales significativos de votos once años después de concluir sus presidencias. Esa vigencia descubre la recuperación de los tres gobiernos kirchneristas tras la debacle económica y social de comienzos de siglo. Entre 2003 y 2015, los obreros no alcanzaron niveles previos a 1975, pero sí reconquistaron formalidad, mejores salarios y perspectivas jubilatorias. La clase media, eterno amor no correspondido, reconstruyó sus consumos y aspiraciones. Es lógico que ese recuerdo sea percibido como una potencial amenaza, que explica las causas judiciales que en cada relectura develan nuevos pliegues.".

"Más allá de impedir una eventual participación electoral, la reclusión de la expresidenta puede leerse como un mensaje de disciplinamiento hacia las futuras generaciones de dirigentes. Acaso sea el más acabado ejemplo de la “educación presidencial” que Horacio Verbitsky describió cuando terminaba el primer gobierno democrático desde 1983. Es otro rasgo distintivo de la época en que emerge el interrogante acerca de si lo conjugado en presente no amerita todavía ser catalogado como posdictadura, aun cuando hayan sido descolgados ya más de cuarenta almanaques. En las bases, orgánicas o inorgánicas, anida un último gran aspecto a examinar. Por las razones que sean, la gran mayoría no pudo estar a la altura de la épica cantada el 9 de diciembre de 2015. A CFK no solo la tocaron, sino que la encarcelaron, proscribieron e intentaron asesinarla, sin que emergieran los quilombos pronosticados. En el peronismo, la entonación de esa advertencia se traduce como anuncio de movilizaciones pacíficas pero masivas, continuadoras de la que fundó su historia. Hasta ahora, no hubo 17 de Octubre.".

"Más que señalar culpas individuales o grupales, para terminar de observar la postal de época convendría explorar las razones estructurales por las que buena parte de las bases que supieron orbitar en torno al kirchnerismo parecen haber naturalizado que la todavía mayor líder opositora permanezca encerrada y proscripta. No en las afueras de Madrid, sino dentro de la ciudad de Buenos Aires. Es posible que a la resignación ante los implacables poderes vitalicios se deba la necesidad de criticar a destiempo la figura de CFK, como se palpa en redes sociales, mesas de café, entrevistas u opiniones editoriales de voces antes entusiastas. Siempre resulta más aceptable suponer que la defensa no existió porque el (la) líder no lo merecía, que reconocer la impotencia que se asimila ante las imposiciones estructurales de una época. Sin embargo, para ese último plano no podría existir un punto final definitivo, que clausure la observación de las derivas de este momento inédito en la historia argentina.".

Sacado de acá.

martes, 28 de abril de 2026

¿DESPUÉS VEMOS?

 

Conforme la crisis del gobierno de Milei se profundiza, toda la Argentina visible se pone en modo electoral: el círculo rojo (lejano a la más mínima posibilidad de autocrítica por haber apoyado otro experimento fallido) empieza a diseñar estrategias para salvar el modelo, reemplazando a sus circunstanciales ejecutores. Y la oposición intuye que más tarde o más temprano el creciente malestar social tendrá su reflejo en las urnas, y mucho se empiezan a peinar para la foto de los carteles de campaña.

El propio gobierno ensaya una huida hacia adelante y mientras sostiene a rajatabla un plan económico inviable, propone discutir una reforma electoral -en sí mismo absurda y anti-política- como si se vivieran tiempos normales, y la próxima elección fuera a transcurrir en paz social y normalidad política. Ninguno parece registrar la gravedad de la crisis (más allá del recuento diario de las calamidades resultantes del modelo en curso de ejecución), y del vaciamiento último de sentido de un sistema democrático en el que la mitad de los empadronados eligen no ir a votar.

Lo que no es más que otro síntoma de que también en el plano estrictamente institucional, la anormalidad es la regla en un país al que ingresan tropas extranjeras sin autorización del Congreso, el presidente nos embarca en una guerra internacional ajena basándose exclusivamente en sus propias convicciones personales y sin medir los riesgos de implicarse, y la justicia es un chiste siniestro, que tanto cajonea causas sensibles para el gobierno o el poder económico (como los hechos de corrupción o el DNU 70) y canjea impúdicamente favores con el gobierno para sostener sus medidas violatorias de la Constitución (como la reforma laboral), como profundiza la persecución contra Cristina buscando rematar sus bienes y los de sus familia, agilizar nuevos proceso judiciales absurdos en su contra, archiva toda investigación sobre los reales promotores y financistas del atentado en su contra, o sostiene payasadas como la causa de los cuadernos, contra las propias evidencias del proceso. 

Y éste último aspecto (la situación de CFK) es el que -deliberadamente- aparece ausente del debate político, porque se lo quiere silenciar como si todos asintieran que de eso no se habla, y no debe hablarse. Que lo hagan los gorilas y el poder económico, que orquestaron la condena y proscripción de Cristina en salvaguarda de sus propios intereses vaya y pase, pero que lo hagan los peronistas (o parte de ellos) es inaceptable: si como dice Bianco en modo sofista la que está proscripta es Cristina pero no el peronismo, ¿Qué peronismo es el que va a elecciones y para qué?

¿No decía acaso eso mismo con otras palabras en sus tiempos el vandorismo, para adaptarse -y resignarse- a la proscripción del líder, proponiendo construir un peronismo sin Perón? Y no se trata de propugnar la abstención electoral -que sería funcional a un régimen cuyo ensayo volvió a fracasar-, sino de darle un sentido profundo a la contienda política y al voto ciudadano, que vaya más allá de la liturgia electoral y que recupere el sentido reparador del hecho democrático.

No hablar de la condena y proscripción de Cristina y no convertirlo en uno de los ejes principales de la campaña es -en un punto- consentir la validez de su exclusión arbitraria, aunque se diga lo contrario, y  aceptar las condiciones impuestas por el régimen para dar la disputa política en el país. Es como si Perón hubiera aceptado el GAN de Lanusse. 

Si a esto le sumamos que la prioridad parece ser -como sugiere Bianco-  "poner un presidente y ver que pasa", ¿Qué diferenciaría al peronismo de Dante Gebel, o por qué la gente pensaría que algún forro de ensayo como él no debería ser precisamente ese presidente? Si "no hay que hablar de candidatos" mientras se los instala, y hay que hablar de organización para ganar una elección, pero no de un programa para gobernar el país si se la gana, ¿No fue precisamente eso el "Frente de Todos", que ya sabemos a donde condujo?

El peronismo (Cristina incluida) ya ensayó jugar con las reglas del régimen, o intentar componerse con él: eso y no otra cosa expresaron las sucesivas candidaturas de Scioli, Alberto y Massa; y todos podemos recordar como nos fue, ganando o perdiendo las elecciones, ¿Por qué nos iria distinto ahora?. No hablar de la situación de Cristina ni hacer de eso bandera de campaña y reclamo preponderante es -aunque no se lo diga con todas las letras- decirle al régimen que se entendió el mensaje aleccionador, dándole seguridades de que -en caso de volver a ser gobierno- no se harán locuras ni se afectarán sus intereses; tanto como volver a caer en la estrategia de hacerle guiños a un electorado que no nos votaría nunca, bajo ninguna circunstancia, y por contraste callar algo que es sensible para la base electoral propia: ambas cosas ya se hicieron, y nunca funcionaron.

Podrá decirse que el peronismo (como eje vertebral de la oposición al ensayo libertario, con chances concretas de desplazarlo del poder institucional vía elecciones) tiene la responsabilidad fundamental de asumir la representación política de las víctimas del modelo, y ofrecerles una propuesta concreta que los enamore, y es cierto. Tan cierto como que, desde que empezó la persecución en contra de Cristina con toda las bocas de fuego (mediáticas, políticas, judiciales y hasta las balas que no salieron de Sabbag Montiel) empeoraron todos los indicadores económicos y sociales, y los intereses de esos mismos sectores que hoy son víctimas de Milei se vieron ostensiblemente perjudicados, en un proceso tan continuado y sostenido como la ofensiva contra CFK.

De allí que hablar de una cosa (los efectos del modelo) y no la otra (la situación de Cristina), es disociar elementos que están inescindiblemente unidos en términos políticos concretos, no dar cuenta cabal de como ha sido el proceso real y encarar la salida a la crisis y la necesaria reconstrucción desde un enfoque erróneo: el país que viene (mal que nos pese) hay que empezarlo desde el país que nos dejan, lo que incluye la condena y exclusión política de Cristina.

¿Cómo vamos a generar credibilidad en torno a la idea de que somos capaces de lidiar con esas dificultades objetivas, si no somos capaces de plantear con todas las letras la injusticia de la situación que padece Cristina? ¿Cómo confiar en que se generarán el consenso social y la potencia política necesarios  para reparar las innumerables injusticias que atraviesan el cuerpo social, si se elige callar una de las más grandes?

Eso sin considerar que el silencio sobre la situación de CFK o su escisión -como si fuera posible- de los ejes de la campaña electoral que se avecina es un modo de naturalizar -por omisión- su exclusión, y concederle al aparato judicial (en tanto guardián de los intereses del poder económico) su facultad de veto y vigilancia sobre los límites y el sentido de la democracia en el país. Tuits relacionados:

martes, 24 de marzo de 2026

¿NO NOS HAN VENCIDO?


Lo cantábamos (aun hoy lo hacemos) en cada acto del 24, y cada vez que ganamos las calles para reclamar, para ponerle el cuerpo a las ideas: "No nos han vencido". Como afirmación sonora de la voluntad de supervivencia, como afirmación de la identidad y del sentido de la lucha; pero un poco también -aunque sea doloroso admitirlo- romantizando las condiciones objetivas reales que hicieron posible la derrota de la dictadura, y que determinaron los alcances reales de la apertura democrática; más obra de la dignidad de unos pocos y del sacrificio de los héroes de Malvinas, que de una reacción extendida de la sociedad argentina a los años del horror.

Pero si, nos vencieron y nos siguen venciendo, en cada retroceso en la construcción de una democracia digna de ese nombre, y en cada tarea pendiente en la superación de las injusticias. Y vaya si estamos vencidos hoy, a 50 años del golpe. Pero la derrota (ninguna) nunca es definitiva, aunque que así sea no depende solo de nosotros: de aquella sociedad disciplinada por el miedo que elegía ignorar el genocidio diciendo para sus adentros "algo habrán hecho", pasamos a ésta en la que -hay que asumirlo- uno de cada dos o tres argentinos piensa -y muchos lo dicen- que el problema del país es que "Videla se quedó corto".

Y anticipándonos a las objeciones, diremos que no se pueden impugnar los paralelismos entre la dictadura y éste gobierno (y otros de similar calaña, como lo fue el de Macri), simplemente porque fue electo, precisamente porque hubo una dictadura con los alcances macabros que tuvo: porque existieron la ESMA o La Perla, no se puede admitir que un gendarme le vuele la cabeza a un fotógrafo por hacer su trabajo documentando la protesta social, y porque existieron los vuelos de la muerte es inadmisible en democracia el apaleo sistemático a los jubilados o a cualquiera que reclama por sus derechos.

Como es inadmisible que desde el propio presidente de la nación para abajo, el discurso oficial utilice para los adversarios políticos y la parte de la sociedad que resiste los atropellos, la misma fraseología y las mismas etiquetas de la dictadura y sus grupos de tareas: hoy cualquiera que disienta con el rumbo trazado o se oponga a él puede ser tildado de zurdo o terrorista, como antes lo fue de subversivo, esa estudiada ambigüedad con la que la doctrina de la seguridad nacional señalaba a sus blancos. Como si no hubiera pasado en el país lo que empezó a pasar hace hoy 50 años, o como si todas las palabras (aun las más conmocionantes por su significación histórica) pudieran banalizarse y vaciarse de sentido.

Hoy se plantea con naturalidad (y casi ni se discute, salvo honrosas excepciones) que las fuerzas armadas vuelvan a participar en brumosas tareas de seguridad interior, quebrando décadas de consenso democrático al respecto; mientras se reglamenta la represión de la protesta social y se amplían por decreto y sin discusión en el Congreso, los fondos, los objetivos, la estructura y los alcances del espionaje del gobierno sobre la sociedad. En su última sesión antes del golpe, el Senado de la nación trató una declaración de repudio en la que se reafirma el compromiso con la democracia y con la continuidad de los juicios por las causas de lesa humanidad, y más de una veintena de senadores (todos del bloque de LLA) se negaron a refrendarla.

Hace poco más de dos años, más de 14 millones de argentinos eligieron -en comicios libres- como vicepresidenta de la nación a una apologista de la dictadura y confidente del dictador Videla en sus días de la cárcel, y la mitad de ellos lo hicieron tres veces. Mientras quien fuera dos veces presidenta y una vez vicepresidenta electa en primera vuelta con un contundente respaldo en las urnas es condenada en causas cuyo trámite avergonzaría a los consejos de guerra de la dictadura, y privada de sus derechos políticos.

Mientras el discurso oficial sobre el horror de la dictadura es del más ramplón negacionismo, quieren convertir a Cristina en la desaparecida 30.001, pero en democracia; y con ella aleccionar y proscribir a la voluntad de representar, y desnaturalizar vaciando de sentido las condiciones de la competencia electoral y el debate político, en un burdo intento por hacer que su triunfo (y nuestra) derrota sea definitivas.

Que decir del panorama económico y social: por ejemplo que confrontar el discurso de Martínez de Hoz presentando su plan económico en los albores de la dictadura, y releer la carta de Rodolfo Walsh a la junta al cumplirse el primer año del golpe da escalofríos, por la semejanza con lo que podemos comprobar y vivir a diario en estos días. Paralelismo que no casualmente convive con la impunidad absoluta de los gestores y beneficiarios civiles de aquel golpe, y responsables de cuanto saqueo económico sufrimos los argentinos desde entonces.

Recuperada la democracia, buen parte de la dirigencia política (incluyendo parte del peronismo) tuvo miedo de que por querer ir más lejos en la construcción de un país diferente se pusiera en riesgo el andamiaje institucional que provee cargos y canonjías, mientras otros aspectos del problema (como el creciente ausentismo electoral o la cada vez más regresiva distribución de la riqueza) jamás le preocuparon en serio. El retroceso frente a cada chantaje del poder económico (en forma de crisis recurrentes y golpes de mercado) no hizo más que confirmarle a éste su poder, y ratificar la debilidad de la política y las instituciones para ponerle coto.

Así, la democracia reconquistada fue progresivamente vaciada de sentido, y en la insatisfacción social resultante golpeó el discurso anticasta de Milei, como si fuera un revival del "que se vayan todos"  que alumbró la caída de la convertibilidad; pero que a poco de andar el gobierno terminó simplemente en macrismo con malos modales, cuyo único plan político es perseguir a Cristina y terminar con el kirchnerismo.

Es decir erradicar de la memoria social justamente la experiencia política por la cual la sociedad logró salir por arriba del laberinto del 2001, y sostener durante más de una década un intento -con sus marchas y contramarchas, sus errores y sus aciertos- por buscar la resignificación de la democracia para darle un sentido más profundo, y no solo en el rescate de las políticas de memoria, verdad y justicia. Políticas que -dicho sea de paso- se dijo entonces que le proveían al relato kirchnerista de un enemigo sencillo, en una decisión que no le acarrearía costos: otro ejemplo de los errores que se pueden cometer cuando se parte de premisas falsas. 

Estos son datos objetivos de la realidad que no pueden desconocerse descansando en la comodidad tranquilizadora de consensos que no son tales como pensábamos, ni están tan extendidos como creíamos. No se trata -como decía Duhalde en su reversión de la autoamnistía de la dictadura- de construir un país con los que lo quieren a Videla y con los que no; sino de construirlo contra y pese a los que piensan que se quedó corto, y que lo que hizo debería volver a hacerse, si fuera necesario. O dicho de otro modo, hay que construir una democracia real, aunque estemos rodeados de nostálgicos de la dictadura.

Para que no nos hayan vencido hay que encarar a fondo hoy, a 50 años del golpe, la tarea de revalorización de la democracia, en todo sentido: en su profundidad, en sus alcances, en el consenso ciudadano. Pero una democracia en serio, que se pueda contrastar con las dictaduras sin temor a confundirlas: con participación y protagonismo popular, con cuestionamiento del poder real, con inclusión efectiva de las mayorías, con redistribución de la riqueza. Y con el juzgamiento de todos los que gestaron el genocidio y se beneficiaron de él, y aun hoy permanecen impunes, hayan o no vestido uniforme.

Recién entonces podremos decir que sí -en todo el sentido profundo de la expresión-, que no nos han vencido. Es lo menos que se merecen aquellos cuya memoria hoy recordamos, y por los que seguimos reclamando verdad y justicia. Tuits relacionados:

lunes, 12 de enero de 2026

EL PROBLEMA ESTÁ ABAJO

James Monroe formuló la doctrina que lleva su nombre (tan revisitada en estos días) en diciembre de 1823, cuando aun faltaba un año para la batalla de Ayacucho que puso fin al dominio colonial español en América del Sur. Bolívar formuló su célebre predicción sobre las apetencias imperiales yanquis sobre América Latina en 1829, y pese a que no quieran convencer de lo contrario, poco ha cambiado desde entonces. Tanto, que en su "Estrategia de Seguridad Nacional" conocida hace poco, Trump define actualizar la doctrina de u predecesor, con un corolario que lleva su propio nombre. 

En ese contexto, el objetivo norteamericano de controlar con mano de hierro el hemisferio es más viejo que mear en los portones, y persistente en el tiempo: no hay que confundir que circunstancialmente hayan centrado su interés en otros asuntos (como el Medio Oriente), con que hayan desistido de ese imperativo central de su política exterior. Y nos guste o no a nosotros (de hecho hemos tenido épocas en las que predominó en nuestra sociedad uno u otro de los sentimientos al respecto), estamos ubicados dentro de lo que ellos consideran su coto de caza exclusivo. De modo que eso constituye un condicionante geopolítico permanente a nuestra política interna (como la de todos los países de la región), que de novedoso no tiene nada.

Lo mismo vale para la tan denunciada crisis del derecho internacional y el multilateralismo. la carnicería de la Primera Mundial originó la Sociedad de Naciones y su fracaso llevó a la Segunda, y al surgimiento de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el último intento conocido de racionalizar mediante normas e instrumentos jurídicos las disputas entre Estados, sistema hoy en crisis terminal. Sin embargo, el multilateralismo siendo la única solución civilizada para que el mundo no estalle definitivamente; tanto que cuando se lo abandona -como en estos años en los que la política del más fuerte coincide con la globalización financiera y la expansión de los flujos de capital desregulados- los conflictos no tienden a resolverse, sino todo lo contrario; de modo que tampoco hay novedades al respecto. 

Si puede decirse en cambio que es más "novedosa" la crisis cada vez más aguda de la democracia como sistema político, y no es casual que se de en el marco de la crisis del multilateralismo, porque ambas tienen el mismo origen, que no es otro que el despliegue desaforado del capitalismo en su actual versión tecno-feudal. El simple hecho de que se hable mucho del desencanto democrático pero poco de los estragos que causa el capitalismo marca quienes imponen las condiciones en las que se da el debate público; enturbiado además por diversas formas de toxicidad.

La crisis de la democracia no es solo un problema de las élites políticas, que claramente no están a la altura de las circunstancias (y son consecuencia directa de ellas), sino está fundamentalmente en su base: ya no existe -al menos no como lo conocimos y estudiamos- el presupuesto democrático básico del "pueblo", entendido como el conjunto de ciudadanos que toman decisiones racionales basados en su análisis objetivo de la realidad, y votan de acuerdo con sus intereses de clase, personales, familiares o de grupo de pertenencia, concediendo premios y castigos según las acciones de los gobiernos, en forma más o menos lineal.

Y no se trata simplemente que la idea misma de la existencia de clases sociales diferentes esté en crisis, sino que está en etapa de disolución toda idea de lo colectivo que trascienda la pura subjetividad individual: el sindicato, la nación, la patria, la clase, son vistos más como una amenaza a la fortaleza del yo individual, que como una aspiración de construcción pendiente, o una herramienta para que se defiendan los que tienen más o menos los mismos intereses.

Los medios tradicionales moldeaban durante años audiencias a fuego lento hasta que la simbiosis entre su línea editorial y las ideas (y sobre todo los prejuicios) de vastos sectores sociales era total. Hoy las redes sociales, las plataformas y los algoritmos aceleraron el proceso y lo retroalimentan a diario desde las pantallas de los dispositivos móviles que la gente tiene en la mano todo el día; y el resultado son millones de personas groseramente manipuladas a diario, todo el tiempo, en todo el mundo y acerca de todo; pero al mismo tiempo más convencidas que nunca de que son libres, nadie les dice como deben pensar o sentir y deciden por sí mismas lo más conveniente para sus propios intereses. Tanto que la propia libertad ha sido vaciada de sentido, y termina siendo el nombre de nuevas formas de esclavitud y dominación, individual y social.

Ya dejó de ser un punto de debate social y político relevante si cosa tal como la verdad (entendiendo por tal los hechos concretos de la realidad y su interpretación cognitiva) existe o no: simplemente dejó de ser importante, en términos de construcción de subjetividad y sus consecuencias, como las opiniones o la toma de decisiones políticas. Tanto que explica en gran medida el éxito entre el vulgo de la inteligencia artificial: nos muestra la realidad como queremos que sea.

Y la mercadotecnia asociada a la política (que deviene así en la indispensable pantalla institucional de la manipulación capitalista) aprovecha plenamente esa circunstancia: han demostrado que se pueden implantar dictaduras de hecho (incluso elegidas) que restrinjan derechos o los violen, con tal de que se mantenga el circo electoral; y que el despliegue explícito de políticas abiertamente fascistas y métodos más fascistas aun para ejecutarlas no solo no tengan amplio e instantáneo repudio, sino que gocen de una considerable base de apoyo social, como por cierto también lo tuvieron en su hora los fascismos originales.

Con un debate político prostituido por la fragmentación y colonización de las subjetividades ciudadanas, con niveles récords de ausentismo electoral que harían innecesario el fraude (pero si es necesario se lo hace), con partidos políticos travestidos o vaciados y candidaturas que años atrás hubieran parecido bizarras o inverosímiles, y desconectando a los resultados electorales de sus consecuencias según sean estos (respetamos el resultado en términos de mandato político solo si ganan los que nos gustan), a la democracia ya solo le va quedando el nombre respecto a su idea original; y de morigeradora de las desigualdades del capitalismo pasó a ser su reaseguro institucional.

Esa es la cancha, esos son los rivales, esas son las reglas de juego del partido; y allí está precisamente la dificultad mayor de estos tiempos para hacer política democrática en clave de representación de los intereses de las mayorías y en especial, de los excluidos y postergados: alguien tiene que romper el círculo, poner el palo en la rueda y plantear la discusión y la praxis política en otros términos; porque además todo el despliegue (comunicacional, estético y de poder crudo y duro) del sistema es para tutelar los mismos intereses concretos de siempre, aunque cambien sus formas, o sus vericuetos interiores. 

Oponerse eficazmente a eso intentando caminos alternativos es la única respuesta posible, aunque sea cada vez más dificultosa, y aunque signifique todo lo contrario de lo suelen aconsejar los gurúes de la pseudo ciencia política o la comunicación que siempre aconsejan la reproducción o asimilación al status quo existente; mientras se disfrazan de críticos para disimular que son parte del mismo esquema de dominación, en todo sentido. 

sábado, 22 de marzo de 2025

DETRÁS DE LOS CORTINADOS

 

Lo que pasó en el Congreso con el DNU que habilita un nuevo acuerdo con el FMI no es novedoso, ni mucho menos: el circuito de fracaso de los modelos económicos de estabilización y ajuste basados en el endeudamiento externo que alimenta la fuga de capitales se repite como si fuera un karma, una y otra vez.

Esta vez incluso el trámite fue más rápido y más vergonzoso (autorizaron algo que no está firmado ni saben cuando se firmara, y en que condiciones), tanto que nadie -ni siquiera los oficialistas en sentido estricto- se animó a defender en público el acuerdo, no al menos con convicción y argumentos sólidos, que vayan más allá de agitar el fantasma de que si no se acuerda con el Fondo se pudre todo. Algo que todo el mundo sabe desde que comenzó el gobierno, y a lo que nosotros agregaríamos -tomando nota del aun reciente ejemplo del gobierno de Macri- que si se acuerda, el final será incluso más rápido. 

Es tan trillado y repetido todo que ni siquiera se toman la molestia de proponer futuros venturosos a partir de los sacrificios presentes, o reclamar la existencia de "un plan económico consistente y creíble" como hacían en otros tiempos. Incluso la oposición no opositora que avaló el DNU reconoce que está todo atado con alambre, y se limitan a decir que si vienen los dólares del FMI se podrá levantar el "cepo", como si el problema principal de la economía argentina fuera ése.

También se repite el ciclo de planes económicos inconsistentes e inviables que están condenados de antemano al fracaso pero igual se imponen y ejecutan, y si es necesario para ello apelar a la represión (como lo hizo la dictadura, como lo está haciendo Milei en democracia), se apela y listo. Donde nos quieren mostrar decisión y coraje, hay en realidad un secuestro de la política, el Estado y las instituciones por los intereses verdaderamente favorecidos por esos planes.  

La idea es insostenible en términos de debate y escrutinio democráticos, pero se persiste en ella: recordemos que incluso en tiempos de Cristina se decía que no importara lo que la gente votara o quien ganara las elecciones, porque la única salida racional y posible eran los planes de ajuste. Tan insostenible es esa idea para la política que nunca nadie la expone con crudeza como propuesta, en tiempos electorales. Ni Macri (que prometió "conservar lo bueno" del kirchnerismo), ni Milei, que hizo campaña con la motosierra pero hablando de la "casta", y diciendo pestes de Caputo, el FMI y la toma de deuda.

Cual es entonces la explicación para este contrasentido que parecemos condenados a repetir una y otra vez, atrapados en un círculo del que no podemos salir. La única posible -y que a esta altura nos parece muy evidente- es que hay poderes fácticos tras las bambalinas de la política, que es donde realmente se deciden las cosas: el caso de la ley bases y el RIGI (con cláusulas groseramente lesivas a la soberanía nacional y el interés de las mayorías que nadie estaba pidiendo, al menos en público) es el más reciente, pero no el único.

Con Congresos vallados y militarizados se han aprobado en los últimos 40 años a tambor batiente y casi sin debate planes de ajuste brutales y endeudamientos atroces del país, una y otra vez, con la persistente promesa de que era la última, porque después ya no iban a ser necesarios. Salvo en el período que va del 2003 al 2015, durante la excepcionalidad kirchnerista, acaso por eso convertida en la mancha venenosa de la política argentina, con la que nadie quiere quedar pegado, aunque como "marca" haya ganado cuatro de las seis elecciones presidenciales en las que participó, y todas en las que Cristina fue candidata o integró la fórmula.

Este proceso que describimos marca a las claras que hay desde hace muchos años un vaciamiento de la política y los partidos como canales de representación social, y una corrosión sistemática del Estado para debilitar sus capacidades de poner coto a la ley del mercado, y a las tensiones que desequilibran cada vez más a la sociedad, en la disputa de las lógica corporativa por obtener un mayor pedazo de un cada vez más escaso botín.

DNU´s, leyes ómnibus, jueces complacientes, Banelcos, diputados y senadores que dicen una cosa en las redes y los medios y votan lo contrario en el Congreso, debates express, emergencias, leyes ómnibus y bases, facultades extraordinarias, violaciones sistemáticas y reiteradas de la Constitución, todo tiene un hilo conductor: usar a las instituciones de la democracia (sin interrumpir sus formalidades y rutinas como en otros tiempos) como aguantadero legal del lobby y la rapiña a gran escala del país, mientras nos entretienen hablando de la corrupción de la política, sin marcar nunca a los que pagan el precio de esa corrupción.

Hay quienes sostienen que estas son las consecuencias de no haber juzgado nunca a los ideólogos, responsables, ejecutores y beneficiarios civiles de la dictadura. En realidad, esa omisión es el resultado buscado de una democracia que nació amputada, más como consecuencia del derrumbe del régimen militar por sus propios errores y crueldades, que por una lucha persistente del conjunto del pueblo argentino y sus fuerzas políticas representativas; aunque hubo ciertamente núcleos valiosos del mismo que estuvieron a la altura de las circunstancias, como las Madres, las Abuelas, los organismos de deerchos humanos o algunos sectores del sindicalismo.

Es decir no se juzgó a la pata civil del genocidio (que con leves cambios en su conformación hoy sigue manejando las palancas del país) simplemente porque la transición democrática -por las condiciones concretas en que se dio- parió un sistema político sin la densidad ni el espesor necesario para acometer esa tarea, sin morir en el intento. Y que desde entonces y salvo contadas excepciones -como el kirchnerismo- no ha hecho sino debilitarse y fragmentarse cada vez más, resignando su rol de representación del conjunto social para ofrecerse como gestor de negocios del poder verdadero, el que opera detrás de las bambalinas.

La reconstrucción de ese sistema político (o la construcción de uno nuevo sobre bases de democracia real y profunda), para que asuma plenamente su obligación de representar es el único modo de poner el palo en la rueda y romper el círculo vicioso de la decadencia nacional, del que el gobierno de Milei y un nuevo acuerdo para tomar deuda con el FMI son apenas un capítulo. 

lunes, 2 de diciembre de 2024

LOS COPITOS DEL CONGRESO

 

En la fallida sesión de Diputados para aprobar el proyecto de ficha limpia Juan Manuel López (Coalición Cívica) sinceró lo que nosotros sabíamos desde siempre, pero ellos se empeñaban en negar u ocultar: la iniciativa tiene destinataria con nombre y apellido, y es Cristina Fernández de Kirchner. Frente al fracaso en juntar el quórum, responsabilizó a los ausentes de que en un futuro próximo CFK fuera candidata, y terminara ganando las elecciones; y después reiteró lo mismo en una recorrida por los medios, advirtiendo además que un triunfo de Cristina ponía en riesgo la estabilidad financiera alcanzada por el gobierno.

Días antes, Macri activó a una ONG macrista (en manos de quien fuera su funcionaria en la UIF) para pedir la prisión efectiva de Cristina tomando como ejemplo el caso de Uribarri, lo cual refuerza la idea de que la destinataria final de ese fallo de la justicia entrerriana era CFK, y el ex gobernador fue un globo de ensayo. Los alcahuetes mediáticos del régimen -sorprendidos por la ausencia de legisladores de LLA para tratar el proyecto y faltos de instrucciones- estallaron indignados, y entraron en pánico por el retorno de la que hasta un minuto antes habían decretado muerta políticamente.

Detengámonos por un momento en esto: los tipos están quitándose los guantes y la mordaza, para llamar a la cosas por su nombre, o para dejar las huellas marcadas de sus intenciones reales; que por supuesto no son ni combatir la corrupción, ni moralizar las instituciones, ni establecer la ejemplaridad de nada. Aunque pensándolo bien, algo de esto último hay, en otro sentido.

No es que nos enteráramos de algo que no sabíamos, pero igual impacta la brutalidad del sincericidio, y la flagrante contradicción entre la brusca preocupación de un triunfo de Cristina que parecen ver más posible incluso que nosotros, cuando hasta ayer auguraban el final del kirchnerismo y el ocaso definitivo de su figura. Porque la quieren proscribir porque les gana (lo están diciendo ellos mismos): a nadie se le ocurriría que le inventaran causas judiciales para luego aplicarle la "ficha limpia" a Myriam Bregman o a Margarita Stolbizer.

A ninguno de ellos parece escandalizarle en términos democráticos que tanta preocupación porque alguien sea candidata y gane una elección genere condena judiciales fraudulentas, proyectos de ley con nombre y apellido y hasta un fallido intento de magnicidio. Porque en definitivas se están alzando contra el voto ciudadano y la soberanía popular, restringiendo quienes pueden ser candidatos, estableciendo de antemano quienes no pueden ser elegidos, o poniendo por encima de la decisión en la urnas, la opinión de los mercados. Es como si naturalizaran que haya réprobos y elegidos, más allá de lo que digan los jueces, de los principios constitucionales (como la presunción de inocencia) y de los propios vericuetos del sistema judicial que deben seguirse para que una condena queda firme en forma definitiva.

Cristina, al igual que Perón antes, ha sido perseguida en los medios, en la justicia y en el Congreso o en los lugares donde -en las dictaduras- se definían las reglas de la competencia electoral, y alguien podría decir que por las mismas razones: la quieren -como lo quisieron a Perón- presa, proscripta o muerta, o todo eso junto y sucesivamente, para conseguir sacarla de la cancha. De Perón se dijo que fue porque era un dictador (y también un corrupto, y cosas peores), aunque bien sabemos que lo les molestó fue que subvirtiera el orden establecido, y que afectara intereses bien concretos.

El caso de Cristina y el kirchnerismo son parecidos, aunque no necesariamente similares: aunque sus gobiernos no fueron "de ellos" (como los de Menem, Macri o Milei) ni mucho menos, no hicieron tabla rasa con muchas situaciones heredadas, y cuando lo intentaron, no siempre salieron bien librados: los bancos perdieron el curro de las AFJP pero siguieron acumulando ganancias siderales, el campo privilegiado no tuvo finalmente que pagar retenciones móviles ni hubo una reforma agraria, nacionalización del comercio exterior o cosa parecida, Clarín sigue disfrutando de su posición dominante en el mercado de las comunicaciones (y si la ve amenazada es por la presencia de otros actores más poderosos que el kirchnerismo y que no vienen precisamente de la política), los fondos buitres cobraron puntualmente sus acreencias por afuera de los canjes de deuda, y mucho más que ellas.

Y Cristina cuando volvió, "volvió mejor": después del impedimento constitucional para otra reelección que llevó a la candidatura de Scioli ("el candidato del peronismo realmente existente", como se lo vendía por entonces) y cuando éste ya no existía, optó por Alberto primero, y por Massa después; es decir nunca por alguien a quien pudieran percibir como una amenaza para sus intereses y privilegios. Sin embargo el odio no mermó, y la persecución constante en su contra por todos los medios y en todas las instancias, tampoco.

Puestos a arriesgar las hipótesis de tanta saña y energía dedicadas contra alguien, diremos que Cristina (su figura, su discurso, su trayectoria, su praxis política en el gobierno y en el llano) pone en crisis un modelo de gobernabilidad y de representación política, que distingue al interregno kirchnerista de lo que ha sido en general el tono de nuestra democracia post dictadura; y pone en evidencia sus miserias, sus entregas, sus claudicaciones, sus compromisos y los intereses que realmente los manejan.

Es el espejo y la imagen que les devuelve (más que Cristina) lo que los incomoda, y de allí la furia: la han elegido como el ejemplo aleccionador para que nadie vuelva o osar siquiera intentar transitar por ciertos caminos, poniendo en cuestión el modelo de democracia cautiva de "los mercados", donde el voto popular es una cuestión de segundo orden, que se tiene en cuenta solo cuando conviene, y en la que la representación de los intereses sociales no es lo que define en esencia a la política. 

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viernes, 3 de mayo de 2024

VOTOS CALIFICADOS

Hubo un tiempo en la Argentina en que el principal paradigma de la acción política de quienes gobernaban el país era éste: "La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo." La primera verdad peronista tenía un origen histórico concreto y preciso: el movimiento liderado por Perón venía a clausurar un oprobioso ciclo de fraude electoral, al que se apeló para facilitar la entrega del país bajo lo que se llamó el estatuto legal del coloniaje, y la miseria y empobrecimiento de su gente.

De allí que las tres banderas históricas del peronismo estaban, desde el inicio, fuertemente imbricadas entre sí como el propio Perón se ocupó de marcarlo muchas veces: para lograr la justicia social era necesario establecer la independencia económica, y para ambas cosas era imprescindible restablecer la soberanía política. La tensión siempre latente entre el capitalismo (que tiende a la desigualdad y la asimetría) y la democracia que concede a cada uno un voto para igualar las cargas en una sociedad, se resolvía por la vía democrática.

Claro que por eso pasó lo que pasó desde el 55' en adelante, y especialmente a partir del golpe del 76': el capitalismo corregía lo que conceptuaba como "vicios" de la democracia de modos cada día más violentos y aleccionadores a futuro. Y vaya si tuvo éxito: la restauración democrática parida en el 83' por la derrota en Malvinas vino condicionada desde el vamos a ir andando en puntas de pie, sabiendo de antemano que hay ciertos intereses consolidados que no se pueden tocar, y terrenos en los que es mejor no meterse, para evitar problemas.

Esa convivencia del régimen democrático formal con la forma particular que el capitalismo periférico dependiente asume en un país con el nuestro en tiempos de globalización (connivencia que se volvió absoluta durante el menemato, cuando incluso ciertas reformas drásticas fueron validadas por el voto ciudadano) no podía sino resultar a largo plazo en lo que resultó: una creciente insatisfacción social con los resultados de la democracia (que es casi lo mismo que decir con la democracia como sistema), que crecía al mismo tiempo y velocidad que crecían la pobreza, la exclusión y la desigualdad.

La excepción a ese cuadro fueron los años kirchneristas, en los que a partir de la lectura que hizo Néstor Kirchner de la implosión del modelo de la convertibilidad se inauguró un modo distinto de gobernabilidad a los ensayados hasta entonces, que logró estabilizar -aun en medio de convulsiones frecuentes- a un mismo proyecto político en la conducción del Estado durante tres mandatos presidenciales, algo que no registraba antecedentes en la historia argentina. 

En nuestra opinión, no ha sido debidamente analizada la convergencia en ese resultado de dos causas concurrentes: el estado de bonanza económica -con vaivenes, pero bonanza al fin- perceptible por la mayoría de los argentinos en su vida cotidiana, con la sensación en quienes votaban al kirchnerismo, de que el gobierno respetaba y honraba el mandato popular conferido en las urnas. En palabras de Cristina, no fue magia. En palabras de Perón, significaba cumplir nada más y nada menos que con la primera de las verdades peronistas.

Salteando el período de Macri -que precisamente por eso se vio forzado a hacer campaña prometiendo "mantener lo bueno y cambiar lo malo" del kirchnerismo para tener chances de ganar- la raíz del fracaso del Frente de Todos estuvo en la convergencia de los mismos factores, pero en sentido opuesto al kirchnerismo original: se deshonró el mandato popular gobernando para quienes no nos habían votado, y se eligió una gobernabilidad basada en el modo pactista que Néstor Kirchner abandonó cuando entró -con sus convicciones- por la puerta de la Casa Rosada. La propia elección de Alberto Fernández como candidato -y si nos apuran, la de Sergio Massa en 2023- estuvo presidida por esa lectura equivocada de todo el proceso. 

Y luego vino Milei, que llegó -como lo advirtió Cristina- montado sobre la insatisfacción democrática y como resultado de ella, pero también aupado en el balotaje por los votos del antiperonismo cerril, dato éste que suele dejarse de lado en la mayoría de los análisis; cuando en rigor se ha convertido en uno de los comportamientos más constantes (si no el más) de la sociología política de los argentinos. Disgresión: la diferencia entre Macri (que llegó como dijimos prometiendo "mejorar lo malo" del kirchnerismo) y Milei (que hacía campaña con la motosierra) son los gobiernos de Néstor y Cristina que precedieron al primero, y los del propio Macri y Alberto (con sus respectivos resultados en términos de salarios, empleos, consumos y expectativas sociales) que fueron su preludio.

Se podrá decir que estos tiempos de motosierra y licuadora que estamos viviendo son la consecuencia exacta de lo que votaron quienes votaron a Milei sin faltar a la verdad, pero tampoco sin contarla completa: por un lado sería más preciso decir que la gente siempre quiere lo mismo (vivir mejor), sin saber exactamente como conseguirlo, y sobre todo sin aprender de la enseñanza histórica que hay ciertas formas (económicas sobre todo) con las cuáles es imposible que todos (o la gran mayoría) estemos mejor, y tropieza una y otra vez con las mismas piedras.

Y por otro lado tampoco está tan claro que la gente haya votado ciertas cosas (como las contenidas en la ley bases que avanza con fórceps en el Congreso), que tienen beneficiarios muy concretos. ¿O acaso hubo en campaña manifestaciones populares pidiendo por la política de cielos abiertos, el régimen de incentivo a las grandes inversiones, la desregulación de las prepagas y todos los precios, los aumentos de tarifas o la libre exportación de los hidrocarburos por las petroleras, solo por citar los ejemplos más notorios?

Es muy notorio ver los balbuceos y contorsionismos verbales de los que apoyaron la ley en Diputados, ninguno de los cuáles puede señalar un solo beneficio concreto que surja de su sanción, para la mayoría de los argentinos. Tantas incoherencias -como las de Stolbizer o Randazzo- y silencios incómodos o discursos con abstracciones y generalidades tienen más que ver con que son simples marionetas de un poder oculto, que con otra cosa.

Acaso allí haya que buscar -y no en la política como tal, o en el tamaño del Estado o nivel del gasto público- el origen y la causa principal de todas nuestras inestabilidades económicas, que se traducen en crisis sociales con consecuencias políticas y hasta institucionales, como en el 89' o el 2001: en la voracidad predatoria de los principales grupos del poder económico que solo consienten la democracia en tanto sirva a sus intereses, que para ello y si es preciso tratarán de condicionar a los gobiernos y forzarlos a violar su mandato electoral, o directamente de colonizarlos (como pasó con Macri y sobre todo está ocurriendo con Milei) aprovechando sus debilidades en su beneficio; y en la postración de la política frente a ese avance.  

Si hay algo que reprocharle a la política antes que nada no es tanto que se comporte como casta, sino que dejó de hacer política, es decir de aspirar a representar intereses sociales -no sectoriales, ni ocultos aunque muy visibles- y si es necesario confrontar con otros intereses para ellos, asumir el costo. Ese comportamiento del sistema político en su conjunto solo puede derivar a futuro en nuevas insatisfacciones democráticas, y en éste contexto el "que se vayan todos" estará siempre a la vuelta de la esquina.

Si por intentar imponer un modelo de exclusión inviable para la mayoría de los argentinos fracasó Macri (con todo el poder que tenía detrás) que se soñó hegemónico a largo plazo, nada indica que no vaya a terminar chocando la calesita Milei, que por estos días también se está soñando hegemónico y perdurable. Se trata simplemente del problema político más perdurable de la historia argentina: la imposible hegemonía perdurable y consentida -en un esquema de democracia formal- de un modelo de capitalismo predatorio; menos cuando pretende montarse sobre el humor social de una insatisfacción democrática de la que es la principal causa, aunque haya tenido la astucia de permanecer oculto buscando otros (gobiernos, legisladores) que hagan el trabajo sucio por ellos.  

Es así como los argentinos tenemos -de nuevo, como si no aprendiéramos de nuestro propio pasado- un Congreso militarizado sesionando de espaldas a la calle y al pulso ciudadano, para sancionar leyes que solo benefician a un puñado, cuyos nombres se repiten una y otra vez, y siguen como la sombra al cuerpo a todas nuestras crisis, porque no solo las generan, sino que se benefician con ellas; sin importar que o a quienes haya votado la gente, y para que. Los verdaderos votos calificados, digamos.

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miércoles, 27 de diciembre de 2023

EL PAÍS ATENTIDO POR SUS PROPIOS DUEÑOS

 

Apenas salió el DNU 70, decíamos en ésta entrada: "El DNU no tiene ningún propósito patriótico, noble, altruista, de interés común o bienestar general, por el contrario: es una burda y vulgar piñata de negocios privados en la que todos los sectores del poder económico aportaron letra, esperando llevarse su pedazo de la torta, y lo consiguieron: Galperín el negocio de las cuentas sueldo, los bancos exprimirnos aun más con las tarjetas de crédito, Lewis y el emir de Qatar la derogación de la ley de tierras, Funes de Rioja y la COPAL la derogación de la ley de abastecimiento, Paolo Rocca y la AEA la flexibilización laboral, y así podríamos seguir.". 

"Basta recorrer los diarios y medios estos días para ver quienes lo apoyan, y sabremos quienes realmente lo redactaron: Milei es apenas el chancho al que le pegaron los cacerolazos y protestas, para que aparecieran los dueños reales. Todo está muy claro y sobre la mesa, para el que lo quiera ver.".

Con el paso de los días, otros se tomaron la tarea de estudiarlo en detalle y poner en palabras lo mismo que nosotros vimos. Por ejemplo acá Alfredo Zaiat en Página 12, y acá Ari Lijalad en El Debate

El ejercicio es necesario en términos de debate democrático, pero además para llamar a las cosas por su nombre, y ponerle nombres al saqueo; como para estar advertidos de quienes son los que luego piden "reglas de juego claras y previsibles", o amonestan a los gobiernos democráticos que no satisfacen sus intereses reclamándoles respeto a la institucionalidad o la división de poderes. En ese contexto, los inocultables conflictos de intereses de muchos funcionarios del gobierno (Caputo, Mondino, la lista es larga) parecen apenas un hurto al descuido de vulgares carteristas.

Que muchos argentinos -que votaron a Milei- no se den cuenta de estas cosas o prefieran seguir ignorándolas o alegar demencia al respecto no significa que no existan, y -mucho más importante- que no tengan nada que ver con su vida, o no los vayan a afectar de algún modo. Como reaccionen cuando lo descubran, es harina de otro costal.

Pero además este comportamiento predatorio del poder económico no es nuevo, sino que reconoce antecedentes constantes en nuestra historia, y se repite invariablemente, una y otra vez; demostrando la compulsión de nuestras élites económicas a atender antes que todo sus intereses, por encima de cualquier otra consideración, como la democracia o el resultado de las elecciones. 

De modo que el argumento "La gente votó esto" es muy relativo, puesto que cuando no votaba estos latrocinios, igual buscaban la forma de perpetrarlos, incluso haciendo que no hubiera elecciones, o que el que las ganaba gobernara con el programa del que las perdió.

Es así entonces que el DNU de Milei pone en entredicho no ya el conjunto de regulaciones públicas (laborales, económicas, sociales) sobre las que impacta -lo que no es poco- sino el sentido mismo de la democracia de cuya vigencia conmemoramos 40 años. 

Ese bando monárquico -y todos los de su cuño que seguramente vendrán- nos está diciendo que le país tiene dueño, y no somos nosotros. Tuits relacionados:

sábado, 9 de diciembre de 2023

NO SE LOS PERMITAMOS

 

Cuando hace 40 años Alfonsín decía que "con la democracia se come, se cura y se educa" todos -hasta los que no lo habíamos votado- estábamos dispuestos a creerle. No necesariamente porque tuviéramos esperanzas en su gobierno, sino porque necesitábamos creer que, salidos del horror de la dictadura, habíamos reconquistado la herramienta con la que introducir cambios en la sociedad.

Cuatro décadas después, estamos a un día de que Javier Milei y Carina Villarruel asuman las máximas responsabilidades del Estado por el voto popular: en el país estragado por las políticas de Martínez de Hoz y Videla primero, y Menem y Cavallo después, será presidente alguien que las reivindica explícitamente; y lo acompañará como vice una justificadora del genocidio que milita abiertamente por la libertad de sus ejecutores militares, en el país de las Madres y las Abuelas y su lucha inquebrantable.

Nos parece que no se puede conseguir una descripción mas gráfica de la promesa incumplida de aquella democracia recuperada, y de la decepción social con ello: eso que hoy se denomina "insatisfacción democrática" es el principal combustible que alimentó el peligroso experimento político y social que los argentinos comenzaremos a vivir a partir de mañana.

Es palpable en la calle que frente al cambio de gobierno no hay alegría ni esperanza, y que tienen interrogantes, preocupaciones y miedo hasta los que votaron a Milei, que están pensando en su fuero íntimo si realmente comprenden la implicancia de lo que hicieron, y hasta donde el tipo hará lo que dijo que iba a hacer.

Estamos en la tensa espera de lo por venir en un país fracturado socialmente, y desarmado política y culturalmente, con sus organizaciones desarticuladas, perplejas, desorientadas y en retirada, mientras vuelve a ganar terreno el discurso de la derrota. No de ésta última, sino de todas las anteriores.

Porque otra vez -como en el 2015- se vuelve a hablar de "garantizar la gobernabilidad", que es el eufemismo al que se apela para no decir que lo que se busca es garantizar la eficacia del ajuste, sin protestas ni convulsiones sociales; frente a un gobierno que anuncia como programa un Rodrigazo explícito de una vez y sin cuotas; y que lejos de prometer luces al final del túnel, anuncia que como mínimo la mitad de su mandato transcurrirá bajo la estanflación que se llevará puestos empleos, salarios, expectativas, derechos.

Es decir que a 40 años de democracia aquella promesa inaugural de Alfonsín transmutó en la actual promesa de dolor y sacrificios sin futuro a la vista, y en un apagón económico y social en el que la  motosierra tronchará obras, empleos, derechos, salarios, futuro; mientras un puñado de vivos -los mismos de siempre- se apresuran a rapiñar el patrimonio común de los argentinos por monedas, con tal de pagar una deuda que ellos mismos contrajeron.

Ése es el contexto en el que arranca el nuevo gobierno, que además promete represión a todo el que se le oponga, y nos colgaron de antemano el cartelito de golpistas, si lo hacemos. Cuando en realidad nos están diciendo -de todos los modos posibles, para que nadie se llame a engaño- que con lo que van a hacer, no nos van a dejar otro camino: más que haber perdido una elección, entienden que hemos sido expulsados del piso común de esa democracia.

Y así como se apropiaron de palabras como rebeldía, libertad y protesta hasta vaciarlas de sentido, hoy reclaman para sí la propiedad exclusiva de una democracia que construimos entre todos, para terminar de degradarla con políticas que causaron más pobreza y exclusión aun que las que ya tenemos, cada vez que fueron ensayadas. No se los permitamos.

martes, 21 de diciembre de 2021

DEMOCRACIA Y MERCADOS, ASUNTOS SEPARADOS

 

La reacción de "los mercados" frente al triunfo de Boric en Chile no difiere mucho de lo que pasó en las elecciones argentinas del 2019: recordemos que entonces una encuesta trucha sobre un presunto "empate técnico" en las PASO entre Macri y Alberto disparó los precios de las acciones y otros activos argentinos, en el país y en el exterior. 

Desde siempre "los mercados" (esas deidades modernas inasibles y volubles), "votan" de muchos modos: subiendo los precios, provocando inflación, fugando capitales, especulando en la bolsa con el alza o el derrumbe de las acciones y los bonos de deuda soberana, desabasteciendo. Los chilenos, precisamente, padecieron en carne propia esas estrategias en el clima previo al golpe de Estado que derrocó en 1973 a Salvador Allende.

En éste caso y luego de un balotaje que revirtió la tendencia que marcó la primera vuelta (donde el candidato de la derecha fue por poco el más votado) parecieran estar diciéndole al ganador "vamos a ver cuan de izquierda sos", o mejor aun, "vamos a ver cuan de izquierda te dejamos ser".

Hemos dicho acá muchas veces que el capitalismo financiero globalizado (estadio actual del modelo económico imperante y hegemónico en el mundo) resolvió la contradicción entre capitalismo y democracia reduciendo a ésta a un simple entretenimiento de los pueblos, para liberar tensiones sociales que, de no descomprimirse, podrían generar inestabilidad en el sistema.

Dado que ya no es de buen tono impedirnos que lo hagamos mediante golpes militares, "nos dejan" que votemos y hasta nos apasionemos con las contiendas políticas, con tal que no saquemos los pies del plato, y ni se nos ocurra darle a nuestro voto una proyección mayor que el simple recambio periódico de las autoridades que tienen a su cargo la administración (recalcamos: la administración) del Estado.

Cuando se constata la merma en la concurrencia de los ciudadanos a las urnas (sea con voto obligatorio  o voluntario) se soslaya este aspecto del asunto: intuitivamente, muchas personas perciben que, voten a quien voten, su suerte no ha de cambiar sustancialmente; y se ahorran el trámite. El desencanto es tal que se pasa del "voto bronca" o el "voto castigo", a la simple y llana abstención electoral.

En todo el mundo en general, y en América Latina en particular, esa presión de las distintas fracciones del capital (hegemonizadas y conducidas por el capital financiero) tiene resultado, porque los gobiernos de nuestras democracias "de baja intensidad" post dictaduras militares se han vuelto débiles y frágiles frente a los golpes de mercado, y el humor volátil de los capitales que se mueven libres por el mundo, sin ningún tipo de restricciones: más que al voto ciudadano en las urnas, le temen al de los accionistas en las asambleas, o a los movimientos digitales de los flujos de fondo que pueden traspasar fronteras con solo apretar un botón.

Lo cual deja a las cosas en una encerrona de difícil solución, porque salvo excepciones -y a veces ni siquiera así, como ocurrió en Bolivia- no se apela ni a la formación y concientización política de la ciudadanía para que entienda lo que está en juego, ni a la consecuente organización y movilización popular para darle consistencia a la legitimidad que surge del voto, para resistir esas presiones.

La política, convertida así en un asunto de "operadores" expertos que maniobran en las trastiendas lejos de ojos indiscretos, se niega a sí misma sus mejores armas para enfrentar a enemigos poderosos, que por lo general terminan torciéndole el brazo. Al "discurso único" del neoliberalismo económico (y como no, a las teorías "del derrame" de matriz presuntamente heterodoxa) le sigue como la sombra al cuerpo, la convicción de que en materia económica y social hay una sola hoja de ruta posible de seguirse, con prescindencia de como y a quien vote la gente cuando hay elecciones.

Es difícil aventurar acá como decantará el proceso que se abre en Chile con el triunfo de Boric, pero nos parece que es digno de observárselo desde esta perspectiva, para determinar en que medida las convulsiones sociales que llevaron al vecino país a un estado virtualmente asambleario, decantan en algo más que movilizaciones callejeras y expresiones de repudio no solo a la derecha pinochetista, sino al conjunto de un sistema político que no supo dar respuestas a las demandas de las grandes mayorías sociales.

A 20 años de la crisis del 2001, aprendimos acá (al menos queremos creer que sí) que el "que se vayan todos" termina siendo funcional a esta estrategia de "los mercados" para la cooptación y el vaciamiento de sentido de las democracias. Se necesita que se queden, los que estén dispuestos a darles pelea, y a hacer algo más que administrar las crisis, haciendo que las paguen no los que las generan, sino los que las provocan, y se benefician con ellas. 

sábado, 11 de diciembre de 2021

DEUDAS DEMOCRÁTICAS

Seis años atrás, cuando Mauricio Macri acababa de asumir la presidencia, reflexionábamos en ésta entrada sobre los avances de la democracia en el país, después de los 12 años del ciclo kirchnerista. Decíamos entonces "La calidad e intensidad de una democracia se puede medir de distintas formas, la más elemental de ellas la vigencia del derecho al sufragio, y la aceptación de los resultados por el conjunto de los actores del sistema político. El kirchnerismo (tildado de autoritario y desaprensivo con la disidencia) amplió la participación política votando -en soledad- el voto joven y la reforma política que introdujo las PASO; y tuvo en todos sus años de gobierno derrotas electorales en elecciones provinciales y nacionales, sin cuestionar los resultados, ni agitar el fantasma del fraude cuando era oposición (por ejemplo acá en Santa Fe).". 

"Otra dimensión relevante de la democracia es la vigencia plena de las libertades públicas (de expresión, de reunión, de asociación, de protestar o reclamar): ¿se puede sostener seriamente que se vieron restringidas, desconocidas o negadas en los últimos 12 años cuando abundan los testimonios -en medios periodísticos y redes sociales- de los residuos cloacales de su ejercicio desbordado en todo ese tiempo?". 

"El kirchnerismo atravesó sus mandatos con protestas sociales de todos los sectores, y de todo tipo, incluyendo los cacerolazos urbanos y el corte de las principales rutas del país durante meses por un lock out patronal que desabasteció para forzar la eliminación de un impuesto. Y sin embargo gobernó 12 años sin un solo día de vigencia del estado de sitio; y tomó como política de Estado no reprimir la protesta social, aun al riesgo de pagar por eso costos políticos y electorales. Y cuando hubo represión, los primeros en criticarla fuimos los propios kirchneristas.". 

"Pero la dimensión más rica de la democracia (al menos para nosotros) es su capacidad para ampliar los derechos de los ciudadanos; y desde ese ángulo, los 12 años pasados fueron -sin dudas- los más democráticos de nuestra democracia post dictadura: con amplio consenso en algunos casos, con el solo respaldo de los votos del kirchnerismo en el Congreso en otros o por decisión de Néstor y Cristina, se reconocieron o restauraron derechos civiles, sociales, políticos, laborales y económicos para los argentinos. Cualquiera puede hacer un rápido repaso mental del listado; y seguramente omitirá algún ejemplo importante.". 

De allí para acá, pasaron cosas: los cuatro años de macrismo y los dos del gobierno del "Frente de Todo", la casi totalidad de ellos transcurridos en pandemia. Y podría decirse que, en perspectiva, las cosas vinieron como en el tango: cuesta abajo en la rodada.

Con temas que son deudas pendientes de la democracia argentina y ya lo eran en los tiempos kirchneristas: fuerzas de seguridad acostumbradas al gatillo fácil, los apremios ilegales, la criminalización de la pobreza y la falta de respeto por los derechos humanos de los ciudadanos, por ejemplo. O una administración de justicia que, en todos sus niveles, sigue siendo una casta endogámica fundamentalmente preocupada en preservar sus privilegios, e impermeable al concepto mismo de la democracia y todo lo que ella implica. 

Y hay otras deudas pendientes, que empeoraron en el balance; como por ejemplo el hecho de que el 42 % de nuestros compatriotas se encuentren en la pobreza (aun teniendo trabajo e ingresos más o menos regulares), y muchos de ellos en la indigencia, con ambos indicadores en drástico ascenso primero, y en muy lento descenso después, aun en una economía que crece. Es tan cierto que no es automático -como rezaba el credo alfonsinista en aquella campaña electoral del 83'- que con la democracia se come, se cura y se educa, como que hacerlo realidad debería ser un imperativo fundamental de una democracia sustantiva. 

Hoy, a 38 años del retorno a la democracia, existen en el país presos políticos (aunque no se los mencione, están), y hubo campañas sistemáticas y organizadas de persecución de los adversarios políticos utilizando para ello el aparato judicial (ver que dijeron en el acto). Y tampoco pudimos romper la concentración mediática y garantizar la efectiva pluralidad de voces, ni siquiera aprobando una ley pensada con ese fin con amplias mayorías en el Congreso, y validad como constitucional por la Corte Suprema de Justicia.

Y finalmente hoy, a casi cuatro décadas de la vuelta a la democracia y después de haber alcanzado la meta histórica de no deberles nada y ganar sí el derecho a que no metan su nariz en nuestros asuntos políticos, económicos y sociales domésticos, deuda mediante ha regresado con todo el FMI como el gendarme que nos vigila, y prostituye el sentido último de la democracia que es el respeto por la voluntad popular expresada en las urnas: las cadenas de la dependencia que supone son tan grandes, que votemos a quien votemos, parece que es indiferente, porque estamos obligados a hacer lo que ellos manden; a menos que nos rebelemos contra esa imposición. 

Sobre éste último tema en particular, dijo un par de cosas Cristina en su discurso de anoche, para adentro y para afuera: el que quiera oír que oiga. Hilo y tuits relacionados: