
En esa sección fija de algunos medios como El Destape o C5N en que entrevistan a gente en la calle interpelándola sobre su situación personal y como ven la del país, es frecuente que aparezca un "antes" como necesaria referencia: "antes podía hacer tales cosas y ahora ya no puedo", o de otro lado, "lo voté porque con lo de antes ya no se podía seguir", o peor aun: "lo volvería a votar para no volver a lo de antes". Y ese "antes" nunca es nominado, ni cuando juega como impreciso pasado mejor a este presente de oprobio, ni cuando se agita como fantasma atemorizante que justifica cualquier cosa, en especial decisiones electorales irracionales y perjudiciales para los propios intereses.
El fenómeno no es casual: es consecuencia de un proceso incesante de demonización de la experiencia kirchnerista (porque de ella se habla vamos, a menos que se crea que "antes" era en los tiempos de Liniers), en el que buena parte de la sociedad termina haciendo concesiones al recorte del debate democrático, y a la participación política. Un proceso en el que -para algunos- la condena y proscripción de Cristina e incluso su previo intento de asesinato son justificables, como la cosa más normal del mundo. Y una idea que en un punto parecen compartir algunos de los "nuestros", cuando se niegan a decir con todas las letras que su exclusión de la participación política es una afrenta a la democracia; o que no debe usarse como bandera de campaña porque no suma, espanta votos, divide, resta o es funcional al gobierno.
Y sin embargo la agenda real que el país discute (o debería discutir, abriéndose paso en el mar de sandeces) pasa de uno u otro modo por la valoración de la experiencia kirchnerista y su legado: ahí anda el gobierno ufanándose del superávit energético, los récords de producción de Vaca Muerta y el crecimiento de las exportaciones de hidrocarburos mientras el presidente se pasea con el mundo con el mameluco de YPF; la empresa que Cristina recuperó para el país en 2012 en una decisión estratégica (y Milei quiso privatizar en el inicio de su gobierno) y el yacimiento que puso en valor haciendo la curva de aprendizaje y las primeras inversiones en la explotación de los no convencionales con la petrolera recuperada para el Estado; a lo que debe añadirse el gasoducto construido con parte del producido del impuesto a las grandes fortunas, proyecto presentado por Máximo Kirchner en el Congreso.
O la cuestión de la deuda externa y la injerencia del FMI en nuestros asuntos internos y en el diseño de la política económica: Néstor había terminado con el problema en su gobierno y Cristina no les pidió un peso y tuvieron que cerrar su oficina en Buenos Aires; hasta que Macri, Caputo (dos veces) y luego Milei los trajeron de vuelta (y para ser justos, Alberto y Guzman los resucitaron como interlocutores válidos) y aquí estamos: Milei la trae a Kristalina para que supervise en persona las garantías de cobro de la deuda desde los pozos de Vaca Muerta, y nadie en la política argentina dice que debe hacerse con ellos, mientras ellos nos dicen que hacer con todo, desde el sistema previsional hasta el mercado laboral. O casi nadie: las únicas excepciones fueron Cristina (en el gobierno de Alberto y ahora) y Máximo, que vienen planteando discutir nuevas reglas de juego para la reestructuración de una deuda impagable, sin obtener respuestas ni siquiera desde el campo del peronismo.
Por citar otro tema de actualidad, la extranjerización de la tierra que está planteando el gobierno bajo el eufemismo de la "inviolabilidad de la propiedad privada": en el 2011 cuando Cristina la planteó impulsando la ley que hoy Milei y Sturzenegger quieren derogar dijeron que era una venganza contra el campo por la derrota en el conflicto por la 125, o una muestra de chavismo. Desde los tiempos de la revuelta agrogarca, los miembros de la Mesa de Enlace hablaban de "agricultura con agricultores" y promover el arraigo, y hoy marchan por caminos separados: la Federación Agraria rechazando el proyecto de Milei y la Sociedad Rural defendiéndolo, mientras se arroga ser la encarnación misma de los valores patrióticos y la argentinidad. El kirchnerismo, en cambio, sigue en el mismo lugar que estaba en 2011: defendiendo elementales normas de cohesión nacional e integridad territorial.
Lo mismo podría decirse de la crisis de financiamiento del sistema científico, tecnológico y las universidades: ¿Cuántos de los que reclaman por ello al gobierno de Milei están dispuestos a reconocer que están exigiendo volver (aunque no lo digan, o prefieran hacer como que no lo saben) al compromiso público del Estado contenido en la ley de financiamiento educativo aprobada durante el gobierno de Néstor Kirchner?
Otro tanto vale para los subsidios a las tarifas de los servicios públicos para hacerlos accesibles a todos como un mínimo indicador de calidad de vida y dignidad humana: ahí andan discutiendo la derogación de la ley de zonas originada en una iniciativa (otra vez) de Máximo Kirchner, como si las familias, los comercios y las industrias no estuvieran padeciendo ya los efectos de los tarifazos en sus ingresos y en la viabilidad de sus emprendimientos. O la crisis de la infraestructura pública, la distribución de la renta agraria diferencial o el costo de los alimentos: algunos (muchos) están haciendo lobby a favor de la eliminación de las retenciones, mientras reclaman al mismo tiempo (con otro nombre por supuesto) por la reposición del fondo sojero y la federalización de la obra pública, y Julio De Vido sigue preso, y le inventan una condena nueva todas las semanas.
Pasamos de un tiempo en que le hacían a Cristina cinco paros generales por Ganancias y se le reclamaba aprobar la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas que es letra muerta en la Constitución desde 1957, a la aprobación casi sin resistencia sindical de una reforma laboral que nos vuelve a los tiempos de la encomienda, la mita y el yanaconazgo, y la mayor presión de la CGT al gobierno se dirige a salvar las contribuciones sindicales extraordinarias pactadas en las paritarias. Para peor, si lo primero se exponía como ejemplo de la desviación del kirchnerismo de los cánones del peronismo original al enfrentarse con la columna vertebral del movimiento, hay quienes hoy ensayan piruetas dialécticas y discursivas para -de un modo extraño- echarle la culpa de lo segundo; pese a ser la mayor expresión de oposición a las políticas del gobierno, en las instancias institucionales creadas por la Constitución, y dependientes de la voluntad popular.
Tiren de la piola de cualquiera de los temas listados o propongan otros, den el debate, anímense, sin caer en las etiquetas y las descalificaciones a priori. Y en el peronismo háganse cargo del ciclo kirchnerista sin complejos, sin culpas, sin concesiones al enemigo, su discurso y sus intentos de delimitar el campo de disputa y el horizonte de las transformaciones posibles. No se trata de reclamarle a la sociedad agradecimientos perpetuos (ya expresados por otro lado en las elecciones presidenciales de 2007, 2011 y 2019), sino de exigir sinceridad en los términos de la disputa política, sin aceptar exclusiones o proscripciones arbitrarias, o el ocultamiento de un período de la historia argentina rico en realizaciones y complejidades, como si no hubiera existido (como quisieron hacer en sus tiempos con el peronismo original); y seguir fingiendo normalidad.
O más importante aun, se trata de que alguien agarre las banderas y las lleve adelante, aunque no nombre a los que las impulsaron originariamente, y que por eso fueron perseguidos, estigmatizados y caricaturizados; pero nunca rebatidos con argumentos, y menos aun, superados en términos dialécticos. ¿O de dónde creen que surgió el vacío de representación política que nos trajo a Milei?
"Lo de antes", ese significante vacío que pretende tapar el sol con la mano, confronta con "lo nuevo" y no solo desde el discurso del experimento libertario: ¿O acaso no nos hablaron de "nuevas canciones", que nunca podemos terminar de escuchar? Cuando se reivindica la experiencia kirchnerista hay desde algunos sectores una velada (y no tanto) crítica a la nostalgia como expresión de agotamiento de una propuesta política: una conclusión que en sus tiempos hubiera sido impiadosa con la resistencia peronista.
Pero resulta que "lo nuevo" (al menos en la versión oficial, no contrastada con otra alternativa que supere el registro de la indignación y la crítica) es volver a ser el granero del mundo como propuso el presidente en la Rural, convertirnos en un enclave colonial extractivista con franjas enteras del territorio nacional excluidas de la soberanía efectiva del Estado argentino y permitir que los extranjeros se queden con todo sin restricciones, encadenarnos al FMI y su perpetuo manual de iniquidades, o regir el mundo del trabajo por las leyes civiles, como en los tiempos del Código de Vélez. Es decir, un museo repleto de novedades.