Por Raúl Degrossi
Cuando se conoció el decreto de Cristina por el cual el Estado nacional anulaba la ruinosa venta a precio vil del predio de Palermo a la Rural y su vuelta al patrimonio público, amén de las previsibles reacciones airadas de los agrogarcas, aparecieron los intelectualoides de siempre, los que se las saben todas, a minimizar la medida.
Y lo hicieron señalando que tenía carácter puramente simbólico, que era fulbito para la tribuna, que buscaba distraer la atención ciudadana de otros asuntos más urgentes y graves, de los que el gobierno no se ocupaba; y conste que el decreto se difundió antes de que comenzaran los saqueos de la semana pasada.
Esa línea de pensamiento no es nueva, y se ha hecho particularmente frecuente en los tiempos kirchneristas; como que es el discurso constante de cierto progresismo vaporoso (e anche de la izquierda tradicional) para deslegitimar al proceso político abierto el 25 de mayo del 2003; con la idea subyacente de que, si ellos gobernaran, encararían transformaciones reales y no meramente simbólicas; y por supuesto que mucho más profundas.
Pasemos por alto el hecho de que esa hipótesis (que la progresía libre pensadora o la izquierda tradicional gobiernen) resulta ya casi indemostrable -con lo que estamos hablando más de ficción que de historia contrafáctica-, y la simplificación monista de la realidad (al estilo de "no podemos gastar en "Fútbol Para Todos" mientras hay gente con hambre") para detenernos en la cuestión de la dimensión simbólica de la política.
Que suele ser despreciada en esos mismos análisis, remitiéndola al territorio de lo mítico, mágico u onírico, absolutamente desprendido de la realidad "real": una suerte de escapismo político que provee formas de alienación de la conciencia colectiva (así como lo haría el clientelismo creando relaciones de dominación y heteronomía de los votantes), mientras las injusticias estructurales o las desigualdades profundas subsisten, y se profundizan.
Por supuesto que el dicterio no se estrenó con el kirchnerismo y -por el contrario- acompaña a toda la tradición política nacional-popular en la Argentina: el propio Perón en su tiempo fue comparado con una especie de flautista de Hamelin, que encantaba a las masas para conducirlas ciegamente, por un camino distinto al que aconsejaban sus verdaderos intereses.
Sucede que esta visión omite con frecuencia el hecho de que los símbolos son una representación de la realidad (poderosa a veces), pero que no puede prescindir de ella, porque la tiene como punto de partida: los pies de los trabajadores refrescándose en las fuentes de la Plaza de Mayo aquél 17 de octubre del 45' (símbolo potente si los hay en nuestra historia), no serían recordados sin la gesta popular de ese día, y todo lo que representa; que es el deseo de los trabajadores argentinos de ser protagonistas de su propio destino, y del del país en su conjunto.
No es menos llamativo que la impugnación a determinadas medidas en tanto se las conceptúa como puramente simbólicas, suele ser sugestivamente coincidente con intereses mucho más concretos, que se ven afectados por ellas, aun en el plano simbólico: cuando se cuestiona desde allí al decreto presidencial sobre el predio de Palermo, dan ganas de preguntarse si los críticos no desearían en realidad que esa parte del patrimonio público siguiera en manos de la Rural.
Lo mismo sucede por ejemplo con el "Fútbol Para Todos": es como mínimo llamativo que figure al tope de las medidas impugnadas por simbólicas y efectistas aquélla que significó en los hechos (no sólo simbólicamente) el primer golpe asestado por el gobierno al nudo más consolidado de los negocios del Grupo Clarín, la viga sobre la cual asentó buena parte de su explosivo crecimiento en los 90'.
El discurso bienpensante de la impugnación de lo simbólico también omite que en la acción política se delimitan campos (alianzas, adversarios, enemigos) y se construyen identidades que dan sentido a esa acción, que la ordenan; y en ese plano, el valor de los símbolos es tan importante como el de los núcleos ideológicos que aglutinan o cohesionan, y a veces, mucho más.
Porque además los "otros" (los adversarios, o si se prefiere, los enemigos) también alzan y veneran sus propios símbolos, que son la reconversión en otra dimensión de los hechos fundantes de una identidad política: sin comprender ésto no se entenderá la reacción agrogarca ante la recuperación por el Estado del predio de Palermo.
Ese lugar expresa para la Sociedad Rural en tanto entidad (y para las demás que orbitan en torno suyo, reconociéndole primacía política más allá de su representatividad real) el rol constitutivo o representativo de la nacionalidad misma que se han atribuido desde sus orígenes, con fundamento en hechos más concretos: la posesión de la tierra, en complicidad con el Estado, o manejando a su antojo la estructura de éste para repartirla.
El desfile anual de la dirigencia política por el predio de Palermo (aun de los propios presidentes, en una ceremonia equiparada a una celebración oficial) expresaba la subordinación del poder contingente (el elegido por el pueblo, o el autócrata de turno) al poder permanente, el de la tierra, el dinero y los negocios; de un modo que pocos (o casi ninguno) otros eventos podrían representar mejor simbólicamente.
Ven entonces como los despojados del predio de Palermo sí tienen en claro el valor de los símbolos, y están protestando hoy por algo más que los millones que vale, las inversiones que hicieron, o los eventos también millonarios que pueden hacer allí.
Y más allá de ponerle punto final a otro de los negociados escandolosos del desguace del patrimonio público en los 90' (como pasó este mismo año con la recuperación de YPF), no es casual que la decisión del Estado argentino se materialice en el proceso político cuyos conductores (Néstor y Cristina) eligieron no ser parte del circo palermitano anual, negándose a convalidarlo con su presencia; algo a lo que ni siquiera Alfonsín pudo resistirse, con los resultados conocidos.
De modo que al par de un acto de estricta justicia (la recuperación del patrimonio público mal habido), el decreto de Cristina no es más que la lógica consecuencia de un tiempo de afirmación de la autonomía de la política ante los poderes corporativos, lo que se dice un gesto auténticamente republicano, poco frecuente -casi desconocido- entre los propios defensores de la República.
Nadie duda que hay cuestiones estructurales pendientes mucho más graves en el país, pero es de un binarismo primitivo plantear lo que pasó con el predio que estaba en manos de la Rural en términos de "o esto o lo otro"; ¿o acaso el Fútbol Para Todos no fue concomitante con la AUH, y precedido por la creación de cinco millones de puestos de trabajo, y el otorgamiento de dos millones y medio de nuevas jubilaciones?
Desconocer la importancia y la potencia de los símbolos en política es -al menos en mi entender- un grave error, más si esos símbolos se apoyan en realidades más tangibles y concretas.
Por lo pronto y en mi caso, si decidieran regalarnos todas las semanas un símbolo como la recuperación del predio de la Rural, aunque fuera de valor solamente símbólico, no me voy a enojar; sin dejar por eso de reclamar que se encaren todas las transformaciones pendientes.
Porque si eso sucediera, sería el símbolo más claro de que seguimos yendo por el camino correcto.